Yano
Cuando por primera vez le visité, recuerdo, que asumí que Yano debería ser algún derivado de un nombre propio, le pregunté por el que le identificara desde su primer encuentro con la pila bautismal. Con la reciedumbre del trueno y, mirándome con sorna, me contestó: Aureliano, como el Buendía, Aureliano Vázquez Rojas. De inmediato comprendí que no me encontraba ante un hombre común y corriente, que de llano no tenía un pelo.
Errando, como es mi costumbre, considerando su edad, para facilitarle mi identificación -como si el hombre lo necesitara- quise decirle de quién era hijo, de qué familia procedía, pero sin consideración alguna, me interrumpió decantando para mí todo mi parentesco, comenzando por el bisabuelo, Laureano Borges Luis, su mujer, sus hijos y el resto de la parentela, todo sin pausar, sin desatino de clase alguna, como si lo acabara de memorizar para una declaración jurada.
Me soltó mil anécdotas de diferentes miembros de mi familia, algunas de las cuales yo conocía por referencia, muchas de ellas se las había escuchado a mi Abuelo en aquellas interminables tardes después de la siesta.
Otras anécdotas eran noticias que yo agradecía en silencio, con la malicia y la óptica mental de quien de inmediato las está considerando como material de cuento.
Acudí donde Yano buscando esclarecer la existencia de un personaje en particular, lo pensó, pero de manera resuelta y cortante sentenció no haber escuchado nunca de tal persona.
Quise abundar en detalles, pero no me sirvió de mucho. Para lograr mi propósito, tratando de despertar algún recuerdo pasado por alto, enumeré una retahíla de detalles de una época, para mí, muy remota.
Pienso que los datos que relaté, la cantidad y variedad, sus detalles y, la convicción con que lo hice llamó la atención del sujeto víctima de mi interrogatorio.
Pude notar el gusto, la satisfacción que le causara hablar con alguien que verdaderamente se interesara por lo que tenía que decir un hombre que había vivido con seria plenitud una muy larga vida. Un ser que, con algún propósito que para entonces desconocía, al parecer quiso guardar en su memoria los detalles de vivencias muy íntimas, tanto propias como ajenas…
Guardaba, muy bien protegida por los centinelas de su memoria, aquella tonelada de memorias de veinticuatro quilates, como que, esperando encontrarse con la persona indicada para dárselas en heredad. Justo ahí entro yo en escena.
Ese primer día discurrió con asombrosa normalidad, salvo que salí de su casa de a brinquitos, como un niño con juguete nuevo, aunque ocultando mis carcajadas celebratorias tratando de disimular mi contentura. Mi falso orgullo no me permitía celebraciones, confieso que, por mezquindad de mi parte, no quería que el mundo se enterara del descubrimiento de tan singular botín que recién encontrara.
Por el otro lado no podía manejar tanto por mí solo, tenía que compartir mi hallazgo, de modo que acudí donde la persona a quien de ordinario le daba la primicia de mis escritos, aún sabiendo que esa persona era incapaz de guardar secreto alguno. Le conté del tesoro que acababa de descubrir y me tomé la libertad de invitarlo para la próxima reunión pautada de antemano con Yano.
Papo se alegró tanto como yo con el descubrimiento de esta cantera inagotable de datos, de sucesos, de anécdotas, de historias. Así fue como hicimos costumbre las visitas a Yano cada semana. Libreta en mano llegábamos los discípulos al aula del maestro, con la puntualidad y decoro que nuestro augusto militar esperaba de nosotros.
Todo marchaba como un encanto, Papo se comportaba como no acostumbra a hacerlo, se mantenía en silencio escuchando los decires de Yano, absorto en sus cavilaciones, absorbiendo -pensaba yo- cuanto Yano dijera.
El frenesí había llegado a tal grado que le extendí la invitación a Vitín, el hermano de Papo, quien nos acompañó en una de las visitas.
Luego invité a Gardo Vázquez, personaje de mi veneración, quien pasó un rato muy agradable y placentero rememorando tantas y tan variadas historias. Yo me sentía en el paraíso terrenal, no el celestial, que quede claro. Estaba compartiendo con personajes que tanto me complementaran, a quienes tanto admiraba, escuchándolos hablar de lo que más me interesaba. Luego, volvimos a las visitas de rutina donde compartíamos solo Yano, Papo y yo.
Así discurrieron varias semanas… hasta que el verdadero Papo no pudo más y decidió manifestarse en toda su gloria y plenitud. Hay que imaginarse cómo se sentía el que escribe, con cada interrupción que se daba estando entre dos sordos que no lograban comprender lo que cada uno decía.
Los decibeles aumentaban descontroladamente, victimizando de paso mis “inocentes oídos”. No lograba soportar los gritos de Papo, ni la cara de frustración de Yano. El asunto se salió de control, tanto, que decidí acudir solo a mis encuentros, si, a espaldas de Papo, a quien daba cuenta con lujo de detalles de mis visitas en solitario, con el único propósito de que se le reventara la cabeza por su incontrolable envidia.
Fueron varios los años que estuvimos en esta faena, yo, recogiendo con sumo celo todo lo que Yano me contara, haciendo anotaciones de cada detalle, recreando con rústicas ilustraciones, los planos del pueblo, la distribución de las casas y edificios, los diferentes negocios. Quién vivía dónde, sus nombres, apellidos, malos nombres, parentescos, sus particularidades, sus oficios, por honrosos o vergonzosos que pudieran considerarse.
Tuve el privilegio de caminar nuestro pueblo de la mano de Yano, por calles que nunca conocí, casas y edificios que nunca vi, en fechas que precedieron por mucho mi nacimiento en la San Justo. Asistí a fiestas y jolgorios, a bailes y a velorios de reyes que jamás imaginé. Conocí a los integrantes originales del equipo Piratas, los vi jugar en rústicas canchas de tosca; la cancha del cura, la de la Betances. Vi jugar a Alejo, a Quiro Santiago, a Teíque Linares. Presencié cuando Mr. Hutton y Don Francisco López trataban de dar dirección y sentido a tan novel deporte.
Estuve con Yano la noche en que, de niño, sus hermanas lo llevaron a la plaza del pueblo para que la gente le viera vestido de marinero con un ajuar que le mandara desde Nueva York, su padre ausente. Vi cuando Gladys Delíz le estampó un sonoro beso en su párvula mejilla. Ese beso para él significó tanto que al rememorarlo se le encharcan los ojos.
Celebré con la muchedumbre que se reunió en la plaza, la inauguración del alumbrado público, la pavimentación de las calles, la del moderno hospital que gracias al Dr. Alejandro Ruíz Soler se construyó en la finca de los Iribas, sanatorio que le dio el sobrenombre a la calle del Carmen.
Hasta allí vi llegar a Pepe Ruíz Soler en su descapotado Pierce-Arrow tipo 48, de 1917, sí, el insigne senador, administrador de grandes centrales azucareras, concuñado del otro célebre y acaudalado senador, Eduardo Georgetti, con cuyo nombre, se bautizara la Calle del Progreso, la más importante calle de nuestro pueblo, aunque él -Georgetti- nada tuviera que ver con este humilde pueblo. De esa estampa conservo una sola pregunta, ¿el acto de repartir pesetas de Pepe era en realidad un acto de desprendimiento, de solidaridad, con nuestra gente más pobre o era la manera en que Pepe dejaba saber a todos, de sus logros, de sus bienes, de sus riquezas? Lo que me sembró esa duda fue el observar que Pepe, desde el asiento trasero del coche, permaneciera de pata cruzada, impávido, observando a su chofer largar pesetas a la interminable fila de necesitados, el mismo que nunca reconoció a persona alguna por su nombre, ni siquiera un saludo dio a ninguno de los tantos conocidos suyos que masticaban el dolor del hambre, mientras se tragaban su orgullo, su dignidad, sin atreverse a subir la mirada, al nivel de la de Pepe.
Estuve en el corte de cinta de la nueva logia masónica Paso al Progreso, comandada por Don Braulio Jiménez, Don Dionisio González, Don Juan L. Cháves, Demetrio Lausell, Rafael Muñoz Goico, Ramón Barreto, Benito Alago y tantos otros.
Atestigüé la inauguración del teatro Liberty, así como su quema y reconstrucción. Observé al pueblo preguntarse, cómo sucedió lo del incendio, ¿mano criminal? ¿Quién sería el responsable, qué motivo tendría?
Con Yano viajé a Corea, sí, en pleno campo de batalla. Allí nos encontramos con Arsenio Cintrón, Rafael (El Poeta) Hernández, Alvin Borges… Acompañé a Yano en el viaje de San Juan a Quebradillas a su regreso de la guerra. Estuve con él en la estación del tren en Quebradillas, allí vi por vez primera a Julio Ruíz, su coche y su burro corino.
Con Yano bailé al son del Conjunto Tauá, conocí a Aristarco de la Cruz cuando una tarde, en la barbería de Jorge Santana, tocaba una inolvidable mazurca, sin necesidad de acompañamiento alguno. Luego le vi junto a Los Cuervos de la Noche, dirigidos por el insigne Rafael Muñoz.
Presencié ensayos del grupo musical compuesto por Moncho Cháves, Guillermo Venegas Lloveras y Eduardo Marichal, El Turquina.
Sufrí con el pueblo el asesinato de Güen Serra, a manos de policías envalentonados por el poder, borrachos de odio y de estigmas, amparados en la ignominiosa Ley de la Mordaza. Por lo bajo se decía que lo habían matado porque le tenían un miedo irracional. Fui testigo de cómo, de camino al cementerio, caían gotas de sangre del ataúd del mejor ebanista que diera nuestro pueblo.
Compré potingues en la farmacia de Arcadio García, donde adolescente aún, Yano era el empleado estrella. Vi a los jugadores de cartas en la trastienda de la botica, allí estaba uno de los hermanos de mi Abuelo, uno de los Socio, que padecía de ludopatía, algo para lo que no existía remedio, solo apostando se lograba apaciguar los inquietantes síntomas.
Soy testigo de los “reservados” en el cafetín de Paco Ávila, mientras Ramos y Fey de Jesús atendían la clientela.
Estuve presente cuando Pilón reventó el cohete que destrozó el escaparate del cafetín de Juliancito Orama; cuando se inauguró la fonda La Palmera, propiedad de Goyo Riquelme, Fey Centella y Juana Medina.
Viajé en las guaguas de Isidro García hasta la construcción de la represa del Lago Guajataca, donde Miguel Marichal era cobrador del pasaje.
Participé de los conciertos de piano de Doña Leonor Sanabia. Vi a Don Félix Prieto revelar sus propias fotografías en blanco y negro. Comí bizcochuelo de las manos de Fey el de Perucho, de las morcillas de Félix El Galgo. Hice coro en las bohemias del Danubio Azul, con Don Juan Geliga y Baby Luciano.
Podría seguir enumerando, hasta el hastío, acontecimientos de nuestro pueblo, de los que pude participar gracias a la colosal memoria de Aureliano Vázquez Rojas, mi querido Yano. Me siento obligado a confesar que, a raíz de su partida a otro plano, del que no sé cómo dar detalles, escucho su voz de suave tono decirme al oído, no te preocupes, ya tendremos tiempo para recordarlo todo, para que vivan eternamente…
Dobleú Socio



