TERREMOTO
CALLE RAFOLS
EL ESPEJO
EL EXTRAÑO
I-El espejo
Mientras se trasladaba al lejano barrio donde había sido mandado por su excelencia, repasó algunos episodios de su apostolado. No le fue sencillo el latín; para aquellos tiempos la misa era tridentina. Por ser un hombre al que el rector le tenía consideración —por ser chaparrón, escaso de pelo, bastante lleno de cintura, o más bien por lástima —, pudo pasar todos los niveles hasta el diaconato. Se le dio un tiempo para que pensara si verdaderamente tenía vocación para ser ordenado sacerdote. Era un tiempo en que todos sus maestros esperaban que renunciara a la vida sacerdotal. No esperaban de él que llevara el mensaje del reino; sus prácticas de homilía eran desastrosas, pero muy amenas. Sus ocurrencias, el uso de su lenguaje ajibarado y las fábulas aprendidas le daban un toque hilarante. Las usaba con mucha frecuencia; la mayor de las veces no eran consonantes con las Escrituras ni con nada que no se pareciera a un salcocho de temas, uno encima del otro, sin orden ni son alguno. Sus compañeros no gustaban de estar con aquel sacerdote para no ser comparados. En cuanto a los actos litúrgicos, no leía correctamente el latín y a veces dejaba espacios sin leer. La consagración... eso sí que era un acto teatral que a todos conmovía. Levantaba el cáliz y la hostia como si pesaran toneladas y, dado que su latín era una barbarie, introducía su campesino habla con una cadencia y lentitud mientras su éxtasis duraba. Al comer y beber la sangre y el cuerpo de Cristo, una vez consagradas las especies, se retiraba del altar varios pasos, abría sus manos y miraba hacia el cielo, sin el control de sus ojos que se movían para todos lados, uno independiente del otro. Luego se acercaba pasito a pasito mientras guturaba palabras extrañas, se arrodillaba y extendía su cuerpo sobre la vieja alfombra, boca abajo con sus manos extendidas y con aquel lenguaje de palabras torcidas. Así se mantenía; si los acólitos no lo sacaban de aquel estado, nadie sabe las horas que pasarían y hasta existía la posibilidad de que su cuerpo y la alfombra se fundieran juntos. En esos momentos siempre acudía un sacerdote para dar la comunión, pues cada comunión que él daba tardaba diez o más minutos por comulgante. Más tarde en el tiempo, su homólogo en el Vaticano se le parecía en el tiempo que duraba la misa. No le otorgaban la misa mayor nunca, pues no podía cantar con aquel hablar torcido que tenía y el desconocimiento de los diptongos latinos. Los otros dos sacerdotes reclamaron ayuda al obispo para que sacara a aquel ser de otro mundo que les estaba destrozando la imagen de la parroquia. Eran muy pocos los asistentes a sus misas y pocos los acólitos que se ofrecían para aquellas
liturgias extrañas del regordete enano mal vestido. Para el padre, el tiempo que le sobraba, que era bastante, lo pasaba con la gente del pueblo. Jugaba cartas, dominó y hasta algo que llamaban "burro" con barajas españolas. Fuera de la iglesia no había forma de pararlo, pero tampoco nadie quería, pues estar al lado de aquel Pío les daba una felicidad que no encontraban en la iglesia. Le gustaba la cerveza, el vino y el alcohol casero; algunas veces perdía la cuenta, pues el sabor del alcohol era como la miel de los dioses del Olimpo. No tenía diferencias con nadie. No eran tiempos del protestantismo, pero a casi todo el pueblo le encantaban los espíritus y de eso él sabía bastante. En su campo se vivía con esos espíritus. Después del rosario nocturno, contaban todos los cuentos de aparecidos con una elocuencia y con unos adornos que hasta a los maduros asustaban. Los niños siempre los atendían con mucho respeto y con mucho miedo. El rosario a la luz de un farol con llama titilante creaba sombras que el "pollito" o el "Pío Pío", como le llamaban, creía ver como aquellas almas vacilantes. La llegada a aquella escarpa no había sido sencilla. Cuando salió del pueblo, primero tuvo que abastecerse de queso, aceitunas y algo de carne; una carne salada puesta al sol, seca, dura de mascar, llena de pimienta y ajo. Un barril de agua del río cercano, un baulito de ropa bastante maltratada por el tiempo regada con raíces de pachulí. Sus libros sagrados cogidos con premura: una biblia prohibida de Torres Amat; su prisa le hizo olvidar el libro de la liturgia y hasta el catecismo. Un cáliz, o más bien una copa bastante alejada del áureo, barato; una botella de vino kosher y unas cientos de hostias ácimas preparadas por el panadero del lugar. Un paquete de dulces de sabores y colores distintos, pensando en los posibles niños con los que podía encontrarse. Vestido con su raída sotana, se montó en aquella pequeña calesa, más bien carreta de bueyes. Sus llamados coadjutores lo despidieron con alegría disfrazada. Los aldeanos sintieron una tristeza por aquel vacío que dejaba aquella alma buena con cara de niño bueno, lleno de refranes como el Sancho del Quijote, y de aquel cariño con el que trataba a adolescentes y niños. Era una gran pérdida en un pueblo que nada tenía de interesante que no fueran los periodos de Cuaresma y Navidad. Allí ni los esclavos rebelados y escapados consideraban la necesidad de quemar sus cañaverales, pues era pueblo de mercaderes y buenos hacendados, protectores de sus esclavos. Ya parados en la cima de la escarpa, pudieron ver la aldea, sus casas esparcidas con sus diferentes colores de verde según los cultivos de diferentes variedades. En el centro, una casucha más bien parecida a un rancho para criar becerros o colgar tabaco; frente a aquel destartalado
edificio, una plaza de tierra algo caliza con ciertos banquillos colocados alrededor de aquella desnudez, cercanos todos a los yerbazales que le servían de contorno. Bajó la bueyada por la pendiente estrecha con cuidado de las rocas esparcidas, piedras removidas por la correntía ocasionada por la lluvia. Según se acercaba a la aplanada, se oía un murmullo y movimiento en todas aquellas humildes casas; a cada distancia se notaba el movimiento y la algarabía del vecindario. Ya muchos se encaminaban a la circular plaza, plaza que les servía de reunión en ocasiones de peligro por alguna tormenta o que usaban los fines de semana para el intercambio de productos agrícolas tan necesarios para el sustento. Ya casi llegando a la base de la pendiente, el padre Pío vio aquella pequeña multitud en silencio con sus ojos abiertos, a la espera de aquel visitante que pudiera ser alguno del cabildo con alguna nueva orden. Mientras se acercaban al centro de la plaza, los habitantes se iban maravillando de ver a aquel pequeño hombre cubierto por una raída sotana. Se oía entre ellos murmullos: «Un sacerdote es el que viene a vernos. Gracias, Diosito, que todavía nos recuerdas». Según iba el cortejo todos se acercaban, se persignaban y pedían la bendición a aquel extranjero o visitador que enviara el obispo. El padre Pío, al verlos, sintió una alegría inmensa mientras daba la bendición con la señal de la cruz. Sus ojos iban derramando lágrimas de contentura. Eran sus ovejas, muy de él, como nunca las había tenido. Junto a la alegría que le embargaba, sintió un peso profundo en su alma. Era una responsabilidad más que humana, era un mandato divino, demasiado serio para un hombre de tan poquita cosa. Allá muy adentro de su alma, pedía a su jefe celestial que le diera fuerzas para guiar a aquel redil que tanto necesitaba de la atención de un pastor. Ese pastor era él, padre Pío, y su parroquia su deber. Aquella comunidad era un grupo de familias unidas por lazos de sangre que habían decidido cambiar su vida y salir de las condiciones de pobreza impuestas por España. Eran tiempos donde la mayoría de los productos necesarios se quedaban en las grandes ciudades y las comunidades vivían del contrabando; eran muy pocos los pueblos y una gran parte de la superficie de la isla eran terrenos baldíos. Encontraron en su búsqueda aquel lugar aislado, rodeado de grandes escarpas con aquel centro llano. Sus primeros tiempos fueron muy difíciles. De los bosques cercanos obtuvieron el maderamen para construir sus viviendas y poco a poco se fue estabilizando una solidaridad, un sentimiento común y hasta una modificación de la tonalidad de sus palabras. No tenían grandes cosas y hasta les faltaban los más elementales medios educativos. No conocían de las letras y de los
números, mas no hicieron falta pues aquellos vacíos no habían sido necesarios. Sus costumbres eran sencillas, aprendidas de sus padres. Una comunidad aislada pero unida por grandes y fuertes lazos. Una base religiosa muy profunda de carácter espiritual, llena de aquellos fragmentos aprendidos en un imperio de habla castellana. El lugar escogido era un paraíso, con agua suficiente, neblinas al amanecer y al atardecer, y un fértil suelo donde hasta las piedras crecían. Aquellas montañas eran barreras para cualquier dureza ambiental; la altura de bajito o llano sobrepasaba los mil pies. A esas alturas el bosque era frondoso, los suelos muy fértiles, árboles frutales... Fueron necesarios para sus necesidades en el comienzo. Además, ya en el país se cultivaba el café, la caña de azúcar, los tubérculos, el arroz, el maíz, la pana, el plátano, el guineo y hasta el ajonjolí. Los productos necesarios para el sofrito y animales como cerdos, reses, ovejas y cabros, y hasta los nuevos perros que se mestizaron con los canes indígenas. Todas aquellas cosas llenaron la llanura, y hasta la miel del apicultor que les permitía la preparación de dulces y pan. El coco se sembraba, mas ofrecía cierta resistencia pues era planta costera. El cacao y el tabaco ya eran muy usados por los isleños. Una gran diversidad de productos y el deseo e ingenio hicieron aquella comunidad autosustentable y protegida de todo asunto de carácter político. Al ser un lugar poco accesible, era tierra olvidada, excepto por la poca atención religiosa que recibían pocas veces. Eran gente buena con alguna que otra liviana falta. Allí la ley era innecesaria. Mientras el padre Pío bajaba por aquella pendiente, su cerebro pensaba cómo llevarle la palabra de Dios; una palabra que nunca había entendido o poco le sabía entender. Su concepto de Dios era muy distinto a lo que había aprendido en el claustro. Dios, un ser tan misericordioso, era justiciero, mas su justicia no tendría cabida para sentencias eternas. Lo que llamaban purgatorio, donde las almas pasaban por un tamiz necesario para la purificación, entendía que aquellas almas que habían obrado mal eran parte de una historia por Dios grabada, donde todo lo que ocurría era necesario; de alguna manera que él desconocía, era lo que llamaban «la voluntad tras el manto». Mientras bajaba la pendiente, pudo apreciar el avispero que se daba allá en aquella plazoleta polvorosa y arenosa, punto de relaciones no tan solo económicas, sino de poder comunicarse unos con otros, pues sus labores no le daban tiempo para el vecinato. Nunca el padre había tenido una experiencia de tal naturaleza. Su corazón se hinchaba y, dentro de sí mismo, entendía que Dios tenía para él una tarea que de alguna manera debía cumplir. Su preocupación mayor era la ausencia de su misal y de
los utensilios necesarios para cada uno de los rituales sacramentales. No tenía su estola, el cíngulo, la capucha. En su pensamiento flotaban aquellas palabras de Pablo de que Dios ayudaba al hombre en sus debilidades. En aquel estado de concentración, Goyo el bueyero lo despertó: —Padre, prepárese que lo están esperando. Cuando salió de su trance, vio una pequeña multitud de gente sencilla, vestida con sus trajes de trabajo; algunos llevaban utensilios de labranza y, alrededor de ellos, surcaba por todos lados un grupito de niños y niñas. Los mayores se mantenían en silencio con ojos desorbitados. Aquella imagen que se acercaba, ¿cuán peligrosa podría ser? Aquel ser cuya apariencia parecía no ser de clase, ¿podría ser un funcionario que les perturbaría su tranquilidad? Al bajar de la carreta, se dieron cuenta de que era un sacerdote y sus rostros cambiaron al instante. Algunos rieron, otros lloraban. Cuando el padre pisó la tierra, se inclinó y tomó en sus manos algo del polvo y, arrodillándose frente a todos, elevó en su mano aquel pedazo de tierra al cielo. De lento proceder, estuvo varios minutos arrodillado, con sus manos hacia el azul del cielo. Bendijo al levantarse con agua bendita, que traía en un pomo, aquella tierra. No dijo palabra alguna en aquellos momentos. Su pequeño cerebro y su gran corazón, el silencio ante la providencia divina, eran las mejores formas de comunicarse con el «Gran Jefe». Su mente totalmente vacía, su pecho apretado y, de sus ojos, lágrimas salían y se deslizaban sobre sus rollizos y rojizos pómulos. Se acercó a aquella gente sencilla que le abrió paso y, mientras recorría aquel "mar rojo", iba dando la bendición a cada lado mientras los párvulos se movían alrededor de él; unos lo tocaban, otros lo miraban con insistencia, otros daban saltos y giros. Mientras, los mayores, según recorría la estrecha senda, se agrupaban detrás del sacerdote hasta que todos quedaron atrás de aquel Moisés que venía de nadie sabe dónde. Padre Pío no cesaba de derramar lágrimas y ello conmovió a toda la gente que lo acompañaba; era como si quisieran llenar el estrecho camino abierto. Aquella bienvenida era tan distinta a todas, pues era de una alegría diferente, llena de un misterio y a la vez de una incongruencia. El padre, mientras bendecía a sus nuevas ovejas, ni tan siquiera pensaba. Era un momento tan parecido a aquellos tiempos en que Jesús caminaba seguido por personas que necesitaban transformar sus vidas. En este caso, el padre sentía que de aquella gente algo maravilloso emanaba y lo confundía. Cuando llegó a los pies de la iglesia —una casa abandonada de dos aguas llena de agujeros y madera carcomida por los insectos—, volvió a arrodillarse y todos juntos lo hicieron. Se oyó por primera vez la voz del Padre Nuestro, una oración llena de
una profundidad que se había perdido en las grandes ciudades. Entró en lo que parecía ser la nave central; encontró un vacío de muebles y ventanas, y allí donde antes estaba el altar solo quedaba un tablero algo más elevado; a la izquierda, una puerta que daba a una sacristía inexistente. Sus palabras fueron sencillas: —Papito Dios, te damos gracias por este día en que me has permitido llegar a estos hermanos que, no necesitando mucho por ser buenos, sencillos y unidos, necesitan de tus sacramentos. No ando muy equipado, soy poca cosa, pero no me dejarás solo; y estas ovejas que me has encargado, prometo, Papito Dios, dar hasta mi vida por ellos. Ayúdanos, Señor, y que en esta pobreza de tu templo entren Tú como Padre, tu Hijo como Salvador y el Espíritu Santo como Consolador. Ayúdame, Señor, y manda a alguno de tus servidores que me ayude, me dirija, me permita darles sus sacramentos y llevarlos a Ti. Aquel Te Deum, momento de agradecimiento, entró en cada uno y todos gritaron: «¡Amén y Aleluya!». El padre Pío había nacido en el primer cuarto del siglo XIX, en el barrio Guamaní de Guayama, a orillas del río del mismo nombre. Era una época donde los taínos habían desaparecido; algunos muertos por aquellos trabajos forzados, no acostumbrados a una raza sencilla de vivir humilde; muchos otros taínos habían emigrado a las pequeñas islas del archipiélago. Había una población de casi 3,000 esclavos, muchos de los cuales para aquellos tiempos se habían rebelado contra los españoles. El nombre de su pueblo honraba a un cacique llamado Guamaní, que significaba "sitio sagrado". La isla tenía solo dos pueblos de interés: San Juan y San Germán. En España habían comenzado las guerras carlistas; un hermano de Fernando VII llamado Carlos quiso destronar a la hija, Isabel. Por otra parte, las cédulas españolas permitieron a muchos europeos establecerse en el pueblo guayanés. Para aquellos tiempos, era el mestizaje el componente principal de la población y ya se veía un desapego de la cultura española, favoreciendo a aquel mestizaje llamado criollismo. Un obispo, Juan Alejo de Arizmendi, había llamado a los habitantes «compatriotas». Guayama era un pueblo próspero: una plaza rodeada de europeos, unos cuantos hatos, cultivo de la caña y el tabaco, y algo de contrabando, pues la gran mayoría de productos no llegaban al pueblo. Gracias a una bahía, este comercio tan necesario compensaba las necesidades. Allí había nacido Francisco Morales Viera en un invierno lleno de nubes de gran humedad. Su padre, Francisco, y su madre, Juana, eran guanches y poseían una pequeña hacienda. Su nacimiento, el primero de Juana, había sido fácil y rápido, pues lo que salió a los pies de la cama era una cosita que apenas pesaba. La comadrona,
exaltada, gritó: —¡Esto no es un ser humano, es un güimo! Aquella cosita de carita redonda —más redonda que un círculo—, en vez de dar el grito acostumbrado, parecía reírse y mostraba unos ojos guanches más brillosos que la estrella de la mañana. — Comadre Juana, este niño parece ser destinado a algo grande, no importa cuán chiquito sea. Francisco y Juana eran personas dedicadas a la oración. Aquella casa estaba llena de rosarios: en la mañana, al mediodía y por la noche se cantaba el Regina Coeli y por lo menos un salmo. Eran personas de una ascendencia muy educada. Su bautismo fue en la iglesia restaurada dedicada a San Antonio de Padua y, como a todo guanche, fue entregado a la protección de la Virgen de la Candelaria. Crecía el niño en poca altura y en poca ciencia, pero tenía una gracia tan particular que hasta los bueyes del cañaveral, cuando pasaba aquel pedacito de vida, "bueyaban" para que se acercara y pudieran lamerle su rechonchita cara. Los niños de la villa le llamaron Pío por parecerse a un pollito desplumado. Su casa, un santo lugar, le proporcionaba una paz y felicidad increíble. Aunque el clima de Guayama era áspero —caluroso, húmedo y nubloso — y estaba lleno de los majes y mosquitos que rodeaban el río Guamaní, su casa algo los alejaba. En aquel santo hogar solo entraba el canario de mangle, la reinita mariposera y los turpiales; estos últimos nadie sabía de dónde habían llegado. Más que todo, su casa estaba llena de una atmósfera misteriosa y milagrosa; era cómoda, una sábana inmensa que daba luz, paz y tranquilidad. Pío acompañaba a sus padres con aquellas oraciones y rituales; su devoción le daba una tranquilidad nunca experimentada. Los domingos iba a la misa del padre Fernando y, desde que entraba, su cuerpo sentía un cosquilleo, un temblor que no entendía. Cuando llegaba el momento de la hipóstasis del pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo, Pío caía en un letargo que a sus padres los atemorizaba. A la edad de diez años, le dijo a sus padres, Francisco y Juana: —Papito, mamita, Papito Dios me necesita, debo ser sacerdote. Aquella salida inesperada colmó de asombro a sus padres, pero también de una alegría inmensa. No tenían más que a Pío, su única forma de tener descendencia, mas consideraron que llegar a tener un hijo sacerdote era una gracia demasiado grande para tan humilde familia. Su padre habló con el padre Fernando y se hicieron los arreglos para mandarlo al seminario de San Idelfonso. Fue un sábado en la mañana cuando Pío preparó sus bártulos y se despidió de su Francisco y de su Juana, sus únicos tesoros. Había dado sus primeros pasos a la entrada de aquel templo desvencijado de paredes grises, de piso polvoriento, de cientos de hendijas por las que entraban —por paredes y topes— aquellos polvillos danzantes.
A eso de las cuatro de la tarde, el sol deja pasar su luz a través de aquellas hendijas, cubriendo el suelo de un tablero de cuadrados y rectángulos de lados imparejos. Sus pasos lentos se acompañaban con tristeza profunda, mientras pensaba que aquel escenario era semejante a unas tres de la tarde cuando, al morir el Salvador, el templo quedó vacío. No era aquel lugar el sitio apropiado para morada de su Papito Dios. Sería una imprudencia celebrar cualquier acto de adoración o día solemne de la Virgen de la Candelaria. Ni un crucifijo, ni imágenes de santo alguno, ni tan siquiera una estatuilla que recordara el quehacer evangélico de mil ochocientos años. Su corazón palpitaba con fuerza, sus sienes crepitaban con un ritmo descabellado y sus ojos se aguaban y hasta sus piernas temblaban. Sentía que el primer deber eran los deberes de Nehemías después de la liberación del persa: Papito Dios quiere una casa nueva, una morada donde se sienta cómodo; donde aquella villa de guanches y esclavos sintiera la presencia y la atmósfera de la casa de Dios, tan parecida a aquella que disfrutaban los santos en las moradas preparadas por el Salvador. Siguió adentrándose por aquel espacio como si caminara hacia un vacío lúgubre. Al llegar a lo que había sido el altar y el sagrario, dobló sus rodillas y recitó: —Me acerco al altar del Dios que me ha hecho su sacerdote, os pido que no se aparte su presencia y me ayude a conducir sus ovejas al reino que para esta comunidad ha preparado. Se inclinó un poco más hasta que su frente tocó aquel polvoroso y maloliente suelo. Una vez levantado, giró hacia la derecha y entró al cuartucho desvencijado. Era un desorden; y sobre una de aquellas perforadas paredes, colgaba un espejo de plata con algunas esquinas cortadas. Miró aquel colgante objeto y, parado frente a él, recordó los rituales y palabras incompletas que eran necesarias mientras se vestía. Cada una de las piezas que eran necesarias para la celebración del gran misterio: El lavado de manos ("Limpia mis manos para que, no contaminado mis manos y mi cuerpo, pueda servirte"); el amito sobre sus hombros ("Sálvame de todo lo diabólico"); el alba, una sotana blanca larga, mientras pedía: "Límpiame con la sangre del Cordero para gozar de la felicidad eterna"; el cíngulo torcido sobre la cintura mientras pedía que lo librara de la lujuria y le diera fuerzas para conservar la castidad; el manípulo, símbolo del trabajo y el servicio a sus ovejas; la estola, símbolo del orden o imposición de manos, que representa la pérdida de la inmortalidad por su pecado original; y la casulla con su símbolo de ser el representante de Cristo y la conservación de la gracia. Todo aquello pasaba por su mente mientras su mirada ausente caía sobre aquella placa de vidrio cubierta de plata. Cuando despertó de
su éxtasis, algo extraño notó en su reflejo sobre el espejo: aquella imagen, a pesar de reflejar su cuerpo, le sonreía. Al salir del cuasitemplo, la gente lo esperaba. Empezó una improvisada homilía: —Vayamos a la casa del Señor, pero no tenemos casa donde habite el Señor y se sienta cómodo. Amados hermanos, la casa donde habita nuestro Salvador está destruida. Es preciso reconstruirla de la manera que nuestra vida necesita. La morada, el templo, es casa sagrada y debe estar en las mejores condiciones. Yo, como sacerdote, tengo la obligación que tuvo San Francisco de construir una casa para el Señor. Él tenía un grupo de hermanos que le ayudaron; yo los tengo a ustedes, si desean ayudarme. Un grito al unísono salía de aquella pequeña multitud: —¡Sí, padre, la reconstruiremos! Ernesto, el maestro de obra, clamó: —Padre, yo me encargaré de dirigir la obra si vuestra merced lo ordena. El padre dijo: —Hoy te convierto en el primer anciano de nuestra parroquia. Acércate, hermano, e inclínate para que recibas la unción que corresponde para los ancianos de la iglesia. Ernesto humildemente se acercó al padre y se inclinó, mientras el padre ponía su mano derecha sobre su cabeza diciendo: —Hoy te nombro anciano de la iglesia. Dios te dará la gracia y la sabiduría para que me ayudes a gobernar la vid de Papito Dios. Un fuerte aplauso resonó de aquella humilde gente; el más fuerte y duradero salió del ateo y su familia. Había comenzado la hormiga de la conversión a picarle su corazón. Los bendijo el padre. Ya que la tarde caía e iba la oscuridad naciendo —era un jueves—, el padre durmió sobre el suelo de la sacristía; solo la luz de una luna creciente dejaba caer sus rayos sobre su cuerpo. Amaneció muy temprano, pues era verano. Se oía un traqueteo en la comarca. Muchos hombres y adolescentes cortaban los camaseyes plateados de tallos rectos, mientras Ernesto daba órdenes sobre el largo necesario. En su cabeza de carpintero ya tenía las imágenes de cómo hacer su trabajo. No solo se repararía el templo: se haría una casa pequeña para el padre y unas letrinas. Con los troncos de bambú se haría una cañería conectada a uno de los muchos manantiales de agua fresca que emanaban de la montaña. Aquel trabajo, armoniosamente dirigido por el maestro Ernesto —y ahora anciano—, terminó el martes de la próxima semana. Era hermoso el contraste: bancos hechos con tablas obtenidas de la palma real y paredes de sándalo del país y camasey plateado. El altar hecho con aceitillo y espino rubial, dándole un aroma a trementina y un color amarillento hermoso. La sacristía se reconstruyó totalmente: una mesa amplia a la altura de la cintura del padre y, en el centro, aquel espejo que el padre quería conservar. Imagen que no dejaba de reírse
cada vez que el padre Pío se ponía al frente. Había probado que solo se sonreía con él. Le inquietaba el misterio que guardaba; parecía ser un ave de buen agüero. Todo se realizaba con éxito a la sombra del sonriente sacerdote. En su soledad parroquial, lo consideró su coadjutor. No se olvidó el maestro de la cruz procesional ni de la cruz que debería estar en el centro del altar para recordarles la sangre vertida por Jesús. Todo quedó hermoso y el espejo sonreía. Ambas cruces fueron hechas de palo de rosa y el Cristo de la cruz procesional fue hecho por un tallador de la comunidad. El padre llamó a Ernesto y le dijo que necesitaba dos acólitos y un sacristán. Esa sería su segunda tarea en la viña del Señor. No pasó el día cuando Ernesto le presentó al mayor y más sabio de la comunidad, don Pedro Pérez, y a dos jóvenes menores de doce años. A don Pedro lo ungió como anciano y sacristán. Les explicó sus deberes; a los acólitos los nombró "los inocentes del altar", o sea, los monaguillos (pequeños monjes). Les advirtió que, como servidores del altar, su conducta debía ser la mejor posible y que, después de cumplir sus doce años, ya no podrían considerarse "los inocentes". Ello le recordaba que antes del ofrecimiento debía lavarse sus manos frente a "los inocentes". Ya todo estaba listo menos las velas; estas fueron otorgadas por el apicultor de la comunidad. Llamó el padre a sus dos ancianos y les dijo que el domingo bendecirían el templo y que para ello necesitaban alguna ceniza que sirviera de incienso. Aquello no fue un problema; en el bosquecillo había árboles de masa cuya resina, al quemarse, tenía un aroma parecido al incienso. Solo faltaría el incensario y la pila bautismal; estas aparecieron al día siguiente, sábado. Aparecieron varias mujeres de la comunidad con todos los ornamentos necesarios para celebrar la misa. Al padre, ante aquella sorpresa, se le salieron dos grandes lagrimones; las bendijo y les dio hasta una indulgencia en gratitud por aquel bien hecho a la iglesia. Tomó las vestimentas y las llevó a la sacristía y, al alzar su rostro, la figura del espejo estaba sonriendo, pero esta vez se oyó su sonrisa. —Papito Dios, algo me pasa. No entiendo, pero si viene de Ti este milagro, lo acepto con gran humildad. Al volver al espejo, la mano derecha de la imagen le hizo un pequeño saludo. El sábado, con un sol ardiente y una alta humedad que abría los poros de la piel y mojaba los vestidos, era el día del intercambio. La comunidad se había levantado temprano y acomodado las carretas de sus productos para llevarlos a la plazoleta. En ese día acudían de comunidades vecinas los campesinos con sus productos listos para el intercambio. Algunas de ellas vacías, eran los mercaderes que venían a surtirse de productos que luego vendían en el pueblo. Ernesto se presentó
ante el padre a ver si le era necesario algo. El padre le dijo que solo necesitaba dos cosas: harina, que de conseguirla eran las especies necesarias para la primera misa. — Esta tarde necesito reunirme con los ancianos; espero que hayas seleccionado los ocho ancianos que nos faltan. Mañana es día del Señor y bendeciremos el nuevo templo. Necesito una sierva que nos prepare las hostias, así que buscarás entre las mujeres la que creas más apropiada. Nos vemos esta tarde a eso de la hora sagrada de las tres. Ve con Dios y que a todos les vaya bien. A eso de las nueve ya la plaza estaba llena y lista para el intercambio. Hubo una pausa, pues los vecinos de las comunidades cercanas se sorprendieron al ver aquel edificio hermoso donde antes estaba la casucha. Todos acudían a ver la nueva casa y se dieron cuenta de que era un templo. No había puertas y la entrada estaba cruzada por dos franjas que impedían la entrada. Era muy hermosa, toda hecha de maderas nobles. Preguntaron por aquel milagro que no vieron el pasado sábado. Era increíble y hasta milagroso levantar un edificio tan hermoso en tan poco tiempo. Uno de los observantes, mirando hacia la cúspide de un techo de dos aguas, notó un campanario sin campanas. Él tenía una en su hacienda para llamar a sus obreros al trabajo, para la mesada al mediodía y cuando era el final de la tarea. —Mi campana debe estar en ese campanario; será de gran ayuda tanto para ellos como para todos. Cada vez que suene, gracias y providencia del Señor llegarán a nuestras haciendas y negocios. Ernesto estaba muy cerca y se ofreció a mandar a uno de sus vecinos a buscarla. Aquel domingo se iniciaría el nacimiento de la nueva parroquia, cuyo nombre aún no estaba decidido. El trueque y las ventas terminaron a las dos de la tarde. Los paisanos se despidieron, mas no sin antes mirar hacia el templo y persignarse. El templo se les había esculpido en sus seseras. Pensaban lo maravilloso que tendría que ser el pastor de aquella comunidad para lograr cosas imposibles e increíbles. No lo habían visto en ningún momento. A eso de las tres se presentaron Ernesto, Pedro, ocho hombres de edad mediana y una señora anciana. Se sentaron en la grama junto a las camándulas. El padre ungió a los ocho ancianos y les explicó que Ernesto sería el Santiago del grupo y Pedro el Cephas. En ellos estaría el gobierno de la iglesia mientras él estaría dedicado a las cosas sagradas. Una de las obligaciones de aquellos ancianos sería la educación: todos tendrían que aprender de letras y números. Escoger a aquellos que entendían de cómo curar y hacer vendajes. Ningún problema entre ellos sería llevado a las cortes españolas; todo posible delito sería juzgado y condenado por los diez ancianos. —Dios ha decidido esto y no sé cómo explicarlo, pero por ahora
debemos conservar nuestra comunidad. Si alguien viniese de afuera, los ancianos determinarán cuán aceptable pueda ser para todos. No juzgaréis sus creencias, pues Dios obra de una forma distinta al hombre. Sólo el tiempo le hará al hombre entenderlo. Dirigiéndose a la anciana, le explicó que debería hacer una masa de trigo delgada sin usar levadura y, una vez cocida, se partiría en pedacitos. Mientras estuviera haciendo su trabajo, debería orar, porque aquellos pedacitos se llamarían hostias: la ofrenda que Dios convertiría en su cuerpo. No había traído las suficientes. —Mañana bendeciremos el templo a las diez de la mañana; debéis usar vuestros mejores vestidos, será como preparativo para una primera comunión de todos. No olvidéis invitar a la familia del que dice ser ateo; es hombre de buen corazón y me gustaría que nos honrara con su presencia. Podéis iros, menos Ernesto y Pedro. Cuando partieron, el padre llamó a Pedro: —Tú llevarás la cruz procesional, debes usar una sotana con un cinturón azul; y tú, Ernesto, usarás una sotana blanca con un cinturón rojo, llevarás el incensario. Al frente de la procesión, los monaguillos a ambos lados de la cruz procesional; yo detrás con uno de los ancianos vestido de sotana blanca llevando el agua bendita y el hisopo. Orad a Dios para que nos acompañe. Bendijo a los presentes mientras pensaba en el espejo, su única referencia de que lo que hacía era lo que Dios quería. Aquel sábado, entrando la noche, recibió una sorpresa: Francisco y Juana llegaron de Guamaní. Su alegría fue inmensa. Besó las manos de su padre Francisco y abrazó a su madre Juana. —Padres, cuánta alegría siente mi corazón; Dios os ha enviado para que ayudéis a su pollito en el momento que mi alma más necesita. Esta noche necesito de sus oraciones. Pedid a mi Papito Dios que me sostenga; si es su voluntad, regresaremos al Guamaní. Todo está en sus manos. Vayamos pues juntos a la casa del Señor que mis hermanos le han construido. Rezaron el rosario, una oración del siglo XII. Escogieron los misterios dolorosos, pues aquella noche no sería una noche común; era noche de luna llena, una luna que acompañó al Señor aquel viernes, la noche de su angustia. Sus padres se durmieron por el cansancio de tan largo viaje. El padre Pío, en su preocupación y bajo el sonido de aquellos miles de cantares de cigarras, ranitas y las maravillosas luces de los cucubanos, leyó a la luz del farol una Biblia de Torres Amat que había obtenido de un hermano monje del contrabando que se daba. Era un peligro que las personas la tuvieran; serían castigados por la Santa Inquisición. La Biblia solo pertenecía a los sacerdotes diocesanos. Buscó entre los salmos, los evangelios y hasta en las epístolas que serían las lecturas para tan sagrado acto. Escogió la dedicación del templo de
Salomón en el Libro de los Reyes; en Mateo 16, donde Cristo edifica su iglesia; y en Efesios, sobre la iglesia fundada por los apóstoles. Lo demás sería lo que Dios quisiera y el espejo consintiera. En eso pasó horas, hasta que a eso de las cuatro de la mañana se coló la luz del alba; Venus, estrella del alba, entró a su cuarto y lo hizo descansar. A eso de las seis de la mañana lo despertó el repicar de la campana. Por primera vez se usaba; su sonido y la forma de repicarlo parecían algo fuera de este mundo. Ernesto era el virtuoso que la hacía repicar de aquel modo tan maravilloso. Todo el pueblo despertó y comenzaron los preparativos, pues a las diez todos deberían estar en la plazoleta. Sería el más hermoso de los días; se bendeciría una iglesia nacida del buen corazón de aquellos hermanos aislados del ruidoso y perturbador mundo, según declara San Juan de la Cruz. Ernesto estuvo con el papá de Pío, Francisco, y Juana. Aquella mañana solo tenían un té de almácigo; era rojo, espumoso y muy vitalizante para poder sostenerse en pie durante toda la ceremonia, que sería muy larga. Llegaron al lugar donde estaba reunida la comunidad. Todos vestidos de blanco con la cinta o franja azul ajustada a la cintura. Aquel blanco era resplandeciente pues el sol les daba de frente, astro que había rebasado las escarpas. Se acercaron a la multitud el padre; Pedro con la cruz procesional; Ernesto con la mirra del árbol de masa; uno de los acólitos con un baldecito de agua y el otro con una rama de una herbácea llamada Conyza, plantita común del barrio que usaban como un hisopo. Era una medicina potente para los problemas de artritis (algo simbólico que activaría fibras, músculos, corazón y alma), llena de miles de margaritas. Detrás de la procesión venían Juana y Francisco llevando los ornamentos a usarse. Llegados al lugar, se oyó un aleluya que hizo temblar hasta las hojas de los árboles. Pedro, el sacristán, dejó su cruz con Ernesto, tomó los ornamentos y se acercó al sacerdote. La familia negra se unió y empezó la preparación de la vestidura y las oraciones para cada ornamento. Al final, se puso su bonete de tres picos. La procesión comenzó mientras todos cantaban el himno aprendido esa semana: Queremos a Cristo proclamar, como un estandarte levantar. Que toda la gente pueda ver, Él es el camino al cielo. (Puente) Paso a paso hacia el frente, poco a poco a ganar. La tierra para Cristo, es nuestra meta a lograr. Llegaron al frente de la iglesia; el padre se quitó su bonete y proclamó la bendición oficial para convertir la casa en hogar y templo del Señor: —Oh Dios, Padre Eterno, en el nombre de tu hijo Jesucristo, nos presentamos ante Ti con corazones humildes para dedicar este lugar a tu santo nombre. Te pedimos, Señor, que mires con bondad este templo y lo santifiques con tu presencia. Que este lugar sea un
faro de luz, un refugio de paz y una casa de oración para todos los que busquen tu refugio. Declaramos este espacio como tierra santa. Que tus ángeles custodien sus puertas y que tu Espíritu Santo reine en cada rincón, iluminando las mentes y consolando los corazones de quienes aquí se reúnan. Reprendemos toda influencia negativa y pedimos que solo tu amor, armonía, rectitud y bondad habiten aquí. Que tu bendición abunde, impidiendo la escasez espiritual y física. Consagramos esta casa para la adoración, la oración y la enseñanza de tu santa palabra. Aquello ocurrió con una gran solemnidad; muchos lloraban y hasta el sol fue cubierto por unos extraños cúmulos de nubes blancas. El lugar quedó bajo una tenue sombra y se esparcieron por todo el lugar perfumes de jazmín y albahaca. El padre, junto al sacristán, bendijeron con agua e hisopo toda la iglesia. Al terminar, invitó el padre a entrar al nuevo templo dedicado a la virgen de los guanches, la Virgen de la Candelaria. El último en entrar fue el ateo, don Juan Morales Acosta, y su familia. Junto a la comunidad habían llegado desde temprano algunos vecinos de otras comunidades. La iglesia no dejó espacio libre, mientras aquel cúmulo de nubes blancas se tornó gris y dejó caer sobre la iglesia una tenue y placentera lluvia que intensificó los perfumes de los árboles florecidos y creó un ambiente tan fresco que hasta las ranitas, cigarras y grillos produjeron un sonido muy parecido al canto gregoriano. Una vez terminados los dos bautismos, entró a la iglesia detrás de sus acompañantes, pasó por la nave central y, al llegar al altar, le pidió a los servidores del altar un poco de tiempo mientras entraba a la sacristía. Posado frente al espejo, vio su imagen con el rostro inclinado, sus ojos cerrados y sus manos en oración. —Dios me ha concedido el poder de bendecir y convertir esta casa en su templo. Salió al altar y con el hisopo vegetal fue bendiciendo a todos los feligreses hasta parar frente al ateo Juan Morales. —Juan, ¿quieres recibir tú y tu familia la bendición de Dios? —Sí, quiero, padre. Lleno de gozo, el padre bendijo a Juan, a su esposa y a sus guanchitos. —Más vale uno que cien que no necesitan, Señor, tu especial cuidado. En su interior permanecía el espejo y la aprobación que Dios le concedía. No teniendo el libro litúrgico, rezó: "Señor Dios, dame la forma de adorarte y celebrar los misterios". Usaría las partes litúrgicas usando aquel lenguaje criollo, comienzo de la identidad de una nueva raza. Pidió a los feligreses que repitieran algunas partes que el sacristán advirtiera. Haciendo la señal de la cruz, el sacristán levantó su brazo y todos se persignaron. —Me acercaré al altar de mi Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo. Entró al "Yo pecador" que todos recitaron y, pidiendo a todos que se arrodillaran, dijo: —El
Señor perdone todos vuestros pecados. Todos contestaron: "Amén". Pasaron al "Ten piedad" y de ahí a la oración "Limpia mi corazón". Comenzaron las lecturas relacionadas con el templo y se terminó con Mateo, donde se habla de la necesidad de vivir fundamentados en los apóstoles del Señor. El padre Pío le pidió a los feligreses que reflexionaran en torno a los evangelios y aquel día en que Dios había retornado a su casa. Hubo varias opiniones referentes a la palabra y luego el padre repitió: —Palabra de Dios. Amén. Se pasó a la tercera parte a partir del Credo de Nicea; se hicieron las oraciones por la iglesia, por los difuntos y por los presentes y familiares. La próxima parte era el ofrecimiento de las especies y la consagración. Padre, Ernesto, Pedro y acólitos se sentaron y ofrecieron un momento de preparación y solemnidad necesario para aquel momento que solo a Dios pertenecía. Levantado el cura, acudió al altar, lavó sus manos y ofreció pan y vino para que fueran transformados. En el momento crítico, no podía casi hablar al repetir las palabras que convertían el pan y el vino en el cuerpo y sangre verdadera de Cristo. Ernesto y el sacristán tuvieron que sostenerlo. Terminada la consagración, necesitó reposar. Su cuerpo no resistía aquel milagro y misterio tan grande dado a los hombres y especialmente a él. Mientras la feligresía se mantenía arrodillada, el padre se levantó, tomó la hostia ya consagrada y los invitó a comulgar. Hubo cierta resistencia y el padre dijo en voz muy alta: —Todos están limpios. Acercaos a la mesa del Señor. Todos acudieron y comulgaron. Juan Morales se quedó atrás con sus hijos. —Juan, acércate; tú también y tu familia están limpios. Juan y su familia se acercaron al altar y comulgaron. Al terminar, entró una paloma blanca y se posó sobre el hombro de Juan. A partir de aquel milagro, la paloma no se apartó de Juan y su familia. Al terminar la misa, el padre les dijo que aquel día sería festivo por siempre, que debía celebrarse con gran alegría. Antes de salir, llamó a Juan y a su familia y bautizó a cada uno. Luego salió en procesión hacia afuera del templo. Aquel día hubo fiestas entre los vecinos. El padre Pío participó con sus padres y luego se retiró mientras Ernesto tocaba para el Ángelus. El padre no olvidó las manifestaciones del milagroso espejo. La noche fue muy clara, de luna llena, y los campos llenos de luces relampagueantes de cucubanos, de la orquesta de grillos, cigarras y ranitas. Aquel coquí... el coquí ya era parte de la Patria Nueva. No todo ocurre con el bien que deseamos. Una vez que los vecinos acudieron a la pequeña villa y se encantaron con aquellos guanches y con su sacerdote, el padre Pío, encontraron que en aquella vecindad que giraba en torno al templo de la Virgen de la Candelaria se propagaban las noticias y los milagros logrados
en tan aislada villa. Entrar a aquel sumidero era algo imposible de explicar; algo conmovía sus corazones o sus almas, una empatía con aquellos guanches y sobre todo con un sacerdote que no excitaba nada fuera de lo normal, hasta llegar a su cercanía. Era como un aura que lo rodeaba y, cuando esta los tocaba, sus almas temblaban. No comprendían el carisma de aquel humilde y pequeño servidor de Cristo. Era tan impactante como aquellas manchas de plátano sobre sus ropas, imposibles de quitar. Cada domingo asistirían a aquellos rituales donde cada uno podía hacer sus aportaciones y todas eran respetadas, pues el padre Pío señalaba que Dios habla sus verdades por los humildes y no por los sabios que rebuscan caminos tortuosos que los alejan de Dios. Para el padre Pío, Dios era simple de entender, pero los hombres lo habían convertido en muralla inaccesible. Acostumbraba muchas veces a repetir: «Dios no es un ser para ser comprendido; es algo no entendible, que basta adorarlo, quererlo y tenerlo». Aquellas maravillas pasaron a las comunidades vecinas y ello hacía que el templo no bastara para tantos; sin embargo, el padre entendía que todos, al salir del templo, sufrían cambios en su vida que mejoraban sus relaciones, que de ellos salía el perdón y, sobre todo, la necesidad de ayudar al necesitado. Aquellas experiencias se contaban entre los vecinos hasta ser oídas por el párroco de la vecindad. Este decidió enviar a una persona de la compañía de la Inquisición —la que cientos de años luego se llamaría el Dicasterio para la Doctrina de la Fe en el Vaticano—. El siniestro personaje fue anotando cada una de las actividades del padre que lo alejaban de las enseñanzas institucionales. Tan grande fue el listado de lo que consideraba que el padre realizaba en contra de la jerarquía y de los dogmas, que al llevarlos al párroco, este los envió al obispo reinante, monseñor Francisco Puentes. Al ver aquel listado, el monseñor optó por relevar y excomulgar al padre Pío, según una parte del derecho canónico que le daba derecho a hacerlo sin contar con el Vaticano. Hizo una carta de esas que aparentan legalidad apostólica, basada en el derecho canónico; la selló con lacre y la envió directamente al padre Pío con uno de sus monseñores. La carta sellada llegó al final del mes de agosto, entregada por el monseñor inquisidor. Una vez entregada, el interfecto desapareció de su presencia. El padre Pío abrió aquella carta del obispo donde se le relevaba de su puesto y quedaba fuera de la iglesia que tanto adoraba. Fue con su carta al espejo de la sacristía y vio a una imagen muy compungida y con lágrimas que se deslizaban por sus pómulos. Preguntó: —Decidme, Padre, ¿qué mal he hecho? Ese momento de dolor de persona e imagen hizo que aquella, por primera vez, le hablara: —
Padre, vos sabíais que todos los que predican con verdad son perseguidos. Eres uno de ellos, mas no sientas dolor; Dios ha estado y estará contigo por siempre. Vuelve a tu pueblo, pues aunque los hombres te han desechado, tú serás siempre un apóstol de tu Papito Dios. La imagen desapareció, pero dejó una alegría en el "padre pollito" que nunca se acabaría. Se inclinó ante el espejo y agradeció que Dios usara a tan insigne ser para llevar su palabra, aunque fuera de manera extraña. Salió de la sacristía y fue a donde sus padres a informarles del castigo obispal. Sus padres lo abrazaron y le dijeron que, de la misma manera que Dios lo había amparado, ellos, siendo tan pequeños, estarían con él. Su madre Juana le dijo: —Hijo, el día que naciste, Dios te hizo su sacerdote. Tu nacimiento fue tan extraño que todos pensaron que habías sido escogido para esta milagrosa tarea. El padre llamó a Ernesto y le dijo que preparara una carreta para llevarlo al norte con sus padres, pues era necesario que retornara a su Guamaní, en Guayama. Ernesto quiso preguntar, mas el padre le contestó que hay cosas que no deben saberse. También le dijo: —Ernesto, nadie debe saberlo. En el trayecto te diré lo que te recomiendo. Aquella mañana, antes de despuntar el sol, vinieron Ernesto, Pedro y Juan. El padre y sus padres montaron en la carreta y se fueron por un lado opuesto y mucho más transitable. En pocas horas llegaron a la costa. Durante ese tiempo el padre Pío les dijo: —Dios ha sido muy bueno con este pobre sacerdote. Con ustedes hemos logrado tener una casa para el Señor. Hemos fortalecido nuestros lazos y yo me he sentido amado. Seréis siempre los ancianos, aunque cualquiera os rechace; es una orden divina. Velaréis por vuestro pueblo y seréis humildes ante el nuevo pastor. A ti, Ernesto, Pedro y Juan, encomiendo que saquéis el espejo de la sacristía; ese ha sido el misterio de nuestros éxitos, que le pertenecen al Señor. Guardadlo y protegedlo; él ha sido mi mentor durante el tiempo que he estado con ustedes. Ahora regresad a la villa; Dios me dará una forma de llegar a mi pueblo. Ernesto, Pedro y Juan, a ustedes encomiendo la protección, las enseñanzas y el cuidado de sus hermanos. Os aseguro que nos veremos en el reino de los cielos. Ellos, llorando, regresaron a la villa, mientras el padre y sus padres caminaban por aquella carretera o, más bien, ruta con demasiados obstáculos. Sea la bendición del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo a quien esta corta novela lea. Amén.
II- HACIENDA MONROIGLos Monrroy
Los canarios vinieron a nuestra isla a partir del siglo XVI, gracias a algo que se llama Tributo de Sangre. Por cada 100 toneladas de exportación, tenían que viajar 5 familias isleñas o canarios que se ubicaron en Texas, Luisiana y las islas del Caribe. En la isla de San Juan se localizaron en pueblos que comprendían una gran extensión costera en el noroeste, oeste, sur y este de la isla de San Juan. De los 28 pueblos de la isla en el siglo XVIII fundaron 19; entre ellos, Mayagüez, Añasco, Aguadilla, Arecibo, Manatí, Toa Baja, Loíza, Humacao, y en el sur Lajas y Guayama. En esos tres siglos vinieron como hasta 244 familias, formando el 16% de la población isleña.
Las naves españolas aprovechaban los vientos alisios, saliendo de Sevilla a las Canarias, y de ahí convergían para llegar a la isla de Santo Domingo o llegar al Río de la Plata de Sudamérica, principalmente a Uruguay y a Venezuela. Eran de ascendencia norteafricana, destacando por una mezcla de rasgos físicos: complexión fuerte, pieles claras, y en muchos casos, cabello rubio o pelirrojo y ojos claros. Venían de pueblos como Tenerife y Lanzarote. Eran hombres del pastoreo, de la agricultura y de la pesca.
Su léxico incluía el seseo; al igual que en Latinoamérica, los sonidos c/z y la s no se diferenciaban de la s común. La s final casi no sonaba, era una s aspirada, y usaban la palabra ustedes en vez del vos. La r no es la arrastrada por los del noroeste, y la sustitución por l no era parte de su hablar. El idioma guanche es un gentilicio usado en referencia a un idioma desaparecido.
Mi guanche se llamaba Yeray Monroy y su esposa, Yaiza Orama. Tenían un par de hijos, Jonay y Yurema, ya entrados en la adolescencia. Todos con piel claro-rojiza y de ojos claros, de esos que son difíciles de llamarles verdes, azules o grises. Eran guanches, no mahos, pues venían de Tenerife, una isla en la latitud 28, muy parecida a la de Florida y Texas, con temperaturas de entre 15 grados en invierno y 22 en verano. Encontraron en Quebradillas el mejor de los climas: ni mucho frío ni tanto calor. Parte de sus familiares se quedaron cerca del río de Camuy y en El Palomar.
Era a mediados del siglo XVIII; caña de azúcar en el norte, tabaco y algo de cacao. En el centro dominaba el café y los extranjeros corsos y europeos. Ya la esclavitud iba de paso, cuerpo de tranquilidad y algo de cimarronía: esclavos escapados al bosque donde establecían comunidades o asentamientos en lugares pantanosos como los manglares.
Llegaron de Canarias, primero a Hispaniola a mediados de septiembre. Tras dos semanas en la capital de la recién fundada nación de Santo Domingo, tomaron una nave algo modernizada que los llevó a la capital de la isla de San Juan Bautista, cuyo
nombre había cambiado a Puerto Rico, el nombre de su bahía. Durante todo el trayecto por las costas, estuvieron asombrados de tan compacta foresta. Yeray y su esposa Yaiza se sintieron conmovidos por aquel paraíso y consideraron que aquella decisión de venir al Nuevo Mundo fue la más acertada.
Se reportaron a las autoridades del puerto, pidiendo ayuda para llegar a la costa oeste. Aquel día en la noche, coincidiendo con la marea alta, un grupo de pescadores se dirigía a la isla de Mona, nombre que honraba a su cacique Amona. Lograron ser aceptados y partieron hacia la isla de Mona con la idea de parar en la bahía de Puerto Hermina o El Fortín. En el 1820, dos hermanos, Dionisio y Leoncio Hermina, eran los grandes terratenientes de esa costa de San Rafael de las Quebradillas. Para los pescadores era el lugar apropiado para obtener materias de contrabando, difíciles de conseguir en la capital. Para los Monroy era un golpe de suerte, pues era el lugar cercano a su familia de El Palomar, en Camuy.
Una vez desembarcaron, subieron la pendiente o más bien la quebrada, y en el primer hogar pidieron ayuda para que les señalaran cómo llegar a El Palomar. No era muy difícil el trayecto: debían cruzar la quebrada La Bellaca y ya estarían en terrenos camuyanos. Allá podrían conseguir alguna ayuda. Con sus bártulos cruzaron La Bellaca y consiguieron ayuda de otros guanches de Haría que, por ser compatriotas, les brindaron no solo ayuda para refrescarse y alimentarse, sino que una de sus carretas se usaría para llegar a la familia Monroy de El Palomar.
En aquellos tiempos, los guanches formaban una comunidad solidaria. Ningún guanche sería abandonado. El carácter, el idioma y la patria eran fuerzas muy poderosas. Honraban su rectitud y rechazaban a quien no se acogía a las costumbres de sus padres.
Luego de tres horas de viaje llegaron a un caserón muy amplio de dos pisos y cuatro aguas. En el primer piso estaban las herramientas de trabajo y alguno que otro becerro recién nacido con su madre. Al segundo piso se subía por una escalera en forma de L; tenía un balcón y cuatro grandes puertas de dos piezas. Había sido construido con maderas de árboles nativos en aserraderos, usando grandes serruchos, cuñas, machetes y hachas.
Aquella amplia casa, construida para los 1830, le llamaban El Ranchón de los Monroy. Su dueño era Acorán Monroy, su esposa Acerina Tarife y sus dos hijos adolescentes, Aíram e Iraida.
La segunda puerta de la casa era la entrada principal, con una sala amplia, un gran sofá, dos sillones y cuatro sillas de mimbre hechas de una madera recién llegada de Santo Domingo, llamada caoba dominicana. En el centro, una mesilla con tapa de cristal y un florero central con flores de un árbol introducido recientemente: flamboyán, maga y frangipani, flores rojas y blancas que le daban un toque singular a la sala. Al atardecer, el frangipani llenaba toda la casa con un perfume tan original, no hecho por hombre alguno. Alrededor del florero, algunas figurillas de porcelana.
A ambos lados de la sala, dos puertas para las dos alcobas: la de la derecha para el matrimonio y la de la izquierda para Aíram. Al lado derecho de la puerta del dormitorio, en el centro y en lo alto, un cuadro de la Virgen de la Candelaria y, bajo este, dos cuadros: uno del árbol querido de los guanches, el Rosal (Bencomia exstipulata), un arbusto de las altas montañas endémico de Tenerife, y otro del arbusto de inflorescencia en forma de aguja de flores violetas llamado Tajinaste.
En la pared del cuarto del matrimonio, un Corazón de Jesús y, sobre él, un crucifijo de plata del que colgaba un rosario hecho con semillas de Lágrimas de Job, una planta introducida de Asia, muy apreciada, llamada Camándula. Este nombre se refería a las piezas del rosario; también tenía un significado profano: se refiere a una persona hipócrita que cree hacerse devota para obtener bienes materiales. Esta yerba hizo su agosto en el siglo XIX.
Separaba la sala del comedor una hermosa mampara, con dos arcos a ambos lados y un espacio abierto que daba al comedor, tan alto que no permitía observar a los comensales. Estaba muy bien adornada con sogas de maguey de varios colores.
El comedor era una sala con una mesa oblonga que permitía acomodar a seis comensales, cubierta con un tejido hecho por Acerina; este se removía y se sustituía por un mantel. Rodeaban al comedor tres puertas: dos daban a dos dormitorios y la posterior a un amplio lugar, la cocina, con su fogón, ahumador, recogedor de cenizas y un cubículo para el carbón o la madera que se usaba como fuente de calor para la cocción de los alimentos.
En la cocina, al lado opuesto, había un pequeño salón destinado a las necesidades sanitarias y, junto a este, un cuartillo para el aseo personal.
La última puerta a la derecha era el salón de oficina de Yeray. Allí se encontraba una biblioteca y un gavetero donde se guardaban registros y otras cosas de valor, entre ellas la bitácora de los trabajos, entradas, salidas y deudas contraídas.
Una vez saludados, Acorán llevó a los Monroy a sus respectivos aposentos: Yurema y Juana en una habitación, Yurema a la habitación de Iraida y Jonay a la de Aíram. La ama de llaves, una criolla llamada Panchita, les había preparado de antemano las habitaciones.
Acorán llamó a la cocinera Noelia, otra criolla, para que preparara para la cena el típico sancocho de Tenerife con algo de criollo. Un sopón que contenía papas, batatas de origen americano, pescado salado y un llamado gofio hecho de maíz, millo unido al trigo, como si fuera el mofongo. Se le añadieron vegetales como el plátano, ñame y guingombó, estos de origen africano. Se llamaba sancocho, que significaba vegetales hervidos con sal.
Como era octubre y anochecía más temprano, la cena se estableció para las 7 de la noche. A eso de las siete todos estaban sentados a la mesa, a la cual se le habían añadido dos sillas. La ama de casa les trajo unos pedazos de casabe, algo desconocido para los Monroy recién llegados.
Acorán notó el desconocimiento y les explicó que en la isla se cultivaba un tubérculo llamado yuca, y que de él se hacía algo parecido al pan de cereales. Se usaba para mojarlo en el caldo mientras se comía el sancocho.
Panchita llegó con platos hondos de los que salían humaredas del sopón. Luego trajo una sopera con un cucharón para los que quisieran comer algo más. Panchita no les advirtió que, además del pescado, había enriquecido la sopa con pedazos de carne de cerdo y carne de res.
La comida era muy sabrosa y algunos repitieron. No dejaron ni pizca de sobrante. Al terminar, Panchita preguntó cómo querían el café, si oscuro o con leche. Yeray no supo contestar, pues el café era uno de los productos que solo usaban pocos guanches a principios del siglo XIX.
Acorán pidió que se les diera café con leche; para él, solo café. Eso extrañó a Yeray, quien le pidió a doña Panchita que le diera lo mismo que a Acorán.
Cuando Panchita se allegó con las tazas de café, el aroma inundó a los comensales, especialmente a los nuevos residentes. Aquella bebida era milagrosa: los hacía sudar y les quitaba la morriña que daba un estómago bien ocupado.
Dieron gracias a Dios por la cena. Acorán le dijo a Yeray que tenían que conversar sobre cómo se trabajaba en la isla y algunas de sus costumbres.
La noche, bajo las luces de las velas y de una rama de tea o sándalo del país, Acorán lo puso al día sobre la agricultura, los productos como el café y la caña de azúcar, los progresos en las técnicas agrícolas, una nueva clase de personas de la ciudad dedicada a un tipo de liberalismo económico y una forma distinta de ver la propiedad privada.
La isla era una fuente de materias primas para el uso de una transformación industrial en Europa, especialmente para los ingleses. Había nacido una nueva nación en el norte y en las islas cercanas, y toda Suramérica se despegaba de los reyes españoles. Estaban ocurriendo cambios políticos antimonárquicos.
Ante las pérdidas del imperio y con el deseo de detener los movimientos independentistas, el rey Fernando VII formuló algo llamado la Cédula, donde se permitía la entrada de cualquier inmigrante que jurara lealtad al decadente imperio. Ello había incorporado a la isla nuevos cambios que favorecían la agricultura, pero entre esos cambios estaba la ayuda de los recién llegados que, a través de sus contratos, endeudaban a los agricultores, comprometiendo sus productos agrícolas y hasta los terrenos concedidos por el gobierno.
Otro cambio fue la emigración de personas de la costa hacia las inmediaciones de Utuado. Yeray necesitaría entender aquellos movimientos antes de iniciar cualquier empresa.
Acorán le sugirió que se quedara en su finca para que fuera acomodándose no solo a las técnicas agrícolas, sino también a los productos agrícolas, a los empleados y al gobierno de la hacienda. Yeray decidió seguir sus consejos.
En la mañana siguiente, Acorán y Yeray llamaron al capataz Juan Rojas, un hombre fornido y muy respetuoso. Ya no se usaban aquellos términos de amo y vuestra merced, y el trato a los esclavos ya no era tan inhumano.
Se montaron en sus alazanes, caballos de tonos rojizos o acanelados, para darle un recorrido por la hacienda.
La finca tenía un área de más de 200 acres, un espacio amplio con mogotes en medio de llanos derivados de la disolución de aquellos mogotes, terrenos variados, sumideros, manantiales y pequeños arroyuelos. Debido a la escasez de obreros, una gran parte de la finca estaba realenga.
Allí se cultivaban varios productos agrícolas. El tabaco había sido recién cortado y preparado en rollos y hojas para la fabricación de cigarros, que se preparaban en la
casa. Quedaban para el mes de octubre las plantas para recoger las semillas para la próxima cosecha.
Un platanal extenso; aquella fruta que llamaban plátano de Guinea, por ser de Asia, había recorrido más terrenos que los colonizadores.
En la base de algunos mogotes había bosques cuyas maderas se vendían al mercado: caoba, guaraguao, samán, capá, roble, uvillas y aceitillos; y en otros se hacían cortes selectivos para sembrar el café arábico, a la sombra de los árboles de guava y guanábana.
En algunos mogotes sus bases estaban cubiertas de yagrumo hembra y árboles de guano, usados para la fabricación de instrumentos o el relleno de las almohadas. Algunos de los terrenos extensos eran pastizales para el ganado, ovejas, cabras, conejos sueltos y hasta cerdos realengos.
En los terrenos arenosos se cultivaban la yuca, el maní y el ajonjolí. La guayaba era una plaga que había que cortar a tiempo.
Frutales como la pomarrosa de los sumideros, la calambreña de las quebradas, los algarrobos, corazones, guanábanas, tetas de burro, caimitos y aguacates abundaban en la finca. El mango, aquella fruta exótica, había llegado en los bolsillos de los inmigrantes hacia 1750.
El bambú era cosa nueva, traído para evitar la erosión. En los lugares húmedos abundaba la yerba enea. Otro nuevo frutal era el aguacate antillano, recién introducido en la isla.
Otro producto, como la palma de coco, solo se daba en zonas cercanas a la casa, y el panapén de pepitas, traído para los esclavos, junto con el panapén sin pepitas, se encontraba aquí y allá esparcido por la finca.
La caña de azúcar se sembraba y, como la finca estaba un poco lejos de la costa, se usaba principalmente para consumo doméstico.
Según Monroy, aquello era un paraíso con varios tipos de suelos y agua de manantiales que brotaba durante todo el año.
Muchas de las áreas cultivadas se separaban con la bromelia llamada maya para protegerlas de los animales de la finca, especialmente los cultivos de papa, tomate, pimiento, ají, cebollín, batatán, batata y ñame.
Según se movían por la finca, el hermano Yeray se llenaba de asombro. Nunca había visto en Tenerife tal variedad de productos agrícolas.
Al llegar a la casa o caserón, Acorán le dijo a su hermano:
—Hermano, has visto que la tarea de mantener este suelo no es nada sencilla. Necesitamos mucha ayuda y hay demasiados vagos en esta isla. Esta isla es azotada por períodos de tormentas y sequías que nos producen grandes pérdidas. He trabajado muy fuertemente y mi cuerpo ha sufrido desgaste. Por eso te pedí que vinieras. Esto es de todos los Monroy, tu familia y la mía. Si algún día desapareciera, tú te encargarás de Acerina, de mis hijos y de esta finca. Ya tengo los papeles notariales para que el poder quede entre nuestras familias. Espero que me ayudes.
—Hermano, no será una tarea fácil, pues es mucho lo que debo aprender, pero aquí me tienes con toda mi familia. En cuanto a esos papeles notariales, dejemos eso para más tarde. Lo oportuno sería que, luego de que vieras cómo trabajo, me concedas una parte de esos terrenos que no usas y allí viviré con mi familia; dale lo demás a tu hijo. En cuanto a tu hija, no sé qué decir; siempre se casan con personas cuyas ambiciones pueden traerlo todo a la ruina.
—Creo, hermano, que estoy de acuerdo. Veré qué terrenos te convienen y, mientras trabajas, vas acondicionando tus suelos. Muchas gracias por venir. Me sentía muy solo aquí, fuera de mi Tenerife. Ahora tú eres mi Tenerife.
A partir de aquel día, Yeray fue aprendiendo a manejar la finca con la ayuda del capataz. Aunque era agricultor en Tenerife, eran nuevas las plantas y los métodos, a veces muy distintos. Su hermano Acorán pasaba más tiempo en su oficina, atendiendo los múltiples detalles.
Ya las noches eran más largas y, según los criollos, el aire anunciaba las Navidades. Los productos como la calabaza, batata, pimientos, guineos, frijoles, frutas cítricas traídas desde la época de la colonización y los gandules traídos de África daban nuevos sabores a la mesa de los Monroy.
Ya entrado diciembre se oían los aguinaldos (cánticos religiosos), el seis y, hasta en ocasiones festivas, las danzas y algo llamado fandanguillo. Los instrumentos típicos que acompañaban estas expresiones de carácter criollo eran el cuatro, el tiple, la bordonúa y la guitarra, además de un instrumento nacido en el siglo XVIII llamado el güiro, que era como el símbolo del creciente criollismo.
El seis era la música típica que incitaba al canto y al baile, y aparecía este género en todo tiempo disponible, al igual que la trova de Luis Paz, basada en la décima de Vicente Esquivel, un poeta de Málaga, que consta de diez versos octosílabos con consonancia ABBAACCDDC.
El menú festivo en la finca era el cerdo asado, los pasteles, guineítos y yuca sancochada, arroz con gandules, el tembleque y el arroz con dulce preparado con leche de coco.
Los Monroy reducían las horas de trabajo, de tal manera que los criollos y los pocos esclavos pudieran pasar más tiempo con sus familias o formando grupos a la luz de una fogata, acompañados de aquellos cantares y sonidos musicales.
Siempre había un criollo que, aunque no tenía mucha educación, era un verdadero poeta. Los Monroy eran gente buena que no se olvidaba de que aprendieran el abecedario y recibieran asistencia religiosa. Algunos de aquellos criollos les enseñaban a los demás los mandamientos y preceptos religiosos.
En el Ranchón de los Monroy recordaban las Navidades de su Tenerife y, de vez en cuando, subían los músicos y trovadores al piso alto con sus trovas y sus típicas formas de baile, como la bomba, que ya tenía más de cuatrocientos años, y algo llamado pico a pico, donde dos cantantes disputaban sobre algún tema favorecido por uno y contradicho por el otro.
No faltaba el alcohol sacado de la caña de azúcar, ni los vinos de los cítricos o los comprados en el mercado. Eran tiempos de buen clima y, sobre todo, de los noviazgos entre familias. Los Monroy los favorecían, ya que aumentaban los brazos para los sembrados.
Por aquellos tiempos, ya a los doce años, los jóvenes tenían tareas conforme a sus respectivos sexos.
Habían comenzado las guerras carlistas. Alrededor de la casa había dos tipos de perros: los llamados de guerra y los satos, que habían surgido de la hibridización del aon taíno o perro mudo y los perros traídos por los colonizadores.
Las gallinas, una introducción muy valiosa para el intercambio, estaban encerradas entre el rancho donde se colgaban las hojas de tabaco, las mazorcas de maíz y otros productos, y la casa principal. Sueltos y de poca utilidad estaban regados los gansos y los pavos, que no formaban parte de la comida guanche.
En la finca se introdujeron el sapo toro y la mangosta con fines de acabar las plagas. El croar del sapo se unía al clan-clan del sapo concho en aquella algarabía de sonidos nocturnos, añadidos a los cantos del gallo y al ladrido de los perros.
La jutía, un roedor de la época taína y de principios de la época colonial, había sido extinguida. Era un plato preferido por los taínos y los españoles por ser una gran fuente de proteínas. Desapareció de la isla por una caza muy agresiva. Estas se conservaron en las islas cercanas, especialmente en la nueva nación haitiana. Veintidós años después surgió Santo Domingo, separándose de Haití.
Los esclavos eran maltratados por órdenes de la Capitanía bajo Miguel de la Torre, un soldado derrotado por las huestes de Simón Bolívar. Estableció algo que llamaron la política de las tres BBB: baile, baraja y bebida. Los esclavos se consideraban propiedad inmueble y se les imponían crueles tareas en el trapiche, la caña de azúcar y el algodón.
En la Hacienda Monroy eran mucho más adelantados y trataban con generosidad a sus esclavos; por ello no reportaron ningún cimarrón o esclavo fugitivo.
Según pasaba el tiempo se veían nuevos adelantos. Aquel guanche, Yeray, y el canario capataz Juan Rojas no solo aumentaron los suelos para extender las cosechas, sino que mejoraron los regadíos y controlaban la maleza, tan dañina por meterse dentro de los plantíos.
No habiendo ingenios conocidos, se molía la caña y luego se cristalizaba. Estos trapiches eran movidos por bueyes bajo la inspección de un criollo o un esclavo.
La colección de habas, chícharos, frijoles, gandules y otros vegetales se recogía en jícaras, un utensilio producido de la higüera. De aquel árbol que daba cápsulas de diferentes tamaños se hacían los calabazos, las vajillas, la artesanía y hasta las maracas; más tarde, los güiros.
De la palma de coco se hacía un tipo de artesanía donde se fabricaban utensilios, entre ellos la coca, un envase elaborado con la dura cáscara de la semilla, muy apreciado por todos, al considerar que el café prieto en la coca tenía un sabor muy agradable.
El guanche Yeray, al terminar sus labores, se dedicaba a ir preparando los terrenos concedidos por Acorán. Durante el atardecer usaba el arado para producir aquellos surcos donde iba a sembrar la caña, el tabaco y el platanal.
Con la ayuda de Juan fueron sembrando los hijos de los platanales y los nudos de la caña de azúcar. Prepararon un lugar donde harían la casa en que viviría su familia.
Los domingos, Yeray, Juan, algunos criollos y esclavos fueron construyendo un simple caserón como vivienda para su familia. Aquel guanche era similar a su hermano: un gran trabajador y también un ejemplo para sus esclavos y criollos.
No era solo el que ordenaba haciendo lo que mandaba; él era el primero en hacerlo. No era posible distinguir en las faenas a Yeray, a Juan, a los criollos y a los esclavos. Cualquier idea que le surgía se convertía en un proyecto en el que todos colaboraban.
La hacienda mejoraba, aumentaban los cultivos y también el peso duro que guardaba el hermano Acorán. La hacienda crecía y no hubo tormentas. La última había sido en 1830: el huracán de San Hipólito, muy anterior a la administración de Yeray.
Acorán llevaba varios meses enfermo. Padecía sed constante y problemas digestivos relacionados quizás con las picadas de mosquitos o el uso de aguas almacenadas en barriles. El doctor Carlos Martínez Nonato lo visitaba semanalmente. Tal parecía que sufría de un virus intestinal, una entamoeba o quizás disentería.
Para aquellos tiempos solo había unos pocos practicantes asociados a la Beneficencia Municipal. El tiempo había consumido sus fuerzas y del sofá pasó a la cama.
Había pasado la Navidad, una Navidad serena por respeto a la tranquilidad del enfermo. Se acercaba el mes de febrero. Acorán, como era costumbre, celebraba el día de la Virgen de la Candelaria y, llamando a su hermano Yeray, le pidió que preparara los festejos apropiados, pues algo en su interior le decía que sería la última vez que honraría a su isla de Tenerife y especialmente a Arona, la costa de San Miguel de Abona, Los Abrigos y los paisajes de Montaña Amarilla.
—Siento mucho, hermano, que fueras el más pequeño de la familia y no pudieras disfrutar de aquel tiempo tan hermoso que pasé en Arona.
Mientras hablaba, dos lagrimones salieron de sus ojos azules.
—Te pido, hermano, que cuando falte me cuides a mi familia. Nunca les enseñé a manejar la hacienda. No creo que mi hijo pueda hacerlo sin tu ayuda.
Terminada la alocución, Yeray fue a reunirse con su familia. Yaiza estaba algo triste y a la vez incómoda.
—¿Qué sucede, esposa? Te veo algo rara.
—Esposo mío, hace tiempo que deseaba decirte que, pasado un tiempo, la familia de tu hermano, el ama de llaves y hasta la cocinera nos tratan con desagrado, nos humillan y hasta alguna que otra palabra nos hiere. También los hijos no quieren a los nuestros.
Gran parte del tiempo tratamos de estar fuera de la vista de todos ellos. Es natural que nuestra presencia les quite algo de sus libertades y privacidad.
La mayor parte del tiempo la pasamos ayudando a tu hermano. Necesita mucha ayuda, pues casi ha perdido sus fuerzas. Verás cuánto ha rebajado, cómo su piel se ha pegado a sus huesos. Es tanto su vomitar y tan poco lo que come, que se ha reducido a caldos claros. Sé, Yeray, que le queda poco de vida y, cuando esto pase, sé que se agravará nuestra situación.
—No sabía de tal maltrato, pero quiero pedirte que esperes un tiempo, ya que no puedo abandonar a Acorán. Ten paciencia, pues voy a acelerar la construcción de la casa que ya vamos terminando y, el día que Acorán se vaya para siempre, nos mudaremos a nuestra casa. No tendrá todas las comodidades, pero allí serás la dueña y nuestra protectora.
Yaiza cambió su semblante.
—Así será, amado esposo. Esperaremos y aguantaremos, sirviendo en todo a tu querido hermano.
Era el primero de febrero y al día siguiente se prepararía la fiesta de la Virgen de la Candelaria. La historia de la Virgen de la Candelaria de Tenerife comenzó en el siglo XVI. Dos pastores guanches encontraron una imagen de la Virgen con el Niño Jesús. El nombre proviene de cándela. Se celebra el 2 de febrero, fecha en que se conmemora la presentación del Niñito Jesús en el templo y la purificación de la Virgen María. Entre el 25 de diciembre y el 2 de febrero hay cuarenta días y, según las leyes judías, la Virgen se declaraba impura durante ese tiempo, hasta purificarse en el templo. Por otro lado, se celebraba la circuncisión de Jesús. La Virgen era considerada la representación de la luz al mundo.
Acorán había dispuesto que al atardecer se hiciera la Procesión de las Velas. Todos debían participar. Acorán parecía no estar enfermo; su alegría era desbordante. Tal parecía que se encontraba en su pueblo natal.
Se sirvió la cena, según la encargó el patrón. Sería solo comida guanche del Día de la Candelaria:
Papas arrugadas con mojo picante.
Pescado fresco y lapas mandadas a buscar a la mar de Camuy.
Conejo en salmorejo, carne de cabra o cochino negro.
Gofio escaldado: harina de millo (maíz) tostado mezclada con un buen caldo de pescado caliente y servida con cebolla cruda.
Queso asado: queso tierno o semicurado local pasado por la plancha y bañado con mojo.
Luego de la cena, se rezó el rosario, especialmente el relacionado con los misterios de su nacimiento. Todo se hizo al estilo guanche, con la excepción de que, estando lejos del mar, no se llevó a la Virgen a su paseo acostumbrado, como en San Miguel de Abona.
Terminadas las ceremonias, siempre asistidas por el padre Carlos Martínez —apellido que significa hijo de Martín—, aquella vez tenían un significado especial. Para aquellos tiempos, entre 1830 y 1840, existían treinta pueblos en Puerto Rico, de los cuales solo Manatí, Mayagüez y Lajas tenían como patrona a la Virgen de la Candelaria.
La fiesta también se celebraba el 12 de agosto, día en que los dos pastores encontraron la imagen. Terminada la festividad, se fueron a los dormitorios muy felices, pues Acorán la había celebrado con gran entusiasmo y hasta su apariencia de hombre enfermo se había transformado. Aquel cambio fue motivo de mucha alegría para todos, ya que era un patrón muy apreciado, incluso por encima de la Capitanía que representaron De la Torre y su sucesor, Prim.
Al amanecer, Yaiza fue a asistir a Acorán en su dormitorio. Lo vio dormido y tranquilo, pero no respiraba. Corrió al patio y llamó a su esposo.
—Yeray, tu hermano parece no respirar.
Corrió el guanche hacia la casa y, al entrar al dormitorio, trató de despertarlo. Su hermano amado ya no estaba entre los vivos. Se había ido con su último deseo cumplido: vivir un día en Tenerife.
Llamó a los demás, que aún dormían, y les dio la triste noticia. Bajó al patio y se la comunicó a Rojas. Ante la necesidad de hacer los preparativos, llamaron al padre Martínez para preparar lo que se acostumbraba en tales casos.
Yeray, como ocurre con todas las heridas que no duelen cuando se originan, empezó a despertar de aquella horrible y aparente pesadilla. Se fue al rancho del tabaco colgante y allí derramó sus lágrimas, mientras por su mente pasaban fotografías y experiencias vividas con aquel hermano en Tenerife.
Una hora después llegó el padre. Fue al dormitorio y encendió dos velas mientras oraba usando la liturgia prescrita para tales casos. Juan Rojas llevó el ataúd y preparó el cadáver, vistiéndolo con sus mejores galas. Lo ubicaron en medio de la sala mientras todos acudían a presentar sus respetos.
El lugar escogido para enterrarlo fue bajo un árbol de samán, donde acostumbraba pasar los domingos. El padre bendijo el terreno y los criollos prepararon durante el día la tapa del lugar y el cercado que la rodeaba.
Sobre el tablón hecho de espino rubio tallaron:
ACORÁN MONROIG
1790–1840
GUANCHE DE ABONA, TENERIFE
R.I.P.
El domingo, a eso de las diez, llevaron el féretro al samán y, siendo día del Señor, el padre ofició la misa en honor del mejor de los guanches.
Terminada la misa, se procedió al ritual acostumbrado. Una vez sellado el ataúd, don Juan Rojas dijo:
—Patrón, gracias por tus bondades. Fuiste para nosotros la mejor de las personas. Te estaremos eternamente agradecidos. Eras uno como nosotros. Siempre nos enseñaste que el patrón no pide trabajo que él mismo no pueda realizar. Nos demostraste ser un buen ejemplo. Eras igual a todos, inclusive a tus esclavos, a quienes trataste como iguales. Gracias.
Al regreso del samán, tuvieron un breve refrigerio y cada cual se despidió, con el compromiso de asistir a los rosarios que se darían a partir de las cinco de la tarde, evitando así la oscuridad. El noveno fue pautado para las dos de la tarde.
Durante aquellos nueve días, Hairam, o Aírame, estuvo rebuscando toda la casa. Sabía dónde su padre guardaba sus doblones, pero cabía la posibilidad de que hubiera algo valioso escondido, como era costumbre entre los canarios y guanches.
Al tercer día llamó a su tío para decirle que, desde ese momento, él administraría la hacienda. No hubo problemas y su tío habló con don Juan.
—Amigo Juan, desde hoy no tengo nada que hacer en la hacienda. Hiram estará dando las órdenes. Yo me iré a mi finquita con mi familia. Que tengas suerte. Estoy muy agradecido de tus enseñanzas y te considero como un hermano.
—Hermano Monroy, estaré siempre a tus servicios cuando lo necesites. Cuenta conmigo.
Al pasar el noveno rosario, la esposa de Yeray estaba lista para abandonar la hacienda. A eso de las cinco de la tarde salieron sin que nadie lo supiera y se dirigieron a la nueva casita en la nueva finca.
Muy alegres llegaron al hogar y admiraron las maravillas de aquella casa. Yaiza sintió una calma en su alma que deseaba desde hacía mucho tiempo. Aquel día, al atardecer, hicieron una frugal comida y se acostaron a esperar el nuevo día y los nuevos quehaceres.
Al amanecer no fue nuevo el día; era mucho lo que había que hacer. Yaiza, asombrada, vio el platanal ya con sus frutos, la milpa con sus mazorcas, habichuelas en flor, árboles frutales como el mango, el tamarindo, las naranjas, las naranjas dulces, aguacates en flor, mameyes robustos y un pequeño cañaveral. También observó los huertos alrededor de la casa con pimientos, tomates, culantro, batatas y ajíes; arbustos de damas de día y de noche, pitahayas sobre los árboles, guanábanas y hasta guamá. Sobre todo ello corrían canales de riego por todas partes.
Aún quedaban terrenos vírgenes cubiertos de herbazales que necesitaban prepararse. Aquella mañana comenzaba la tarea de acondicionar aquel terreno arenoso, bueno para el pacholí, el ajonjolí, la yuca y el maní. Yeray tenía algunos doblones restantes, los suficientes para cubrir otras necesidades que la finca no pudiera aportar.
—Esposo mío, ¿cómo es posible que hayas hecho tanto y tan diverso? Esto es un paraíso.
—Mujer, sabes que de donde venimos no descansamos. Tenemos pegadas sobre la piel la buena tierra y la sal de nuestro San Miguel. Nacimos para trabajar y ello nos libra de los males del ocio. Tú llevas lo mismo sobre tu cuerpo. Así que, a trabajar.
Se fueron al herbazal. Ya no necesitaban el cuerno del cabrío como azada ni las piedras pulidas para romper terrones. El Nuevo Mundo tenía nuevas herramientas de mayor eficiencia: machetes, símbolo del campesinado; hoces, guadañas, azadas, arados y
hasta una máquina para moler el grano. En cuanto a las vajillas, la higüera del país ofrecía una gran variedad de copas, jícaras, cucharas y otros utensilios.
—A trabajar, Yaiza. Hoy nosotros; mañana los hijos nos ayudarán. —Pero, Yeray, todavía son muy jóvenes.
—Veo que has olvidado Abona. Allí hasta los bebés trabajan. El amor a la buena tierra, llenarse las manos de tierra, ver el milagro de la germinación de las semillas y de las cosechas nos hace más espirituales, fortalece nuestro físico y nos vuelve disciplinados y apegados a las buenas costumbres.
Lamento que mi hermano no usara a sus hijos en la labranza. Eso los ha llenado de malas ambiciones, poca voluntad, poca espiritualidad e irresponsabilidad; no como debe ser un buen guanche. Venimos a esta isla a contribuir con lo nuestro y a enriquecerla con nuestras buenas costumbres. Lo mejor que ofrecemos es el gusto por el trabajo.
Aquella finca, según pasaban los meses, producía lo necesario para la familia y para el mercadeo, donde se obtenían los doblones. El café, aunque no era abundante, también dejaba ganancias.
Cierto día apareció don Juan Rojas.
—Hermano, las cosas andan mal en la hacienda. El joven no es lo que esperábamos. No nos respeta, maltrata a los esclavos y a los campesinos. Ha gastado todo el tesoro de su padre y ha endeudado las cosechas. Es como si ya no tuviéramos para quién trabajar. Toda nuestra labor está comprometida antes de la cosecha y, cuando esta no produce lo contratado, la deuda se agranda y compromete aún más nuestro trabajo.
Vengo de parte de los campesinos y también de la mía. ¿Podemos trabajar contigo? No exageramos; más que un salario, buscamos un sitio que nos dé la satisfacción de que lo que hacemos ayuda a los nuestros y no a esos mercaderes del pueblo. Podemos trabajar hasta sin salario. Queremos paz y sustento para nuestras familias.
—Juan, no tengo problemas. Esto está empezando y nos va bien. Nuestro único inconveniente es que nos faltan cosas, como el ranchón para el tabaco y, claro, viviendas para ustedes.
Mira, Juan, podemos trabajar juntos y repartirnos las ganancias. No puedo ofrecerte más. Tú decides. Recuerda que no deseo riquezas, pero sí vivir lo mejor que pueda. Aquí está la finca; haz lo que quieras.
—Gracias, hermano. Usaremos nuestro tiempo libre para poder estar contigo. Una vez terminemos con nuestras labores, vendremos a trabajar para ti.
—No, Juan; trabajar para todos. Si no sientes que lo que haces te pertenece, no trabajas bien. Si esta hacienda progresa, cada cual tendrá sus terrenos como agregados y siempre estaremos comprometidos unos con otros.
Juan, todos somos iguales. Lamento la condición de nuestros negros. Quién sabe si logramos que sean parte nuestra. Podemos comprarlos y darles la libertad a condición de que nos ayuden.
—¿Qué le pasará a la hacienda Monroy?
—Dios dirá. Voy a ver qué puedo hacer para salvar el honor de mi hermano, aunque tengo una idea. Yo le prometí velar por su familia, sin saber cuánto daño le hacía a la mía.
Voy a ver qué puedo hacer, pero debo contar contigo. Mira, Juan, si podemos resolver el problema de la deuda, haremos un documento que se valore legalmente para que tengas poder para trabajar la finca y así, con lo que logres, ayudar a sostener a la familia del patrón que tanto querías.
—Creo que ello no será cosa fácil con ese niño engreído.
—Juan, él está desesperado y esa caída puede ser útil para convencerlo de que, a veces, es necesario perder algo con tal de sobrevivir. Voy a tratar el asunto, a ver si tiene remedio.
Aquellos momentos fueron, sin que lo supieran, una medida de carácter cooperativista, una nueva forma de organización desconocida para aquellos tiempos. Eran adelantados a su época por más de treinta años, antes de que en 1873 se formara Los Amigos del Bien Público, hecho que coincidiría con la liberación de 29,000 esclavos, aunque no de forma totalmente efectiva.
Luego de aquella conversación, Yeray decidió ir a enfrentarlo. Al atardecer de un martes de junio se presentó en el caserón de los Monroy. Panchita, el ama de llaves, se sorprendió, pues Yeray no los visitaba.
—Don Yeray, ¿qué hace por estos lares? —Vengo a hablar con Hairam. ¿Puedes avisarle?
Panchita fue a buscar al muchacho y, cuando Hairam se presentó, Yeray sintió un profundo olor a alcohol. Venía con los ojos rojos y algo tambaleándose.
—Hola, tío. Qué bueno que nos hayas visitado. Necesito hablarte.
—Yo también, sobrino, y voy directo a lo que vengo. He sabido que has endeudado la hacienda y que no te has portado bien con los campesinos, y peor aún con los esclavos. Le prometí a tu padre ayudarlos, sin saber el maltrato que le dieron a mi familia.
Ahora estoy aquí para proponerte algo, para ver si es posible salvar la Hacienda Monroy, pues, aun no siendo mía, es parte de nuestro patrimonio.
No sé si podré ayudarte, pero, de hacerlo, tendrás que renunciar a ciertos poderes. Primero, dejarás de administrar la hacienda, pues has demostrado ser un fracaso en esa responsabilidad. Tu padre nunca comprometió la hacienda. Gastaste toda su fortuna y te entregaste a los mercaderes, que lo único que quieren es apoderarse de la tierra.
Si puedo sacarte del problema, tendrás que otorgarle un poder legal a don Juan Rojas para que administre la hacienda y los beneficios sean repartidos entre todos, quizás con una ventaja económica para tu familia.
No perderás la hacienda; seguirás siendo el dueño. La única excepción será que, en asuntos importantes, tanto tú como Juan tendrán que estar de acuerdo.
Respecto a mí, como hermano de tu padre, si resolvemos el problema, cuenta siempre con tu tío. Y esto también va para tu madre y tu hermana, a quienes has puesto en riesgo.
Eso es todo. Tú dirás.
Te advierto que tus empleados me han pedido trabajar para mí. En las condiciones en que te veo, te daré un día para decidir. Si estás de acuerdo, iremos a los lugares donde te has comprometido y veremos qué podemos hacer.
Tengo algunos ahorros y, si es necesario, los usaré para salvar la hacienda de mi hermano.
Tú tendrás que demostrar que, como buen guanche, mereces el respeto que reclamas.
Hairam se quedó en silencio mientras sus ojos se llenaban de lágrimas; quizás de vergüenza, quizás de desesperación.
—Se hará como dices. No tengo salida. He sido muy imprudente. El poder me ha hecho muy desgraciado. He hecho mucho daño, más del que imaginas.
—Mañana Juan, tú y yo iremos a esos lugares para ver si podemos resolver algo. Dios te bendiga y, por favor, nada de alcohol.
Terminada la conversación, Yeray bajó a ver a don Juan y le explicó lo planeado. Le pidió que estuviera preparado para la mañana siguiente.
Al amanecer fueron a visitar a los mercaderes. Yeray logró resolver los problemas con el dinero que había ahorrado. Luego acudieron al abogado e hicieron un contrato de poder a nombre de Juan Rojas.
Hairam sintió que un gran peso se levantaba de sus hombros.
—Juan, desde ahora tú serás como el dueño de la hacienda. Solo te pido que huyas de los lobos, no sea que te devoren.
—Patrón, cuente conmigo.
—Ya no soy tu patrón. Tú tienes tu finca y yo la mía. Nos ayudaremos mutuamente.
Juan, no permitas que el muchacho se entrometa en la finca ni le permitas dar órdenes. Tú tienes el poder. Úsalo en beneficio de todos los que trabajen contigo, inclusive de los esclavos. Trátalos como iguales.
Nos veremos pronto. Que Dios te ayude. Los testigos
III-LOS DOS TESTIGOS
Allá para los años de la década de 1930, nacieron en una calle o mas bien un ramal de la
calle la calle principal,al terminar de la misma , una viuda, Magdalena con sus tres hijos,Andrés
el mayor, Berto y y el guajino Rafael. Una vez que su padre murió en aquellas enfermedades de
la época. Recientemente descubierta la insulina, sin antibióticos y solo el uso de la sulfonamide.
Magdalena quedo sola con sus tres niñitos.Su vida dependía de aquellos vecinos que formaban
una comunidad, preocupada unos por otros. Los tres hermanos nacieron con dificultad de
aprendizaje. . Fueron creciendo con los muchachos propios de sus edades. Aquellos asistían a la
escuela, mientras ellos andaban entre el vecindario.Nacieron de buen corazón y se convirtieron en
mensajeros, haciendo los mandados siempre que fueran escritos, de tal manera que se cumpliera
la misión. En los trabajos de limpieza o de ayudante siempre estaban presentes. Cada vez que
sabían de algún proyecto ,ellos estaban presentes.Formaban parte de la brigada, excepto en el
pago de salarios. Lograban tener sus comidas en esos trabajos y algo para su Magdalena. La vida
de Magdalena era muy desesperante. Dormían pensando que ofrecerles al nuevo amanecer.El
café le era ofrecido por los vecinos cercanos y la leche, un agricultor dueño de la finca tras el
cercado ,de aquella charca bajo del gran Samán ,encargaba a uno de sus campesinos a llevarle un
cacharro con leche suficiente para los cuatros. El resto del día,Dios no faltaba y nunca faltó algo
que comer ,aunque fueran a deshoras. En cuanto a sus vestidos , de sus tres chamacos y de
ella siempre aparecían sus vecinos les dejaban la ropa que ya sus muchachos no usaban y los
vestidos de sus maridos y los que ya iban pasando de moda. Aquella familia era como si viviera
siempre tres o cuatro años antes. Según fueron creciendo, aquella casa gris no les daba espacio.
El taller de la calle les ofreció cabida para dormir entre las virutas del taller. Aquel ebanista los
quería pues cuando se tiene poco,a veces lo poco es más válido , de los que viven en la
abundancia. Sus ocurrencias y la ingenuidad ayudaba a realizar o más bien a los vecinos a
maquinar experiencias donde todos las gozaban.Los que tienen pocas cosas,las pocas que tienen
no las tienen aquellos que se consideran afortunados. En aquella familia aprendieron de la vida a
disfrutarla sanamente y en ellos hasta la malicia que se genera con la edad, llegaba tardía y
al segundo hermano, nunca pudo conocerla.
Cuando salieron de la viruta del taller, el hermano mayor y el
hermano menor se casaron y formaron una familia en lugares
muy separado uno del otro del pueblo.El hermano menor se
quedó en el ramal mientras cada año iban desapareciendo
sus vecinos. Algunos murieron de aquella enfermedad
llamada tuberculosis, una triste enfermedad contagiosa que
separaba la familia. en algunos casos, la familia prepara una
pequeña casita o un mirador donde habitaba el enfermo o se
hospitalizaba en hospitales de beneficiencia. La enfermedad
era mortal,a veces se colapsaba el pulmón enfermo y ello
extendida la vida del paciente Otra enfermedad producida por
un virus era la influenza. Ambas enfermedades atacaban el
sistema respiratorio, un quebradillano nacido a finales del
siglo 19 fue el primer Comisionado de Sanidad,el
Dr.Alejandro Ruiz Soler. y a el se le dedicó el primer hospitalde beneficencia ubicado en el pueblo de Bayamón. un
especiáis pulmonar el Dr Armando Saavedra también
quebradillano trabajo en dicho hospital.
La familia de Andrés tuvo un niño al cual llamaron
Francisco.Nació con unas debilidades mentales que aunque
en su adolescencia no podía hablar correctamente ,podía
entender a todos.Con unos faltas ,también con unas gracias
especiales. Le gustaba estar entre los muchachos y estos
nunca se burlaron de sus fallas mentales, al contrario siempre
fue aceptado, aunque no participaba en algunas actividades
que requerían algo de habilidad o destrezas. Entre lo que
había venido con el paquete era una diabetes La diabetes es
una enfermedad que incapacita al cuerpo a producir energía
necesaria para todos los procesos vitales.el azúcar que es
combustible es necesaria oxidarla y de ahí obtener la energía
para que cada órgano del sistema haga su trabajo.es un arma
que de no tratarse acaba con todos órganos, dejando ciego al
paciente y causándole problemas circulatorios y hasta locuratemporal.Paco tenía que ajustarse a una dieta especifica que
sus padre no podían darle.Adquirían la insulina gracias a la beneficencia gubernamental ,ayudas.municipales.La. fortaleza De Francisco parece haberle ayudad y aunque no sea creíble la pobreza que a tantos perturba le fue favorable a Paquito
Cuando mueren sus padres su padre de tuberculosis y su madre de vejez, Paquito y su
hermana mudan al pueblo. Es un pueblo que aún conserva vestigios coloniales, los edificios de la
nueva arquitectura ,edificios para los servicios gubernamentales y municipales y en los
alrededores urbanizaciones y caseríos. El pueblo en pocos años se había transformado.quedaba
como siempre remanentes de un pasado, de un pasado gustado por Paquito,Un conjunto de
compueblanos que fueron de los arrabales. Gente , buena, seria, apegada a la viejas costumbres y
aquellos valores que les permitían las cercanías a otros con su debido respeto. Paquito fue
aceptado al grupo. No habiendo niños se adaptó al grupo de los adultos.era muy curioso. Como
todo niño poquito le gustaba imaginarse ser un policía o un sacerdote. Conseguía de agentes
partes de uniformes desgastados y no tan solo los usaba usaba, ejercîa el poder que el
representaba.Andaba con su libreta de reportes de fallas a la ley, con una macanita y con esposas
de juguete su quepis.Daba permisos para estacionar donde no se debía y claro dirigía el
tránsito y todos obedecían. Una persona fallecida que había sido catcher y arbitro de pelota hizo
lo mismo ya metido en años. Tal parece que todos deseamos ser lo que no pudimos ser. En cuanto
al sacerdocio, era mucho más rígido. Asistía a la misa mayor ,y caminando por la nave central
revisaba a todos sus fieles, luego se paraba en la entrada trasera y supervisaba ,el recogido de la
limosna y ayudaba a sus fieles a buscar lugar en el templo. Acudía a la funeraria y llevaba un libro
que pudiera ser una biblia, y se paseaba por el féretro, diciendo palabras en un idioma
desconocido.Al salir el féretro iba delante de el carro fúnebre como si fuera un cura de antaño.La
iglesia nunca le otorgó puesto alguno dentro de la jerarquía, el pueblo agradecía aquellas
ceremonias por el valor y la forma que representaba su rol.Los muchachos de la
barandilla acostumbraban a celebrarle su cumpleaños.Participaba de todas las fiestas que se
celebraban, casi siempre en la playa de Guajataca. En su pueblo, algunas personas se daban a
remediar los males que producían la pobreza, el engaño a los jóvenes para inducirlos al uso de
drogas , las personas que nacieron con algún fallo en la genética. Solito un veterano con honores
de el conflicto de Vietnam. Conoció en profundidad la tragedia de algunos humanos. Y siendo un
joven de 19 años ,decidió dedicarse a tratar de ayudar según sus medios se lo permitían. Se
dedico1 cuando regreso del conflicto a trabajar para ayudar a los drogadictos, ayudando a un
pastor de su pueblo y hacer el bien que pudiera. Una vez vio la dentadura de Paquito y la
necesidad de que lo viera un dentista. Acudió a un dentista de un pueblo cercano y lograron darle
una cita a Paquito. No sabemos cómo se hizo entre doctor y Nolito.Se logró el arreglo de su
dentadura. Francisco se unió a toda aquellas personas que nos teniendo nada lograron el apreciode todos.Un pueblo de un gran corazón, manifestado en el cariño ,asistencia a cada uno de los que
nos dieron esa pimienta que es necesaria, para testificar cuan valioso y sensitivo son las personas
que lo habitan.
Una mañana de principios de abril, Paco no se levanto, su hermana al acudir al dormitorio lo vio
muy raro hablando incoherencias, algo le pasa y tenía que ser un problema de azúcar, su vecino
enfermero retirado le aconsejo que no le diera la insulina, pues sus síntomas correspondían a un
nivel muy bajo de azucarillos. Darle agua azucarada en aquellas condiciones, le produciría un
colapso pulmonar.En esos casos no hay coordinación muscular y al tragarle líquido puede pasar al
pulmón. Llamaron al 911 y lo hospitalizaron en la clínica más cercana. Paco era diabético tipo 1,
el cuerpo no reconoce las células que producen la insulina en el páncreas. Es un tratamiento
costoso que usualmente termina mal con la muerte del pacientes ,ciego y sin extremidades. En
aquellos tiempos un médico americano logro convertir células del cuerpo en productoras de
insulina y necesitaba mayor numero de data científica que le diera mayor seguridad. La
farmacéutica productoras de insulina eran sus grandes enemigos. Uno de los doctores de la clínica
conocía del experimento y de la necesidad de conseguir personas que se sujetaran a tales
medios.Una fundación y un hombre muy rico pagaban todos los gastos clínicos.Habló con la
hermana de Paco y ella estuvo de acuerdo, ya que el seguro del gobierno no alcanzaba para
muchos tratamientos.Los trámites para el nuevo tratamiento se dieron , en menos de 24 horas
aparecieron médicos e instrumentación. Aquella tarde comenzaron las infusiones del
medicamento directamente a la sangre. Al otro día Paco estaba mucho mejor.Su cerebro recobró
su llamada normalidad. Al tercer día los médicos notaron que sus huesos se tornaban blandos y en
la tarde los rayos x demostraron que los huesos tomaban formas diferentes.Los huesos de los pies
al igual que la cadera ,se perfilaba su cara con un rearreglo de huesos. No era razonable para los
médicos tales metamorfosis.No tan solo los huesos sino los cartílagos de su tráquea y sus cuerdas
vocales.Decidieron hacer un estudio electromagnético del cerebro y notaron que este mostraba
cambios de actividad normal. Aquello no procedía, mas como el tratamiento
transformaba células normales en células pancreáticas, consideraron que aquel método afectaba
todas las células del cerebro. A partir de aquel día un grupo de médicos investigadores, empezaron
a recoger datos de los laboratorios. El azúcar en la sangre era normal, también otros niveles.El
cuerpo estaba pasando por una metamorfosis de un tipo diferente a la novela de Franz Kafka. Dosdías después notaron que los huesos y cartílagos se solidificaban. El cuerpo sufrió unos cambios
nunca visto , Paco dejo de ser el acostumbrado.La noticia corrió como onda de tsunami y
acudieron al hospital, periodistas internacionales.religiosos tanto católicos, protestantes y hasta
musulmanes.todos querían constatar aquel milagro de la medicina. En el sexto día Paco habló
correctamente.
—————— Soy uno de los dos testigos—— Calló durante todo el resto del día.
Los religiosos que conocía el libro de la Revelación, encontraron aquello ,muy raro , en el
capitulo 11 del libro se hablaba de dos testigos que estarían durante 1260 días con poderes
especiales dados por el Espirito Santo. Le llamaban los candelabros del palacio de Dios o los dos
Olivos.Salieron y se presentaron a sus respectivas autoridades, que no lo tomaron en serio.---El
diablo quiere confundirnos—señaló el cardenal metropolitano.
Lo que pasaba en occidente, pasaba de forma distinta al sur oeste de Africa en una república
llamada las Maldivas, un poco mayor que la isla de Vieques. Lo que pasaba en occidente, pasaba
de forma distinta al sur oeste de Africa en una república llamada las Maldivas,un poco mayor que
la isla de Vieques. La ciudad mas importante era Male , el idioma comercial, el inglés.En
aquella ciudad en casa muy pobre ocurría algo similar a la metamorfosis de Paco en un joven
llamado Francisco Javier. Aquella nueva experiencia confundió a los doctores, pues la base de
sus experimentos eran que las células del cuerpo, podîan cambiar sus especialidades . Existían en
el Cercano Oriente ,médicos que cultivaban tejidos para transplantes ,usando células maternas.
Aunque eran métodos diferentes. Aquel desastre inexplicable los separo de Paco. Ya Paco y
Francisco Javier eran tratados como rarezas para circos, por los profanos, y sospechosos , por los
cristianos y musulmanes.
Se celebraba la cuaresma y era domingo en la noche.El alumbrado de la clínica se
hizo tenue.Se hicieron las últimas visitas a eso de las 4 de la mañana ya era lunes.Cuando
amaneció a eso de las seis hubo el cambio de guarda.Las enfermeras daban la visita rutinaria.
Sofía entro al 319 donde convalecía Francisco, encontró su cama recogida, no vio a nadie en el
cuarto. Llamó al servicio de emergencia, revisaron las cámaras ,no vieron entradas ni salidas a
partir de las cuatro de la mañana.Revisaron nuevamente el 319. La ropa de Francisco estaba en el
closet, y el camisón que usaba estaba bien doblado bajo la almohada. Francisco se había
sumergido en la nada, dejando algo similar a cómo Jesús dejo la cueva vacía una vez resucitado.
Pasado un mes de su desaparición de la clínica, los dos testigos aparecieron en sus respectivas
islas, el momento era el mismo con una diferencia de 9 horas , continentes distintos, Francisco
apareció en la plaza de San Juan y Francisco Javier en las arenas de Maldivias. Aparecieron de
una forma espontánea en una gran espiral de fuego entre amarillo ,naranja y destellos de azul,
colores que representaban las llamas generadas por un cuerpo caliente.Acudió gente de toda la
isla a ver aquel espectáculo.Las plaza se llenó a ver aquella llama ardiente parecida a un gran
velón, con una persona vestidas con piles de carbro su cara inclinadas y totalmente paralizadas.
Al otro día ,a eso de las doce.las llamas empezaron a decrecer, dejando la figura expuesta y a eso
de la hora nona, despertó Francisco, rodeado de una luz transparente .
—Hermanos llegaron los tiempos de Sodoma,Vuestros pecados están a los pies De Dios Padre, la
gula, adición al alcohol, las drogas, soberbia, orgullo, riquezas sin trabajo. crítica, engaño,
crueldad, resentimiento, placer sin conciencia, conocimiento sin carácter, comercio inmoral,
ciencia sin humanidad, religión sin sacrificios, política sin principios. adulterios, parejas sin el
consentimiento divino, abortos, distorsión de la verdad, abuso de vuestras riquezas naturales,
aceptación de guerras y crímenes masivos, iglesias con miembros divididos, unos tradicionalistas
otros modernista, cristianos protestantes, cristianos católicos, cambio de rituales, y aceptación de
las imprudencias al vestir en el templo.Pedro el apóstol les dijo que llegaran momentos en que el
hombre pierda la fé.No soportaran la sana doctrinales , se rodearan de las pasiones y se entregaran
a los maestros que halaguen sus oídos.El amor a nuestro Sr se encuentra muy dividido.no hay el
rebaño esperado ,ni el pastor que los una.Han inventado un nuevo Dios los pueblos de origen
ismaelita. Somos los profetas enviados con el espiritú de Isaias y Moisés ,respaldados por el
Espíritu Santo.Se nos ha dado poder sobre el clima, epidemias, el hambre.Estaremos con vosotros
durante 1260 días. SOMOS EL TESTIMONIO VERAZ Y LA PALBRA DE DIOS ANTE ESTE
MUNDO HOSTIL. Los dos olivos ,los candelabros, los candeleros, representantes verdaderos del
Espíritu Santo.Proclamaremos la verdad.Nada puede hacernos daño hasta que se cumpla cada una
de las experiencias dolorosas que han de pasar. Dios conserva entre ustedes un pequeño rebaño
que vive en su gracia.———
Después de terminar su homilía, algunos religiosos quisieron hablar con Francisco,el se mantuvo
callado, como si quisiera decirles tienen la palabra del Salvadorqué buscáis?
Un silencio colmo la plaza.La voz De Francisco se oía claramente y era entendida por todos sin
importar el idioma. Francisco volvió a hablar.
——— A partir de tres días veréis el sol saliendo poco a poco por sitios diferentes.la tierra
cambiara su eje de rotación de 23 grados a 18, los trópicos se harán mas estrechos.,el clima será
mas tolerable en el trópico, los círculos polares se harán mas extensos y habrá un cambio total del
clima en la tierra.Tendreis que cultivar mas abajo de los polos y de las zonas templadas donde el
frio seria irresistible.—
Al terminar desapareció.en aquellos mismos momentos el otro profeta Francisco Javier se
expresaba de la misma forma.mientras los días pasaban, los científicos notaron cambios en el eje
de la tierra. Aquella oscilación era tan tenue que no mostraba ningún riesgo.Cada tres días subía
el eje un grado, de tal manera que al quindécimo día empezaron los cambios en el clima del
planeta..Los que vivían en el trópico sintieron aires mas frescos como si estuvieran en una
navidad perenne. La isla De Francisco cambiaría su clima de subtropical a tropical con días y
noches del mismo largo de tiempo ..Las aguas de los mares no cambiarían su nivel.Los huracanes
no tocarían a P.R. pues su franja de formación sería entre la latitud 18 N y 18 . Al norte y sur del
ecuador. PR seria un paraíso si no fuera por lo que le espera por sus pecados. La isla de Maldivia
De Francisco Javier quedaba dentro de las latitudes tropicales, su clima era el mejor de todo el
planeta, una vez que cambiaba el eje a 18 grados la distancia entre ambos trópicos se redujo a de
46 grado a 18 grados una amplitud de 5000 a 4000 kilómetros. A razón de 111 kilómetros por
grado.
Científicos de todas las especialidades se reunieron para tratar de resolver problemas técnicos y
explicarle al mundo el nuevo fenómeno del cambio del eje. Ya empezaba a notar como
aumentaban el área de los círculos polares, bajando a la latitud 72. En ambos polos. El ecosistema
arrecife ,más importante por la producción de una gran diversidad de alimentos necesarios para
alimentar la diversidad marína y la pesca se vería profundamente afectada y el mundo que la
consumía. Con el tiempo se equilibraría si el hombre no lo perturbaba. Cuando cambio el eje de la
tierra cambio también la esfera celeste.Los que vivían en el hemisferio norte observaban muchomás alto la estrella más cercana, una estrella triple llamada Alfa Centauri. ,la estrella polar ya no
era la misma pues el eje apuntaba a la constelación de Draco,donde las magnitudes estelares son
pequeñas y en el sur a la constelación del pez espada, el Dorado con una estrella Alfa Dorado con
una magnitud de +3. Constelación cercana a la nube fue Magallanes, una galaxia a 160000 años
luz. El núcleo terrestre estaba en su lugar y el campo magnético desplazado. Las brújulas
siempre señalaban el norte, pero la inclinaciónl hizo desplazar el polo magnético cerca del
ecuador.El polo geográficos no cambiarían. Otro cambio que no sería muy apreciado,LaPrecesión
. La esferas que rotan ,también se tambalean como los trompos. Dibujan sobre la esfera celeste
como un circulo imaginario que hace que el eje señale distintos puntos del cielo. Cuando el eje
era de 23 grados una vuelta completa 26000 años,es tan lento que no es posible apreciarlo en el
tiempo de una vida.ahora con el cambio profético tardaría en formar un circulo 1300 años. La
tierra habîa aumentado 20 veces su precesiòn, Como afectaría esto a la tierra era cuestión de
matemáticas. El peor de los problemas era la corrección del tiempo por los satélites sincronizados.
tendríamos un nuevo eje del tiempo. Los errores de un GPS pueden ser entre 5 metros de latitud
y 11 de longitud. Aquellos profetas Francis y Francisco Javier en fíat de semanas, planeta era
distinto, solo conservaba sus latitudes y longitudes.El resultado final serían mejores climas en el
trópico en veranos menos frio en invierno. Lo contrario en las zonas templadas. El limite de el
Trópico de Cancer coincidiría con la latitud de Puerto Rico no tendríamos el sol mas que una vez
en nuestro Zenith,y el calor por el producido sería mas tenue. Ya no habría a sol de media noche
en los polos. El cambio de eje les negaba algo tan importante como si fuera un patrimonio
natural.Los inviernos en las zonas templadas serian mucho más fríos y en el trópico y el
subtropical estaría sujeto a sequías, tormentas y monzones. Al cambiar el eje,tambien cambia la
radiación solar sobre los puntos geográficos. Aquellos profetas ,Francisco y Francisco Javier
adelantaron el tiempo geológico. No todo lo que parece bueno lo es, las personas de zonas
templadas ,perdieron muchos de sus productos .Muchas plantas al no poder reproducirse
empezaron a morir.en el trópico, pasaba algo similar. El hecho de que horas de día y de noche
tenían horas similares producîa daños en los relojes biológicos de los seres ,algunas plantas de
periodos cortos de luz perdieron sus capacidades de reproducción, el maíz, arroz, algodón y la
soya..Alimentos muy especiales para la nutrición del trópico. Algo pasaba con los animales que
necesitaban el campo magnético .el núcleo terrestre no había cambiado pero sí la dirección de las
líneas magnéticas. Muchos organismos podrían confundirse y desaparecer. Aquellos
profetas eran amados por pocos y la mayoría, necesitaron cambios en su vida.Entre ellos migrar
a zonas tropicales y subtropicales, las llamadas zonas de convergencia. Otros en cambio losodiaban y buscaban la manera de eliminarlos, eran la semilla de la Gran Bestia, esta estaba pronta
a ser descubierta, era el llamado Anticristo. Solo el tendría poder de darles muerte. Sobre aquel
Anticristo se hablaban demasiadas cosas ,inclusive algunos consideraban que algunas palabras
bíblicas sugerían al Papa,otros a ideologías filosóficas,Nietsche lo consideraba casi un héroe un
libertador de costumbres esclavisantes,Otros un invento de la mente humana que necesita de
mitos, cuando no entiende que este mundo tal cosa no puede existir, por nuestras contradicciones
y faltas de solidaridad.
El tiempo avanzabas acercaba el día señalado de sus muertes.Una tarde ambos se presentaron en
la plaza De San Pedro, como dos llamas de fuego y al cabo de varias horas se esfumaron las
llamas.aquel evento trajo miles de personas a la plaza.en el centro aparecieron los dos Franciscos
uno mirando hacia el saliente y otro hacia el poniente.En aquellos tiempo se cumplía una profecía
de Nostradamus quien dijo que al final de los tiempos un cardenal negro sería el últimos de los
Papas antes de la venida del SR. En tiempos del Papa Francisco,los africanos eran más devotos
que los demás cristianos y entre ellos hubo un cardenal eminente que sobre salïa por encima del
Colegio Cardenalicio. Otro hombre llamado Malaquîas ese Papa, le llamó Pedro el Romano.
Los dos Francisco repitieron las palabras del Evangelio de Mateo,____No piensen que hemos
venido, a dar nuevas noticias.Mientras dure la tierra y el cielo ni una letra, tilde o coma dejará de
cumplirse. Quien quebrante el más mínimo de estos mandamientos será considerado el más
pequeño en el reino de los cielos.Este mundo a violado mucho de estos mandamientos, los ha
tergiversado y los a acomodados a sus debilidades y ha sido tanto el mal que ha generado, que
parecen tiempos parecidos al momento que se rajó en velo del templo.Dios se ha apartado o mas
bien alejado un poco, conserva su misericordia pues siendo malos os ama con un amor
profundo.Sus palabras anunciadas por su hijo no pasaran.Ya está preparada su venida, solo falta
que el padre decida el dîa que vendrá .Cuando vuestras pasiones perturben la naturaleza.En estos
últimas tiempos Dios ha derramado como lluvia gotas de saber que han develado muchas de sus
leyes que gobiernan el universo.Ha escogido hombres y al igual que a sus mensajeros los ha
llenado del saber y la destreza, para descubrir el buen uso de los mismos ,darlos a conocer de tal
manera que el hombre tenga los elementos necesarios para agradar al Sr. Vosotros habéis usado
tales conocimientos para hacerse mal a si mismos. Habéis dado a la maquinas poderes que solo avosotros conviene. Dios es Dios de Vivos y vosotros pretended que Dios no hace falta. Por ello
hemos sido enviados.Hemos advertido la consecuencia de sus pecados .muchos aún los del resto
han sido incluidos. Dentro de poco muchos de vosotros partirán al reino, como anticipo de Aquel
Gran Día. Poco tiempo nos queda con vosotros.El que tenga oídos ,oiga y obedezca, el que tenga
ojos vea, aún quedan cosas por pasar. Vuestras aguas contaminadas por vuestros desperdicios
vendrán males que menguaran vuestras poblaciones.Del cinturón de sus volcanes ,saldrá fuego
que consumirá lo vivo y oscurecerá el día, llovera cenizas sobre vuestras cabezas.Os aseguramos
que estas cosas a pasar solo son pequeñas, comparadas con el temblor de todo el universo. Sus
científicos hablaron de una oración espontánea del universo. Dios que la produjo puede acabar el
universo de la misma forma. El llamado cielo esta por encima de ese universo.—— Callaron
,pero aquella homlía en Roma fue oída por todo el mundo en sus respectivos idiomas. Una hora
pasó, luego volvieron hablar-
——— Este mundo ha sido manejado y engañado por naciones poderosas y temibles por sus
armas destructoras y por las injusticias hecha a países hermanos. Se han comportado muy mal y
necesitan ser reprendidas.Aquellos lugares donde residen sus armas serán destruidas a partir de las
tres de la tarde hora internacional. Los pecados no solo nacen de la libertad que tenéis para
vuestras decisiones ,también nacen del compromiso que hacen en sus llamas decisiones
democráticas. Todo ha sido generado por familias que no han educado a sus hijos en la palabra del
Sr. La Paternidad ,don de excelencia concedido por Dios,ha sido malogrado y los países
consentidores han de pagar el precio de tales descuidos. Países trastornados nacen de familias
desviadas de los mandamientos.Desecharon el mandamiento de honrar a sus padres y lo
convirtieron en honrar a sus hijos,crearon hijos cojos del espiritú.
Aquella noticia no hubo por que trasmitirla pues todas las nacieron las oyeron en sus respectivos
idiomas o dialectos, eran palabras que le llegaban a sus cabezas sin poder controlarlas.Las
naciones mandaron sus soldados a proteger los búnkeres donde estaban ,sus bombas nucleares o
proyectiles, inclusive avisaron a submarinos y portaviones.
Al cabo de tres horas empezó el poder profético a recorrer por aquellos lugares.Algo sintieron los
pueblos cercanos a los búnkeres.un sonido intenso y luego el silencio. Todos los búnkeres del
mundo entero desaparecieron con el personal junto a los soldados.Sobre el lugar maldito el suelo
se hizo plano y surgieron arbustos florecidos con hermosas flores del rosa al azul. Las naves queportaban armas atómicas optaron algunas por deshacerse de ellas, el capitán exponiéndosela a la
corte marcial.Las que conservaron sus armas desaparecieron con todo el personal abordo.Los
satélites que se usaron para dirigirlas en el cielo empezaron a dejar destellos de sus explosiones.
El mundo quedó desarmado. Hubo entre la gente de paz una gran tranquilidad y una confusión
.Ya que no existían formas de amerar y hacer temblar a las naciones ,los mahonés
sugirieron proceder con el lema del billete de un dólar. E pluribus unum, Unirse las naciones
poderosas y dictar cuál sería el proceder de todas las naciones.Único problema , quien gobernaría
al mundo.La tirantes entre ellos fue mas que las decisiones sabias.Conservando sus armamentos
clásicos, optaron por el poder numérico de sus ejércitos. El mundo quedó separado, pero no los
dos Franciscos con poderes superiores respaldados por el poder del Espíritu Santo. Los
poderes que en ellos existían eran consonantes con lo que el Espíritu concedía.En los Franciscos
no existía venganza ,ni odios, solo obediencia. Mientras eran mensajeros tenían tiempos parecidos
a la invernaciónn y despertaban cuando de alguna misteriosa manera debían cumplir con
algunas ordenes previstas de antemano por el Altísimo.
Los profetas aparecieron juntos y uno de espalda al otro, el de vestir de negro siempre miraba
hacia occidente y el de vestidura castaña hacia el oriente en las tres naciones poderosas y
desobedientes. En Beigin,en la Plaza Roja y en la Estatua de Lincon.- En la China advirtieron que
el volcán Changbaisan despertaría en tres días a eso de las tres de lactare afectando a china y a
Korea del norte. En Rusia el Shiivelug y en Estados Unidos el Monte Rainier,tamujulco en
Centro America,Cotopaxi en sur America,Monserrate en las islas caribeñas,el Vesubio y el Etna
en Europa. Serian erupciones muy violentas que cuando simultáneamente unieran sus columnas o
humaredas oscurecerían gran parte de la tierra.El sol y la luna no se verîan y los pueblos cercanos
solo se alumbrarían con la humareda de sus respectivo volcán.
Tres días después a las tres de la tarde de sus respectivas horas locales, la primera erupción en
Rusia,la segunda en China y la tercera en Estados Unidos, considerando las ciudades Washington,
Moscu y Beigin como referencias.. Al próximo día todos los volcanes unieron sus fuerzas y el
mundo tembló y se oscureció, las temperaturas bajaron en lugares lejanos a mas de 200 km de
distancia y sobre las ciudades entre los 200 y 400 km sintieron las cenizas caer como aguaceros.Los embalses de agua se contaminaron con el bisulfuro y la alcalinidad de las cenizas.Los suelos
se convirtieron en suelos ultrabásicos. Las cosechas se perdieron.Se expandir por el mundo
entero, la miseria, el hambre ,las epidemias y millones de muertos unos al instante,luego otros
millones a consecuencia de los volcanes. La tierra tembló por varias semanas y en la isla De
Francisco se repitió un temblor de escala 9 que abrió la falla de Mayagüez a Ponce, a una anchura
de más de 100 metros.Una vez formada la mar entro sus aguas formando un gran canal en la
isla.Pasadas tres semanas ,los cielos empezaron a despejarse mas la animosidad contra aquellos
dos profetas aumento en todo el mundo.Unos escasos ciudadanos del mundo conservaron la fe y
se mantuvieron firmes a la voluntad De Dios manifestada en los Testigos.Despertó la Gran Bestia
representada por aquel odio profundo dentro del corazön humano.
Se acercaban los 1260 dias de la profecía Apocalíptica y los
dos testigos cono ciento su destino acudieron a la plaza de
Roma y se ubicaron frente a la columna profana, un obelisco
de granito rojo que habîa sido traigo a roma por el emperador
Calígula,lugar que se cree fue martirizado el Apóstol
Pedro.Trasladado al centro de la plaza del vaticano en el siglo
16 por el papa JULIO V.En el ápice una cruz sobre las
reliquias de la Santa Cruz, y una inscripción en su base-,
ECCE CRUX DOMINI FVGITE- ADVERSAE-VICIT LEO DE
TRIBV. IVDA “, Esta es la cruz del Sr,huid adversarios, triunfa
el león de Judá . Aquella plaza se llenó de adversarios, con el
propósito de acabar con aquellos dos Testigos. Nadie se
acercaba porque aquella neblina que los cubría había
convertido en cenizas a muchos hombre que se acercaron a
ellos con el propósito de hacerles daño. Mientras estuvieronen la base de aquella columna de 23 metros de algo, algo
extraordinario pasaba en el mundo. Personas de todos los países del mundo desaparecían espontáneamente. El campesino con su asada, el maestro en plena clase, el
sacerdote mientras oficiaba la misa, pasajero de la guaguas. el que viajaba en el avión, en una tertulia alguno se esfumaba.En cada caso las ropas quedaban sobre el lugar de la desaparición..La noticia corrió como fuego y fue entendida como un poder que aquellos testigos no proclamaron. Mientras se acercaba el 1260 su neblina aurífera iba transparentando y llegado el día desapareció,en el momento donde la ira y la violencia de los que rodeaban la plaza llegaba a su punto má alto. A eso de las tres se abalanzaron contra los dos apóstoles y los molieron a palos, dejándolos muertos sobre la base de la profana columna convertida en santa. El papa Pedro no dijo nadan Por aquellos tiempos no era lícito enterrar los muertos hasta pasado tres días y medio. Al tercer día se oyeron sonidos de trompetas de Shofar en el mundo entero, un sonido igual al emitido por aquellos cuernos usados en el templo de Salomón. Los apóstoles o profetas despertaron, sus heridas sanaron y ante el asombro de aquella multitud, una nube del cielo bajó hasta la plaza y ascendieron a los dos Franciscos en medio de aquel silencio provocado por la intervención del altísimo, un momebfueron llevados al cielo Los acontecimientos fueron propagados por el mundo entero, la furia salvaje de la jaurîa,la forma despiadada que destrozaron los cuerpos de los Franciscos, la alegría y el barullo tras la muerte,el abandono de los cadáveres,La restauración de sus cuerpos, el sonido del shofar celestial, cuando sus cuerpos fueron restaurados, la nube bajando de los cielos y el arrebatamiento de los testigos en la nube y la desaparición repentina. Nada de aquello les hizo mellas a la turba. Había nacido la Gran Bestia. No era
persona alguna ,pero si un yo colectivo ,un yo de mala lechenacido. Varios días después de aquella manifestación , dos
buenos hermanos que caminaban el sendero de San Blás, conversaban sobre lo sucedido. Uno de ellos,—— —Hermano que triste experiencia ver a dos mensajeros divinos ,sacrificados por la locura de una cruel multitud.Fueron apaleados y maltratados sin compasión alguna y aún después de aquella manifestación celestial ,ni tan siquiera sintieron la culpabilidad.Era una multitud sin sentimiento.Nosotros pasamos por muchas inconveniencias , perdimos parte de nuestra familia, entendíamos que era necesario que pasara. Hemos visto que nada ha cambiado, los hombres han perdido la fe ,la esperánzalos dones tan especiales para convivir. A principios de este siglo un físico ,que había descubierto la razón de la estabilidad de las materia, nos dijo que viendo los sucesos de los humanos, se podía establecer la probabilidad de la edad que le quedaba al mundo. Señaló que la probabilidad de que los humanos acabaran ellos el mundo era muy alta.. La Gran Bestia,el llamado Anticristo,no tuvo que salir de abismo alguno, un termino filosófico para tratar de las desviaciones de los seres humanos a los mandatos Divinos. Acabaran unos con el ambiente, sus ligerezas y sus pasiones los consumirán, y con ellos el planeta. El hermano calló mientras derramaba unas lágrimas que no pertenecían al ahora ,sino al futuro cercano. Siguieron el camino de San Blás . El hermano adelantó unos pasos y cuando miró hacia atrás su hermano el de la disertación ya no estaba, solo su ropa tirada sobre el polvoroso caminoIV
IV TERREMOTO 1918. Ramón Román Vives
Nací en Higüey, un sector al noroeste de Aguadilla, en el 1904. Era un sector de paisanos muy pobres; casas de madera, unas pegadas de otras, a pocos metros de la costa. Lugar tan familiar como los lugares donde se agrupaban o se juntaba la pobreza. Casi todos vivíamos de la pesca, de los chitones, erizos, jareas del río y los diferentes peces que merodeaban aquel mar claro, transparente, tranquilo. Nuestro abuelo Antonio Elliner, casado con Pascalia Vives, un hijo y varias mujeres, entre ellas mi madre Ángela, fueron su descendencia. No conocí a mi padre, pero sí a mi abuelo Antonio y a su hijo Laureano. Explicar no puedo del porqué aceptaron tener el apellido de nuestra abuela. Cabe la posibilidad de que, a finales del siglo XIX, estas familias eran descendientes de los judíos sefardíes, y era mucho más seguro tener tal apellido que aquel apellido danés o neerlandés muy relacionado con el protestantismo que, para aquellos tiempos, se había originado en el barrio Malezas de Aguadilla, movimiento fundado por Antonio Badillo con la Biblia de otro danés, Eduardo Heyliger, quien había logrado contrabandear las biblias de Torres Amat. Mi abuelo Antonio era un hombre delgado, alto, de ojos azules, con un hablar donde se mezclaban Curazao y Aguadilla. Aguadilla, para mi tiempo, era un pueblo de 33 millas cuadradas con una población de 24 300 personas. Un cerro histórico y místico, llamado Cerro de las Ánimas, lo separaba como muralla. En aquel cerro hubo un milagro que se recuerda: a mitad del siglo XIX los ingleses quisieron invadir a Puerto Rico entrando por aquella amplia bahía en forma de herradura. Hubo una rogativa a las ánimas y, desde la pendiente de aquel cerro, bajaron miles de guerreros dentro de una gris nebulosa. Todo el ejército inglés, ante aquellos armados fantasmas, huyó de la costa. También este cerro es el lugar de los volantines del ilustre José de Diego; de las plantas colectadas por Ana Roque, defensora de los derechos de la mujer, fundadora del Liceo de Ponce y maestra superior (inclusive en el pueblo de Quebradillas, a donde se hizo zapatero mi tío Laureano); Agustín Stahl; la primera poeta, Bibiana Benítez; Carmen Gómez Tejera, fundadora de la pedagogía escolar del tiempo; los Figueras; los Sanabia y el compositor Rafael Hernández. Una constelación de estrellas de primera magnitud. La flora era muy diversa: desde los
arenales, humedales, costas rocosas, arrecifes y la biodiversidad de la región del Jaicoa. Allá a lo lejos el faro, que no sospechaba que le quedaban pocos años o días, según esté usted ubicado en el tiempo. Los edificios del área urbana aparentaban ser muy sólidos, pero estaban hechos de una amalgama de barro y otros materiales que no
compactaban. Ya para aquellos tiempos se peleaban Aguada y Aguadilla por el lugar deldesembarco de Colón. En el 1831, Aguadilla era parte de Aguada. No sé si esto basta
para un joven que había cumplido 14 años el día de la gran tragedia.
Había nacido en el 1904 y dejé el mundo de los vivos cuando se empezó a usar la
penicilina en el 1945. Viví la primera etapa de la invasión americana; ellos llegaron a
Aguadilla el 19 de septiembre de 1898. Según mi madre aquello fue un gran festejo,
esperaban la libertad y lamentablemente siguieron siendo una colonia. Algunos
conservaron la ciudadanía española, pero no por mucho tiempo. Los cambios no son
parte de este tema, pero sí quiero decir que cuando me fui de este mundo, un tal
Tugwell era el gobernador de la colonia. Un año antes de San Fermín nos habían dado
algo que nunca pedimos, la ciudadanía americana, y nos mandaron a la guerra que se
daba en Alemania. Era ciudadano de una nación que no conocía, de un idioma extraño y
de unos prejuicios que nunca terminarían. Más tarde le llamamos «ciudadanía de
segunda categoría». Con toda y ciudadanía, éramos como una finca, y aún lo somos.
Más tarde se inventaron una constitución para complacer a los estadistas e
independentistas llamada Estado Libre Asociado y, por un acto mágico, levantaron
nuestra bandera tanto tiempo rechazada, el mismo día que se cumplía la invasión
americana. Ello, que no es tema de esta experiencia, es porque no sé de qué manera
nos ayudaron los americanos con aquella tragedia.
Vivir en este nuevo mundo de los muertos tiene sus ventajas: uno se siente tranquilo en
esta paciente oscuridad. Que también es ardiente, pues cada uno de nosotros somos
como luces de un espectro. Según nos acercamos al violeta, a partir de esa lumbrera
desaparecen nuestros amigos. Cada color representa un grado de una llamada
perfección; yo ando en el naranja, lo cual dice que necesito mucho que arreglar con la
ayuda de los colores más avanzados. Es una cuestión de estado vibracional y del nivel
de consonancia. Aquí no tenemos miembros, pero sí conciencia de ser y de participar de
otras identidades. Ya no somos hermanos. No hace mucho tiempo —y que quede claro,
aquí no hay tal cosa, ni tampoco espacio— vi a mi mujer, con la que llevaba 30 años, y
no hubo nada sorprendente. Mi única molestia es que puedo ver mi pasado, mis
debilidades, inclusive todo lo que les pasa a cada momento cuando quiera. Nada puedo
hacer por ustedes. Tengo entendido que los violetas, antes de partir, llevan algunas de
sus peticiones no sé a dónde. A veces a ustedes los veo sufrir, pero en mi estado astral
esa emoción no es descriptible.Esta capacidad y poder de los muertos vivos en este mundo de aparente oscuridad me
permite viajar en el tiempo de ustedes. Todos los eventos que pasan en la Tierra no pueden ser borrados. Todo es como una gran película, pero a los vivos de esta oscuridad no nos está permitido más que participar del pasado; el futuro, aunque ya está grabado, no nos es permitido verlo. Por ello he querido volver al momento más angustioso de mi vida: aquel octubre, a eso de llegar el primer impacto vertical y al segundo horizontal.
Mi madre me había dado permiso para ir a la plaza, plaza rudimentaria, con sus arbolitos y sus banquitos. Yo me senté en el banco más cerca de la puerta de la iglesia. Estaba solito mirando la actividad urbana. Mis pantaloncitos llenos de agujeros y una camisita azul llena de manchas, sin zapatos (aquello era un lujo que muchos del Higüey no podían tener). En el momento, a eso de las 11:10 de la mañana, las campanas dieron un cansado campaneo. A las 11:11 algo se oía, como un murmullo que iba creciendo, un ruido del infierno aterrador y, de momento, un jamaqueo vertical violento que me levantó del banco como a 4 pies de altura y me tiró a la plaza. Al momento, un segundo cantazo, pero este fue horizontal. La tierra se movía como si fueran ondas y aquí empezó la destrucción de edificios; edificios que, aunque parecían hechos de material elástico, se desintegraban, se rajaban, las paredes se separaban y caían con estruendo en la estrecha calle. La iglesia se rajó por el frente en su parte superior y la rajadura se extendió por toda la parte oeste. Allá en el parque Colón la estatua del benemérito navegante se derrumbó. Cosas que yo pude observar, pero no mi otro yo,
que acostado sobre la plaza le era imposible levantarse. Aquel sismo le hacía cerrar los ojos para evitar el mareo. Vio cómo las torres del campanario se quebraron. Aquello no paraba; aun y cuando aparentemente paró, otro estruendo a los 5 minutos y una gritería: «¡El mar se nos viene encima!», gritaban. Miró hacia la costa y vio a aquella inmensa cresta que se acercaba junto a una polvareda. Corrió y se metió dentro de aquel templo casi derrumbado. Cuando el mar entró con bastante fuerza a la plaza, llegó a subir el atrio y meterse dentro de la iglesia. Aquello no era mar, el azul había desaparecido. Todo era fango y escombros, troncos, tablas, utensilios y mucha gente sumergida hasta la cintura. Trepado en uno de los bancos, el agua llegaba hasta la mitad de su pierna. Temblaba de miedo, sentía que un sudor frío corría por su espalda. Todos sabían nadar, pero nunca en un mar lleno de fango y escombros. Pasaron las horas, aquel mar de olor
nauseabundo fue regresando a su nivel hacia la costa. Sobre la plaza, peces aleteando,corales; todos dentro de aquel fango oscuro. Con aquel susto no hubo tiempo para
pensar en su madre al despertar de aquella horrorosa situación. A su mente, su madre corrió entre el fango hacia el Higüey. Aquel barrio humilde había desaparecido completamente. Dónde estaría su madre, ¿se la habría llevado el mar en su regreso? De momento oyó el grito: «¡Ramón de mi alma, estás vivo, eres mi tesoro, nada me falta si te tengo!». Toda aquella experiencia había sido vivida por mí, pero nunca sentida desde afuera. En el mundo de los muertos vivos las cosas son tan distintas.
El faro, la alcaldía, los edificios: todos golpeados, algunos derrumbados. Pude viajar
instantáneamente por toda la comarca y ver el desastre, los muertos; 32 desaparecidos
en total al regresar el mar y tomarlos por sorpresa recogiendo peces del retiro del mar,
en total 118. También murieron algunos del Higüey, de la zona urbana, y hasta las
osamentas del cementerio salieron de sus tumbas. No vi la mía, pues había sido
enterrado fuera de esta región del Mabodamaca. Me es muy difícil hablar de mí mismo
cuando yo y aquel Ramón somos los mismos en mundos diferentes.
Una vez que terminaron los dos espasmos, nos encontramos en la mayor de las
soledades: solos por haberlo perdido todo y por haber perdido familias completas. Eran
tantas las lágrimas derramadas; algunos miraban al cielo, que aquel día era hermoso,
con pocas nubes y con azul añil muy pocas veces visto. Era como si no hubiera sentido
que todo nuestro corazón estaba quebrantado. Aquel día no hubo almuerzo; el alcalde
Manuel se preparó para por lo menos en la noche tener una comida con las cosas que
quedaban en las tiendas. Aquellos hombres usaron las bondades de los comercios para
sustituir algunas necesidades, en lo que se planificaba para la reconstrucción del
pueblo. Volver a la normalidad era tarea de gigantes. Los aljibes quebrados, las vías del
tren arrancadas, los postes de quinqués alimentados con petróleo arrancados de cuajo.
Quedaba el Ojo de Agua y el río que, cuando se sedimentara, podía suplir las
necesidades de agua dulce. Aquella noche fue una verdadera noche de octubre, como
decía una canción mexicana: De las lunas, la de octubre es la más bella, porque en ella
se refleja la quietud de dos seres que han querido ser dichosos a la sombra de su
eterna juventud. Ello me hace recordar que de dónde vengo la edad se para, ya que, no
teniendo cuerpo, todos son eternamente jóvenes. Aquella noche, los vecinos de las
alturas y pueblos vecinos llegaron en sus carretas arrastradas por sus bestias, llenas de
víveres junto a ropa, utensilios, guitarras, cuatros y cantores de las décimas de Esquivel.
No es posible saber cómo corazones desgarrados pueden tener la paz que viene deafuera. Ya muy tarde se entregaron sábanas, almohadas y otros menesteres, y cada
cual buscó lugar para descansar y pensar qué hacer, a dónde ir a vivir de nuevo. Todo eso lo vi yo, que no tengo la necesidad de descansar, no preocupado, pues sabía de antemano lo que escrito estaba para cada uno. El universo ha redactado la vida de todos y la conserva en un presente continuo.
Una vez terminada mi tarea, me dio con detenerme y contemplar el futuro que a todos correspondería. A mí, hacerme zapatero con mi tío Laureano, mudarme hacia Mayagüez, casarme con Isabelita y concebir con ella dos varones y dos hermosas niñas. Isabel está conmigo en el mundo que no tiene dimensiones y a mis hijos los veo de vez en cuando. El ácido tánico del cuero me creó una congestión pulmonar que me hizo venir a este extenso universo donde guarda los muertos vivos que no han llegado al violeta. Un universo lleno de motas de diferentes colores que piensan, ven, hablan un mismo idioma, sin oídos, boca, cerebro, pero con unos poderes especiales que el
cuerpo nos quitaba.
Antes de regresar al mundo de los muertos, quise ver los progresos que iban a disfrutar
mis hermanos vivos. En este momento que les escribo estoy en la década del 60. Antes
del temblar empezaron a pasar nuevas cosas que iban a cambiar el mundo. Un
Rockefeller cambió el petróleo en gasolina y otros materiales gracias a un químico que
inventó la destilación fraccionada; pasamos del vapor al uso de un material no
renovable. Un hombre llamado Michael Faraday inventó el generador eléctrico que,
usado por Edison y Tesla, cambió el alumbrado. Un tal Benz y Ford cambiaron las
carretas por autos y camiones. Una compañía, creo que de franceses, estableció el uso
de trenes. Un alemán llamado Alberto cambió la física de Newton y otro, Planck, le dio
con explicar el mundo del átomo con algo que llamó la teoría cuántica. Empezaron las
computadoras. Un Oppenheimer usó la teoría de Alberto y construyó una bomba que
acabó con Nagasaki e Hiroshima. A los hombres les dio con ir a la Luna, no sé si lo
lograrán, y la idea de los extraterrestres los vuelve locos. Ya todo es más fácil y quizás
más peligroso. Cuando el hombre deja de usar sus 2 décimas de su cerebro, empieza
con ideas, hábitos y mucho inútil ocio. Hay más, pero quiero terminar y ver si adelanto
algo en el otro mundo y puedo llegar al violeta para pasar a un mundo maravilloso de
seres iguales no describible.
v- La Calle Rafols
No nací en la Calle Rafols; fue allí donde un día me descubrí como un ser que era distinto en muchas cosas e igual también en muchas otras.
La calle es una extensión de una comunidad o sencillamente de un pueblo. Los nombres que tienen se explican de diferentes maneras. A veces, por personas distinguidas como alcaldes, políticos, libertadores y padres de la patria.
Nuestra calle se llama Calle Rafols gracias a un joven nacido a principios del siglo XX, cuyo nombre era Oscar Rafols. Su familia fue muy
importante en nuestro pueblo, San Rafael de las Quebradillas.
El topónimo se refiere a que el barrio Pueblo fue fundado en 1823, en un área de altura intermedia, como de 300 pies, y nuestra altura, a poca distancia del centro, empieza a ascender hasta alcanzar su punto más alto en el Pico El Papito, del barrio Charcas.
Todos los correntíos de áreas de barrios al sur del pueblo, excepto Guajataca, mandan sus correntíos a niveles más bajos. En el caso nuestro, muy cercano a nuestro pueblo, hay una charca llamada Kalicantes (hecha de pedazos de kali).
Toda el área cercana a nuestro barrio Pueblo, inclusive el pueblo, su suelo está constituido de calizas, sabanas que son erosiones de nuestros
mogotes, de mogotes de roca caliza porosa donde percola el agua de lluvia, depositándose en embalses bajo tierra a poca o gran profundidad.
Es una zona muy particular de la costa norte por sus escondidas aguas. La lluvia promedio de nuestro pueblo es de aproximadamente 60 pulgadas de agua. En ciertas ocasiones, en los meses de septiembre, octubre y noviembre, es más abundante.
En estos meses, el sol calienta los mares del Caribe, se forman ondas, temporales o huracanes. De ahí que es explicable que en esos meses exista en el pueblo una manera de canalizar las aguas o correntíos.
Para mis tiempos eran las cunetas, unas franjas en forma de V o cuñas que se dirigían a una
quebrada que desembocaba en nuestra calle y, de ahí, a través de una quebrada, El Barros, desemboca en un sector llamado Los Burros y al río Guajataca.
En el momento que escribo, han desaparecido y sido sustituidas por el alcantarillado. Algunas charcas han sido canalizadas.
La Calle Rafols tiene una longitud de este a oeste de aproximadamente 500 a 700 metros. Comienza en la Escuela Betances y termina en el portón de la finca Irivas.
A la calle entran varias calles que vienen del este; algunas de ellas terminan en casas de familias muy especiales por su gran contribución al pueblo.
En mi tiempo, las casas eran de madera, las más
comunes de dos aguas y pocas de cuatro, con aceras y sus cunetas. Pertenecían algunas a los hacendados del pueblo.
La primera casa de concreto fue la del licenciado Rafelito Rafols y la del Sr. Badía; existe una al lado del licenciado cuyo origen desconozco.
Para aquellos tiempos, el modelo de casas era más o menos el mismo: cuadradas, con cuatro picos en cada esquina y un pequeño balcón.
Las casas que ocupaban mayores espacios eran la de la familia Roca, la familia Cordero, la del Dr. Armando Silva y una que hizo don Juan Heyliger, donde vivió el maestro Pitín Deliz.
Respecto a la comunidad general, el edificio más imponente era el Teatro Liberty, con una
acera amplia y una cuneta cubierta por la acera, nuestra primera cueva.
Había familias pobres, honestas, de puertas abiertas y de costumbres tradicionales de Cuaresma, de Navidad, del Día de la Candelaria, Día de San Juan, los Caballitos de San Blas y una fiesta de vejigantes que muchos disfrutaban, pero no entendían.
El agua que usábamos venía de los aljibes; cuando la sequía nos azotaba, del aljibe bajo la iglesia. Más tarde se pusieron en la calle algunos puestos de agua de servicio público, uno de ellos cerca del hospital público.
Lo sanitario correspondía a las letrinas, colocadas en el patio. En las casas de gente de clase media, al terminar la cocina, un corredor los llevaba a una letrina que era parte de la casa.
Algunas casas, por no tener patio, no sé dónde depositaban sus desperdicios metabólicos, quizá usando letrinas ajenas o compartidas.
Y las letrinas ayudaban a determinar el clima; cuando peor olían, más segura era la tempestad y su fortaleza.
La historia de nuestra calle es la historia de nuestras familias y, con esta narrativa simple, espero que aquellos que se acerquen tengan la idea de cómo vivimos.
Puede darse el caso de que alguno llegue a descubrir una generalización que nos dio individualidad entre todas las calles que, para el tiempo de los 40 al 59, nos hizo ser reales.
Si necesitas más ajustes o cambios, no dudes en decírmelo.
Mis primeros años en la calle no existieron, ni yo tampoco. Así nos pasa a algunos: no conocemos nada durante la niñez. Hay poetas como Mario Benedetti, que despertó a los 15 años, y otros como Pablo Neruda, que nació con espuelas desde pequeño.
Alguna experiencia en la calle me trajo a la memoria mi existencia: los bolones de mi padrino Tuto, los barquitos de papel, las chiringas. Recuerdo algunas cosas, muy lejanas, como la niebla que se va disipando.
Otras veces creo que fue la mordida de un ratón que me traspasó la nariz de un lado a otro. Sentí
algo que llaman dolor y que estaba lleno de un agua roja, de mal olor y salada. Me di cuenta de que dentro de mi cuerpo había un agua roja, viscosa. Vine a creer que no era tan distinto al aljibe.
Pudo haber sido el picor de las plumillas del árbol de toronja o sus afiladas espinas.
Recuerdo que me sentí muy solo el primer día de clases. Mi padre me llevaba cogido de la mano, bien vestidito. Subimos una escalera, un pasillo y, allá, al comienzo de otro pasillo, me entregó a una señora que no conocía. Era gordita, alta, pelo canoso y moño al estilo de Sara García. No se parecía a mi querida doña Tea, aquella señora que fue mi primera maestra. No me enseñaba de números, pero cogía mis manos y les daba nombres de pollitos.
Aquella señora me llevó a un asientito con un montón de extraños. Miré para la puerta y, por primera vez, me sentí solo. No sabía si volvería a mi casa, la casa del portón, de los soles truncos, del medio punto, de aquella pulida galería que me daba frescor, donde practicábamos a zambullirnos y tratar de abrir los ojos. No podía respirar como lo hacen los peces y nada se veía claro bajo el agua.
Aquella escalera que terminaba en forma de pato, con el fleco del sombrero que era la palanca. Aunque pareciera Pato Donald, se llamaba bomba de cigüeña.
Al lado de la galería, aquel inmenso cubículo llamado aljibe, con su respiradero, su plataforma, prohibida de subir por nuestra madre, toda rajada como si fuera tapa que la cubriera. Y allí se recibía el agua que venía del
zinc acanalado y que vaciaba en unas canales, hechas por un tal Benito, seguida de unos tubos que mandaban el agua a la oscuridad de aquel recinto, como si hubiera sido culpable de algún delito.
En la tarde, mi tía fue a buscarme. Tenía mis algas adoloridas y cansado del parloteo de aquella doña que no hablaba como mi Tea.
Aquel día había sido terrible. Me oriné en el pantalón y mi boca estaba seca, pidiendo agua, y yo callado en aquel ambiente artificial, lleno de algo que llaman miedo.
Me dieron un asiento al final de la fila. Detrás, una serie de cajones cubiertos con cortinitas de muchos colores, a los que llevaron botellitas. Le dieron un cajoncito, no a mí. Luego veía que alzaban la mano para darse algo de la botellita guardada tras los teloncitos.
Miré hacia el frente. Un tablón negro cubría la pared y, encima, unos dibujos que luego supe que eran letras y los dedos de doña Tea con nombres distintos. En todo el salón, carteles con dibujos de pollitos, calabazas, perritos, conejos, todos ellos pintados, ninguno vivo.
Cuando nos dieron nuestras sillitas, pidió la blanca doña Silencio y nos dijo que era hora de conocernos. Yo no necesitaba conocer a nadie; para mí, solo los niños de mi calle bastaban.
Levantarse al oír su nombre era cosa de ley, y darse una vuelta para que todos vieran su figura. Pasaba el tiempo y no me llamaban. Al final llamaron a un Miguel Ángel Vives. Y nada pasó.
Siguió insistiendo en aquel Miguel que no estaba presente. Bueno, tendría que llamar a otro, pues Miguel no estaba.
Se acercó a mí con un puntero que se parecía a los ganchos de amapola con los que mi madre me fueteaba. Me puse nervioso. Me dijo:
-Lo he llamado tres veces y usted no se ha levantado.
-¿A mí, señora?
-Sí, a usted.
-No lo he oído.
-¿No se llama usted Miguel?
-No, señora. Me llamo Papo.
Ella se echó una carcajada y me dijo:
-Hijo, ese es tu apodo, pero tu nombre es Miguel.
Aquello fue una plomada. Ahora tenía mi verdadero nombre y uno misterioso que solo ella conocía.
Aquel tiempo fue duro, y más duro en la galería de mi casa con mi madre. Me llenaron la cabeza de cosas innecesarias. A lo que conocía en las paredes de mi casa le llamaban círculos, cuadrados y triángulos, letras. Parecíamos animalitos repitiendo letras. Aquellas figuras no hablaban, pero tenían sonidos.
Más tarde nos dieron un librito que, de tanto repetir algunas de sus páginas, lo repetíamos de memoria. Me daba risa aquel teatro de
estudiantes leyendo sin saber leer; bastaba ver la ilustración de la página.
Una vez me pasó lo que temía: me excrementé en los pantalones. Aquello llenó el salón con olor a mierda. Me quitó los pantalones, dejando expuestas mis cosas. Me bañó de arriba abajo y me mandó a mi casa con un conserje.
En mi casa la cosa se ponía peor. Luego de aquella prisión, mi madre me esperaba con una pizarra y unas chancletas. Por lo menos, el agua no era caliente; teníamos escupidera para ambas cosas. Mi madre le tenía mucho miedo al boquete de la letrina.
Laureano Antonio Vives Hernández, jefe, patrón y soberano de nuestra familia, nació en Aguadilla, se mudó a Isabela, se casó con Evarista Pérez, tuvo dos hijos y una hija, vino a Quebradillas, tuvo un amorío de donde no salió hijo alguno y, en segundas nupcias con Maximina Cancel Rodríguez, en 1912, le nacieron tres hijos. El último, en marzo de 1918, fue mi padre, Güicho. Al nacer, su madre, Maximina, muere de parto.
Al quedar huérfanos, Cachucho se llevó sus hijos a la finca de los Fernández, en San José. Allí vivía Tomasa Santos Trujillo, casada con Juan Fernández. Juan era hijo de María del Carmen Lloveras o Nenita Lloveras, y allí se criaron Sergio, Laureano y mi padre.
De su niñez no conozco nada, pero sí sé que fue muy mal estudiante. Llegó un momento que, de
tanto colgarse, estuvo cogiendo clases con mi madre. Le llevaba cinco o seis años. Mi madre, Luz María, hija del maestro Juan Heyliger y María Rivera.
El maestro Ramos no deseaba tener en un mismo grupo a una persona que consideraba de otra generación y que no aprendía lección alguna. Habló con don
Cachucho:
-Mira, Cachucho, ese hijo tuyo no aprende. Perdemos el tiempo. Sería conveniente aprendiera un trabajo.
Don Cachucho lo dejó en manos de don Juan Heyliger.
Aquel muchacho al que no le interesaba la escuela era genial con sus manos y su cabeza. Todo lo aprendía y todo lo transmitía a los
compañeros del taller.
Mi madre visitaba a su abuela Rosenda, al lado del taller. Un lugar donde yo nacería. Se encaprichó con la nena, adolescente, y dejó a Sofía, su novia. Coqueteando a mi madre, la enamoró. Mi madre solo le pidió que dejara las borracheras. Dura tarea para mi padre, cuya sangre iba a sufrir la pérdida de aquel alcohol.
Se casaron cuando él tenía 23 y ella 18.
Ya les he contado sobre el primer año. Me faltó decirles que el alcohol, como el cigarrillo, pasa de padres a hijos. Lo poco que quedaba de alcohol residual pasó a mi sangre.
De la calle sin salida me llevaron, con un raquitismo, a la calle Ráfols. Por miedo a que falleciera, me dieron como remedio el bautismo
por el padre Vigo Salas. No habiendo padrinos, escogieron a mi abuelo y a una tía política.
Aquello me curó, pero el catarro persistía.
Cómo aprendí a caminar no lo sé. Solo sé que mi padre hizo unas abrazaderas de cuero y de hierro y me enderezó mis torcidos pies, pero no pudo con el talón. Siempre llevo conmigo el talón de Aquiles.
Ambos fueron muy buenos padres. Por parte de mi madre llevé fuete cada día. Era peor que una hormiga brava. Mi padre no nos tocaba, pero sí se preocupaba por tanto fuete al mismo hijo.
Allí nació mi otro hermano, en la calle, muy cerca del Teatro Liberty. Para ese tiempo la fábrica andaba mucho mejor y Vitín salió perfecto.
Mi padre trabajaba mucho. Llegaba tarde y muy cansado. Por la noche, a dar películas en el teatro. Aprendimos a trabajar con el proyector y le permitíamos que durmiera sobre los bancos del gallinero.
Nunca nos faltó nada. Recuerdo que siempre buscaba la manera de hacernos felices. Nos hacía volantines, nos llevaba a la playa una vez cada dos años. Una vez contrató a Luis Ramos en porteador público para ir a ver un zoológico en San Juan, donde solo había monos, algunas aves y un cocodrilo.
Conocimos el Fanguito y lo precioso, lo bonito del viaje.
Ganaba 7 pesos a la semana y se los daba al señor Iturrino, dueño del Café Deliz, por
refrescos y tarjetas de vaqueros. Nunca pude explicar tal disparate. Trabajaba en la noche y todo nos lo daba.
De mi madre era una verdadera doña. Manejaba la casa y ayudaba cosiendo guantes y luego en la fábrica, a partir de lo cual las cosas mejoraron.
No había muchacho del vecindario que no comiera en mi casa. Era muy bondadosa, inclusive hacía colectas para sus amigos necesitados. Era muy fuerte de carácter. Le encantaba el teatro y cantaba muy bien aquella canción:
"¿Quién dijo miedo, muchachos, si para morir nacimos? Traigo mi cuarenta y cinco, lo traigo para los traidores".
Contarles de mi padre solo tiene el propósito de
darles una idea de los padres de la calle Ráfols: Antero y Minerva, Pepito y Elisa, don Felo y Pepita, los Alago, los Felicianos, que padre no tenían, solo su madre Camila. Andrea con sus dos nenes, uno de ellos murió muy joven; aquello fue terrible. Trina y sus dos hijos, los Martínez, los Pérez, los Alago, Manolo, Ana, los de Alicia, los Venegas.
Todos de buena leche, nacidos. Me faltan algunos. Mi memoria no tiene más que la mitad de las dos partes.
No puedo olvidar el viaje al aeropuerto. Abuelito Juan llevó a sus dos hijas al aeropuerto y me llevó a ver los aviones. Cuando vi aquellos aparatos que parecían palomas quedé extasiado. Tenían cuatro motores, más bien cuatro grandes abanicos, y no sé cómo aquellos edificios volaban, cuando una triste chiringa a
veces no quería encampanarse.
Ya les hablé de mis padres y me gustaría mencionar las personas que en los años del 44 al 59 fueron muy importantes en mi vecindario. Importantes porque eran personas muy preocupadas por sus vecinos y por sus hijos.
De hecho, hubo momentos que tuvieron que cuidarnos muy especialmente, el día que mi hermano, en uno de sus experimentos, se metió un bolín de munición que le pasó el párpado, llegó al glóbulo ocular y le quitó la visión del ojo derecho.
La primera familia fueron los Vázquez, con los
gemelos, el Gordito y el Flaco. Doña Lydia hacía donas para venderlas; su esposo era jefe de camineros. Sus donas, riquísimas. Nos daban la masa de los agujeros. Aquella casa parecía una mansión; nuestros ojos veían las cosas más grandes.
Antes allí había vivido el Dr. Sylva, quien construyó la casa antes del 1922, fecha de construcción del Liberty. Luego fue ocupada por don Narciso y Fanny.
Conocí a la mamá de don Narciso. Pasaba todas las tardes con ella. Era una viejita más buena que el pan de huevo. Sufrí mucho al verla morir.
Fue mi primera amiga muerta.
Doña Fanny nos daba el glaciado de los ricos turrones de coco.
Al lado, la mamá de los Ríos, una casa gris hermosa en forma de L, con un corredor en la pata larga de la L. Nuestros amigos fueron Pito, Carlos y Carmín. Una familia con mucha historia. Un aljibe inmenso con un árbol de cerezas.
Pito nos contaba cosas que no entendíamos, pero que nos hacían reír.
Al lado, Pepito Jiménez con Elisa y su padre Jerónimo, uno de los primeros en tener aquella licencia metálica que se llevaba puesta a la cintura.
A Pepito lo conocía como mecánico. La había aprendido de Gore, el dueño del garaje. Aquel hombre todo lo sabía; por lo menos, me contestaba mis preguntas con un montón de jeroglíficos, como cigüeñal, tapa de bloque, cuatro momentos de combustión, esparé, etc.
Detrás de su casa, una casita de muñeca de Víctor Cruz, carpintero, y de Evarista, con sus dos nenas. Íbamos al patio a buscar quenepas en el verano.
Al lado de la casa de Pepito, una zanja profunda de corriente, con un puentecito de chasis de camión para poder cruzar aquel cañón y pasar a la casa de Ramona y Manolín.
Fui a su boda. Para aquel tiempo el cura los casaba en la casa. El padre fue Vigo Salas. Recuerdo que se nos enfrió el cerebro al querer con voracidad lo que quedaba del mantecado.
Seguía la casa de Manolo y Ana, con su hijito Orlando, que pesaba como 200 libras. Allí se cuidaban gallos, se freían chicharrones y se preparaban unos ricos pastelillos de queso.
Y luego, la casa del bardo Guillermo Venegas, Aurea, Gilkito, Rafi y la Maruja.
Mi madre contaba dos tragedias de los Venegas. Una de una de sus hijas. De aquella tragedia surgió una bella composición, "La niña dormida".
Más allá solo nos interesaba Matilde, abuela de Rafelita, y Piquiña, el hijo de Rafelito.
Al frente de mi casa, Minerva y Antero, que eran como mis padres. Antero, gallero y mecánico dental. Minerva, una Libertad Lamarque que cantaba los cuplés de Sarita Montiel:
"Fumando espero al hombre que yo quiero". Ella se decía que era negra y fea, pero que su
esposo era el hombre más bello de Quebradillas. Era falso lo que a ella correspondía. Habían sido muy pobres.
El apellido Yambó aparece en una obra de Enrique Laguerre, Solar Montoya. Era un hombre temido y a Minerva había que tenerle cuidado si le faltaban el respeto.
Una vez armó la de cien fuegos con el padre Acevedo al no querer bautizar a un niño de su familia.
Hacía un pescado en aceite y vinagre, riquísimo para el Viernes Santo.
Tenía una niña y un nene que, al igual que Vitín, mamaron dedo por muchos años. Los dientes se movieron para el frente, como boca de pescado, y a Vitín se le acható la nariz y Cheo
perdió el olfato por estar oliendo una toallita que no se podía lavar.
Andaban juntos siempre, uno detrás del otro. Al lado, don Felo, Pepita, Norma y Rafi.
Al lado, una casa grande que fue de la Unidad de Salud Pública, luego de Carmelo Prieto y familia.
Al final del bloque vivió Miguel Pérez y, al otro lado, al pasar la intersección, Camila con Yuán, un raro muchacho que vivía errante. Luego, doña Andrea con su madre, Norman y Agustín.
Otra muerte que nos dolió en el alma: Norman enfermó y murió muy niño.
Al lado derecho de mi casa, el teatro, del cual hablaremos al final; la lechería y don Benito
Alago. Era una casa llena de gente.
Don Benito era el maestro plomero del pueblo, tiempos donde se soldaba con plomo o estaño. Era un hombre de baja estatura, con sombrero de fieltro y espejuelos en la punta de la nariz.
Separaba a Benito de Trina, la hija de doña Agustina.
Aquella casa era inmensa. Una parte era la oficina del dentista Pepín Cordero y el taller de Antero Mejía. Detrás de la sala, el salón de espera.
Los trabajos de don Pepín eran duraderos y muy bien hechos. Mi isley me duró muchos años.
Nilda, la de Antero, se sacaba las muelas sin anestesia.
Los tubos de anestesia se tiraban en la finca de los Irivas. Los muchachos los convertían en pistolas.
El nene de Trina era loco con Jorge Negrete y pasábamos buen tiempo imitándolo. Se llamaba Rafelito.
Doña Agustina vivía en un cuartito. Era una mujer muy fina, de alcurnia. Aunque ya entrada en edad, sus trajes ajados demostraban haber sido muy elegante.
En casa, de desayuno, solo se comía pan y café. Yo sabía que doña Agustina hacía crema, avena y harina de maíz. Sabía que necesitaba mandar a hacer mandados y allí estaba yo.
-Nene, vete y tráeme estas cositas en la tienda de Carmelo.
Al regresar, mi plato lleno, corría a mi casa y me lo comía, o más bien me lo tragaba.
En la casa de Benito vivía Israel, que siempre estuvo en mi casa. Era un niño sin madre, criado por Benito, que trabajaba en la luz eléctrica.
No sé cómo demonios sabía inglés. Cuando vino una americanita, que nos encantaba, no por ser mujer, sino por ser cosa nueva, solo Israel la pudo conquistar.
Cuando mayor, Nene Malo me dijo que la boda más hermosa fue la de él, por dos razones: una mujer bella y una gran boda.
Doña Mara vivía al frente de don Miguel Irivas, con Enery y Miguel. Un nacionalista a clavo pasado.
Para terminar, la parte más divertida y prohibida era la zona de Marco, Muñoz y Ángel Álvarez, y el hospital manejado por Pablo el Norso. Allá no nos dejaban ir; era terreno prohibido.
Lamentablemente, todo era parte de un prejuicio que dura todavía. La gente de aquella área era la cúspide de la alegría y la libertad, todos cuates, pobres pero muy honrados. Mucha gente del pueblo le gustaba pasar por la comunidad.
Por primera vez vi algo extraño: una mujer hermosamente vestida, con colorete, labios pintados y medias largas con un hilo en la parte trasera. Aquello era algo fuera de lo común.
Le seguimos los pasos, aquellos tacones largos y aquel vestido de colores que era revuelto por el viento. Ella nos miraba y se reía. En nosotros
había malicia, pero nunca nuestras mamás se vestían tan bonito. Bajaba de casa de Marcos.
El primer caso sí sucedió en una finca de allá arriba. Un malote se puso con un guardia y este lo mató de un tiro. El otro fue el hombre electrocutado en el poste frente al Liberty.
Los últimos años de la década del 1940 ocurrieron grandes cambios en toda la isla, inclusive en mi calle. Los muchachos de la calle la dividieron en tres partes: la de la Betances, dirigida por El Toro; la mitad de la calle, por un gordito llamado Tey; y allá en lo alto, en el área de Marcos, creo que por un muchacho llamado Chanito. Mantenían marchas como militares, armados con palos de escoba. Todo era apantallamiento; sin
embargo, nos daba cierto regionalismo dentro de la misma calle. Los de la Betances, Santos; los del centro, solo mimetismo; y los de la calle de lo alto eran atrevidos y se movían a sus anchas. Un muchachito que no medía más de cuatro pies, llamado Eche Kleen, vociferaba y nos daba cierto temor.
Los que no podíamos salir porque nos guardaban tras rejas de madera esperábamos a
don Carlos Roca y a Lionel Torres para jugar con Carlos pelota con un vaso encerado, lleno de papeles. No pasaban carros y allí jugábamos sin temor alguno. Con Lionel, mi padre había construido un pequeño canasto, y jugábamos dos para uno, algo que llamaban 31. Lionel era todo hueso y nos machacaba, además de ganarnos siempre las partidas. Era hijo de don Narciso y enseñó a mi hermano a vestir bien y a tener relaciones de primera.
A veces levantábamos pesas con Carlos o nos íbamos al culto, donde había mesas de ping- pong, guantes de boxeo y cancha. Allí podíamos ver a una muchachita blanca que se asomaba por la ventana con un corazón pintado en su mejilla izquierda. Nos daba la imagen de ser una doncella asomada por una de aquellas torres de las que hablaban los maestros. No nos quiso.
Éramos cuatro, todos en la flor de la juventud, con las hormonas trabajando a todo fuete.
La escuela elemental estaba terminando y eran tantas las pelas que me daban que mi padre se sintió molesto por la chabacanería de mi madre, me dio un jamaqueón y me dijo:
-Se acabó la escuela. Te vas a quedar aquí.
Nunca había sido tan feliz. Aquella noche dormí como un lirón y los espíritus no pudieron despertarme. En la mañana vi a mi hermano vestirse. Ya nuestra cama era doble; yo dormía abajo. Me dio mucha pena y también alegría, pues le daban fuete porque lloraba cuando me pegaban. Todavía mi hermano Wally estaba retrasado. La felicidad no duró mucho y mi padre:
-Papo, levántese y vístase para la escuela.
-Pero, Pito, me dijiste que ya no tenía que volver.
Al terminar con malas notas la escuela elemental, un día me dijo con franqueza:
-Mira, Papo, tú no sabes hacer nada; no tienes más remedio que estudiar.
Otra vez para la escuela. Yo esperaba que el ejército me seleccionara, pero ya el Dr. Silva me había dado cuatro F.
Vitín nació genial. Sabía dibujar, era inventor y buen bailador de valses. Ganaba premios en todas partes, hasta que en uno de sus inventos perdió el ojo. Ya yo me le escapaba a mi madre y buscaba la manera de no estar en casa. Llegó Wally, no sé cuándo; solo oí la gritería.
En la escuela, mi primo Cheo y yo nos dedicamos a estudiar. Realmente, es el peor trabajo, y cuando se obtienen buenas notas es peor. Nos sacaron de los malos y nos pusieron con los buenos, gente que no conocíamos.
Como los juegos de Tarzán, Buck Rogers, Shazam y Wild Bill Elliott se acabaron, nos dedicamos a trabajar en aprender cosas de memoria y sacar buenas notas.
En tercer año jugué de catcher en la competencia. Me daba pena porque mi padre suspendía el trabajo para ir a ver cuántas veces me ponchaban, pero en el último juego uno de los espíritus me ayudó con el bate y le di a la bola. Con aquello imposible, ganamos el campeonato. ¡Vierán lo contento que estaba mi padre! Fue mi único logro; el otro fue el tercer premio de pesas, porque no habíamos más que tres.
Me enamoré en tercer año y mi libertad se acabó. Aquella Eva me quitó hasta el pensamiento. Mi vida se volvió una locura, me enfermé de la cabeza y hasta el día de hoy sigo loco. Me gradué con honores, pero no me importaba. Ya trabajaba para comprar mis cosas para la universidad.
Terminé enamorado y en otra cárcel: otra escuela con estudios que llamaban superiores. Me cogieron de conejillo y me pusieron con un grupo de estudiantes, hijos de Concepción de Gracia, Rubén Rosario y el Rey del Verso Negro. Demasiado para mí. Nunca me consideraron parte de ellos, y un estudiante negro, también rechazado, se convirtió en mi único amigo por cuatro años. Era un tiempo donde no había negros en la UPR.
Aquí se acababa el 1959. apítulo 6
En la década del 50 hubo cambios en todo Puerto Rico, en mi pueblo y, por supuesto, en nuestra calle.
En la política, un joven llamado Luis Muñoz Marín cambió todo el panorama político. Fundó el Partido Popular Democrático, con la cabeza roja de un campesino como símbolo y una canción de Rafael Hernández. Aquel rojo era sospechoso, pues era el
color de los socialistas. Muñoz Marín había sido independentista. Tenía un gran carisma y, siendo poeta, con el don de la palabra sencilla y su simpatía, logró cambiar las ideas de los campesinos y de casi todo Puerto Rico.
En aquel tiempo, los partidos eran una mogolla y, en las elecciones, aunque ganó la mogolla, como partido único ganó el Senado y, con su astucia, se ganó también la Cámara con votos de aquella mogolla.
No sabemos cómo, pero un día decidió que la independencia, en nuestra situación, sería una desgracia. En aquel momento, los independentistas se separaron y, a la larga, en los años 50, el PIP quedó como segundo partido.
Existía también un partido nacionalista dirigido por otro líder carismático. No fue a las elecciones. Su líder, Pedro Albizu Campos, había sufrido muchos vejámenes. Siguiendo la línea de los libertadores, tenía en su plataforma que la única manera de lograr la independencia era con las armas. Su partido había sufrido la Masacre de Ponce y la muerte de algunos nacionalistas.
Para 1950 preparó su revolución, declarando a Puerto Rico libre por unos días.
Una vez terminada la revolución, una ley llamada la Ley de la Mordaza les quitó las libertades a muchos en el pueblo. Recuerdo haber visto recoger a Miguel Marichal y montarlo en un camión con otros nacionalistas. Aquella ley acabó con muchas libertades e inició el miedo a la independencia.
Muñoz y sus allegados, muy brillantes, establecieron lo que se llamó el Encanto de las Américas. Trajeron industrias foráneas y crearon empleos a costa de salarios bajos. Pero, al no haber trabajo, aquello cambió el panorama cultural y económico de Puerto Rico. También entregó una colonia a los desarrolladores, acabando poco a poco con la industria azucarera.
Logró que se estableciera una Constitución y, un 25 de julio, se levantó por primera vez oficialmente la bandera de Puerto Rico. Aunque ya en la calle Ráfols, Ángel Álvarez, un carpintero, se había subido a la ceiba de la calle Betances y, en el cucurucho, había levantado sobre un asta rústica nuestra bandera.
Nuestra calle, aquel día, fue libre gracias al gesto de aquel valiente joven.
El monumento de nuestra calle fue el Liberty, fundado en 1922, quemado y luego restaurado. Don Carlos Roure, dueño junto con don Miguel Irizar, había comprado un generador eléctrico, dos proyectores y un hermoso edificio que jamás se ha repetido.
Al principio se proyectaban películas mudas: un
rollo y una pianola. Había un timbre en la plaza para anunciar el inicio de la función. Más tarde llegó el cine sonoro y un nuevo dueño, Oscar Ráfols.
Su primer proyeccionista autorizado fue Juanito Lloveras. Más tarde estuvieron Güicho, mi padre, y su hermano Sergio. Andrea era taquillera, Gilberto portero y don Gelo Hernández, service man.
La familia de Gelo era numerosa y todos sus nenes, excepto uno, fueron hijos adoptivos de mi madre. Todos eran geniales y muy trabajadores. Uno de ellos, el mayor, Raúl, tuvo el privilegio de que yo fuera su padrino.
En aquel teatro se dieron cosas maravillosas: La Muerte y Pasión, el Wahoo, Richardini con Axel Anderson, la orquesta de César Concepción, el
programa Buscando Estrellas, donde doña Rosa Jiménez, nuestra única soprano, ganó el primer premio; Los Panchos, Antonio Aguilar, la obra Fuenteovejuna, la película El Derecho de Nacer y las famosas series de sábado y domingo, que nos obligaban a ahorrar los siete chavitos para no perdernos el episodio.
Los lunes eran noche de damas. Llegó el cine mexicano y, más adelante, las películas a colores.
Para terminar, nuestro único problema algo serio fue la tormenta Betsy, en 1956. Fue un domingo en la mañana y terminó después del mediodía.
El ojo del huracán pasó por la calle.
Mientras tanto, Juan e Israel paseaban y gritaban por la calle como si aquello fuera un aguacero cualquiera, y hasta se bañaron en el
chorro del teatro.
Aquí doy punto final a esta corta historia de cómo vi mi calle: hoy desierta, sola y acabada.
Mi hermano Wally quiere darle vida estableciendo un centro de reuniones y cultura, para empezar a resucitarla y darle nueva vida.
Gracias.
VI- El Extraño
No recuerdo el pueblo, pero fue para el año 2030.
Mi abuelo Alfonso, abuelo por parte de padre, era profesor retirado de una universidad de la provincia. Delgado, de barba blanca como la lana, ojos entre azules y grises, bien perfilado y de mediana estatura. Hablaba pausadamente y con palabras no rebuscadas. Era un sabio que había vivido lo bastante para comprender su entorno y los cambios a través del tiempo.
Acostumbraba venir al atardecer a ver a mi padre y a sus nietos. Ya habíamos perdido a la abuela, la madre de mi padre. Él vivía solo; una ama de llaves le ayudaba a llevar la casa.
Era muy apegado a ciertas reglas y bastante flexible con otras. Una vez que hablaba con mi padre, gustaba sentarse en un sillón muy viejo, donde se balanceaba mientras tomaba algo parecido al café del pasado, preparado con un tipo de azúcar sintético, acompañado de unas galletas hechas por eugenéticos.
En aquellos tiempos muchas cosas habían desaparecido; otras fueron necesarias traerlas de nuevo para el uso público. Aquel mundo de la IA había acabado con el deseo de estudiar, mas no con la curiosidad.
Eran tiempos en los que hubo la necesidad de detener el progreso. El mayor desastre ya no era el clima ni la música rara. Unos años atrás, el petróleo, en forma inesperada, se agotó: los pozos se secaron. Todo se detuvo de momento y aquellos momentos causaron terribles desgracias.
Se volvió a un pasado, y los hombres tuvieron que ver qué hacer para remediar aquella espantosa falla.
Desde el 2026 venían ocurriendo señales que el hombre no quería, de ninguna manera, manejar. Los hombres de ciencia se dedicaron a crear una ciencia que parecía ficción. Era increíble las cosas que entre ellos se discutían, hasta que un sabio que, a sus veinticinco años, era considerado un genio, les dijo:
—Dios es un gran matemático y sus fórmulas son demasiado avanzadas para nuestra comprensión.
En un lugar llamado Masa mandaron un telescopio para mirar hacia el origen del cosmos. Las cosas que envió de aquella región de onda larga, en el rango del rojo, resultaron inexplicables.
Era de suponer un vacío con algunos remanentes, pero encontraron galaxias gigantes con millones de estrellas. ¿Cómo explicar aquella irracionalidad? Era imposible.
Sencillamente, cuando algo explota, todo sale hacia afuera. Aquellos gases, con plasma o con partículas subatómicas, salieron hacia afuera. Una implosión no cabía en la cabeza de los grandes científicos.
Por otro lado, cuando hay una explosión, las partículas, al alejarse, deberían reducir sus velocidades; pero, al contrario, se movían mucho más rápido a cada momento.
Cualquier mensaje de las lejanas partes del universo era difícil de creer, pues no solo se recibía luego de muchos meses desde los telescopios sofisticados, diseñados para recoger cualquier onda o cualquier partícula que viniera de aquellas regiones a millones de años luz, sino que, al recibirla, aquella región posiblemente ya no existía.
La velocidad de alejamiento casi era cercana a la de la luz.
Por otro lado, vieron rayos de luz difractarse en regiones donde no había más que oscuridad. Un sabio señaló que la gravedad distorsionaba o cambiaba la dirección de la luz. Para ello era necesario un cuerpo masivo o un agujero negro.
¿Cómo explicar aquella curvatura de la luz donde no se veía nada?
Idearon una nueva fuerza cósmica: la materia oscura y la energía oscura. Aquella cosa que nadie entendía creaba una geometría cósmica difícil de explicar.
Eran fenómenos que desafiaban las leyes del movimiento de Isaac Newton.
Para Newton, los cuerpos que orbitan siempre están acelerados, aunque conserven una velocidad constante. Toda aceleración implica una pérdida de energía; esos cuerpos se acercan al objeto masivo y colapsan.
En otras palabras, los cuerpos, al acercarse al cuerpo masivo, aumentan su velocidad orbital. Su aceleración les causa pérdida de energía hasta hacerlos colapsar.
Aquellas leyes de Newton habían creado otro problema: en los átomos, los electrones que se acercan al núcleo mantienen su energía. En otras palabras, tenían un problema aparentemente imposible: nunca colapsaban.
A alguien se le ocurrió decir que los electrones actuaban como la luz, con solo cierta cantidad constante de energía, la cual nunca cambiaba. Por otra parte, había una distancia límite que el electrón no podía traspasar. En otras palabras, ninguno podía chocar con el núcleo.
Por otro lado, había que explicar cómo era que los cuerpos tenían forma y solidez cuando cada átomo que los constituía era, en su mayor parte, un gran vacío.
En un átomo, su núcleo es muy pequeño, comparable con el volumen del átomo. Era como tener un bolón o una canica en el centro de un campo de fútbol, siendo el campo todo el átomo.
Para ellos, aquel espacio limitante de acercamiento daba forma a las cosas, por lo menos para nuestro sentido visual.
Por otra parte, nuestros electrones no podían acercarse a los electrones de cualquier parte de nuestro cuerpo. En otras palabras, nuestra mente nos engaña y nos hace sentir las cosas sólidas.
Nuestras manos ni nuestros pies pueden acercarse realmente a ningún objeto, pues no pueden traspasar el límite espacial de los electrones. No tocamos ni pisamos; es solo el cerebro el que nos dice que tocamos lo intocable.
Es como si viviéramos flotando en ese espacio limitante, mucho más fino que nuestro pelo más delgado.
No tan solo eso. Por allá habían construido un superacelerador en las profundidades de la Tierra para estudiar una llamada partícula llamada neutrino y poder hacer chocar partículas y romperlas para descubrir si existían nuevas partículas.
Los neutrinos son partículas que vienen del espacio y atraviesan nuestros cuerpos sin que nos demos cuenta, pero no penetran más que cierta profundidad.
Los aceleradores habían descubierto alrededor de doscientas partículas subatómicas: diecisiete de ellas fundamentales y las demás inestables.
Soy Pablo. Mi hermano es Juan y mi hermana, Verónica. Hoy es jueves, el día en que papá Antonio viene a ver a su único hijo, Antonio II. Lo hace porque, un jueves, a eso de las cuatro de la tarde, Verónica había muerto diez años atrás. Esperábamos con mucha insistencia su llegada para que nos contara la historia del Extraño.
Realmente no era un cuento, pues aquel personaje andaba por distintas partes del mundo.
Llegó papá, nos bendijo, miró a Verónica y meditó. Luego se fue a ver a su hijo Antonio y después regresó al balcón para sentarse en aquel viejo sillón. Había pertenecido a su esposa. Se lo dio a su hijo con la condición de que lo colocara en un lugar donde él pudiera usarlo los jueves, cuando viniera a visitar a la familia.
Mi madre, Lucía, le preparaba una taza de café sintético y unas galletas eugenéticas. Mientras esperaba, nos agrupábamos alrededor de él. No hablaba; meditaba mientras se deleitaba con aquellas frituras sintetizadas.
Nuestro abuelo nunca había podido apartarse de Verónica. Al dormir, guardaba el espacio y la almohada, junto con la ropa de dormir de su esposa, en el lado derecho de su cama. Durante el día siempre había un cubierto y una silla en la mesa para ella. No se sentaba si no tenía un espacio reservado para aquel ser que adoraba.
—Papá, ¿nos vas a contar algo del Extraño?
Y aquí comienza su clase, pues nunca olvidó su profesión de maestro de la conducta. Preparaba un bosquejo que estudiaba mientras daba su clase. Era más que una mera conversación.
—Hijos, la pasada semana les hablé hasta donde había llegado el conocimiento científico. Hoy nos toca hablar brevemente de nuestra historia como pueblo, ver la conducta colectiva y hasta dónde llegó. La razón de la existencia de ese Extraño está relacionada con ambas cosas.
»Nací en una islita del Caribe llamada Puerto Rico, colonia de una nación que iba perdiendo su posición de jerarca del mundo. Otras naciones asiáticas la habían superado. Ya no teníamos las ayudas del colonizador y aquel Puerto Rico empezó a quitarse lo de “rico”.
»Al perder mi trabajo, me vine a Buenos Aires. En este país tan vasto, por lo menos es más fácil sobrevivir.
»En mi país hubo grandes transformaciones en el siglo XX que se agravaron en el siglo XXI, a partir de 2026.
»A principios del siglo XX, los americanos nos invadieron. Salimos de ser colonia española para convertirnos en colonia americana.
»Nuestra gente era pobre, pero muy buena. Estaba dividida en dos grandes zonas: la urbana y la rural. En la zona urbana estaban los comerciantes, la administración municipal y la Iglesia, principalmente la católica, que ejercía una poderosa influencia sobre la gente. También estaban los obreros y trabajadores de distintos oficios: carpinteros, herreros, zapateros, costureras y muchos otros.
»La comunidad rural estaba asociada con la agricultura. En la costa norte predominaba la caña de azúcar, mientras que en la zona montañosa se cultivaba café, principalmente
en manos de hacendados. Algunos poseían vastas cuerdas de terreno; otros tenían menos de treinta cuerdas.
»Yo viví en Quebradillas, en la costa norte, donde los principales productos agrícolas eran la caña de azúcar y el tabaco. Los pequeños agricultores dependían de sus vecinos, mientras que los grandes empleaban obreros para el corte de la caña.
»Aquellos obreros caminaban varios kilómetros cargando sus comidas: café prieto, batata, yuca, maíz, sorullos y bacalao deshidratado al sol.
»Era una vida de mucho trabajo y poco dinero. Llegaban a sus casas muy cansados. Eran familias numerosas y casi no alcanzaba lo ganado para vestir y alimentar a todos. Muchos de sus hijos andaban descalzos y usaban ropa que había pasado de los hijos mayores a los menores.
»Aquel trabajo era principalmente durante el tiempo de zafra, desde el mes de enero hasta julio. Al finalizar la zafra comenzaba la temporada muerta. Solo trabajaban quienes preparaban el terreno para la próxima zafra. Los demás tenían que buscar trabajo en las fincas del barrio.
»A veces cobraban; otras veces trabajaban para poder conseguir el sustento de su familia. Parte de la familia también trabajaba en la finca. Allí tenían un buen desayuno, abundante y sencillo: sorullos de maíz, a veces pan y un pote de café.
»A las nueve de la mañana les daban jugo de limón, naranja o naranja dulce. Al mediodía recibían un almuerzo típico, que podía incluir carnes ahumadas o carnes conservadas en salmuera.
»Ellos comían abundantemente durante la jornada, pero muchos de aquellos trabajadores no tenían nada preparado para la comida cuando regresaban a sus hogares.
»Los dueños de las fincas tenían hortalizas, batata, yuca, ñame, maíz y leche. Siempre los obreros procuraban llevar algo de aquellos productos a sus casas.
»Aquella era la vida de nuestro pueblo: mucho trabajo, familias numerosas y muy poco dinero. Sin embargo, también existía solidaridad entre vecinos y compañeros de trabajo. La necesidad obligaba a ayudarse unos a otros.
»La única diversión eran las fiestas tradicionales y el trago de caña producido por los alambiques. Los alambiqueros también obtenían sus ingresos de aquel alcohol casero.
»Cuando entraron las guerras y escasearon los productos, los más afectados fueron los habitantes de las zonas urbanas. Hubo personas que acapararon muchos artículos y se hicieron ricas.
»Aquellas guerras nos quitaron muchas vidas: padres, hijos y otros familiares. A las familias de los muertos se les daba una compensación económica. A los fallecidos se les rendía una gran ceremonia, con marchas, trompetas y, creo recordar, hasta tiros al aire. Inclusive participaba una orquesta militar, con muchos redobles de tambores.
»Aquellos acontecimientos fueron dejando profundas huellas en la conducta de nuestro pueblo. La pobreza, las guerras, la escasez y las desigualdades fueron cambiando poco a poco nuestra manera de pensar y de relacionarnos.
»Pero después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo comenzó a cambiar de una manera que nadie esperaba.
»En Puerto Rico surgió el nuevo modelo político llamado Estado Libre Asociado, acompañado de un proyecto económico conocido como “Manos a la Obra”. Comenzaron a llegar fábricas y desarrolladores extranjeros. Entre ellos estuvo la Bacardí, mientras se establecían leyes que afectaban a los alambiqueros y se transformaban las antiguas formas de producción.
»Se instalaron distintos tipos de fábricas. En muchos casos se pagaban salarios bajos, pero se ofrecía trabajo a muchas personas. Aquella época no fue solamente de dificultades y pérdidas; también trajo algunas cosas buenas.
»Muchos pudieron estudiar. Mejoraron las comodidades de los hogares. Llegaron las neveras, las estufas, los televisores y los inodoros dentro de las casas. La gente comenzó a vestir mejor y, según pasaba el tiempo, entraron las calculadoras y después las computadoras.
»El mundo también comenzó a mirar hacia el espacio. Fuimos a la Luna y la cosmología cambió nuestra visión del universo.
»También cambió nuestra cultura. Pasamos del bolero al rock y del rock a la salsa. Pero no solamente cambiaron la música y las costumbres. También comenzaron a cambiar los valores: de lo honesto a lo corrupto, del trabajo a la vagancia y, poco a poco, a la dependencia de las ayudas y los bonos alimenticios.
»Cambió también la moral de la sociedad. Hasta las iglesias comenzaron a cambiar. En la Iglesia católica desaparecieron las sotanas, el uso del latín y algunas de las antiguas
formas de celebrar la misa. Incluso se modificaron algunos elementos tradicionales del presbiterio y del culto.
»Fueron muchos los cambios. Se proclamaba una sociedad en la que toda opinión debía tener espacio, y la propaganda comenzó a tener una influencia cada vez mayor.
»Después llegaron las computadoras y, con ellas, la capacidad de recopilar información sobre las personas. Se creó un perfil de la sociedad para conocer sus gustos, sus deseos y hasta sus debilidades. Así podían ofrecerle a la gente cosas que muchas veces ni siquiera necesitaba.
»Los valores fueron cambiando y dando paso a una visión cada vez más relativa de la verdad y de la conducta. El matrimonio comenzó a perder importancia para muchos. La familia también sufrió profundas transformaciones.
»Finalmente, el hombre comenzó a ser sustituido por máquinas y robots capaces de realizar el trabajo de muchas personas. Hubo despidos masivos y el desempleo aumentó. Cerca de tres cuartas partes de la población llegaron a depender, de una manera u otra, de las ayudas públicas.
»Como verán, nietos, poco a poco se fue perdiendo el sentido humanista de nuestra sociedad.
»Y entonces llegó el año 2026.
»Para ese momento, la atmósfera estaba contaminada. El desarrollo tecnológico y económico necesitaba cada vez más espacio y recursos. La temperatura aumentaba tanto en el mar como en la tierra.
»Comenzaron los terremotos y los tsunamis. Las placas continentales parecían haberse vuelto locas y hasta algunas islas cambiaron de posición.
»El eje de la Tierra sufrió una variación, relacionada con un desbalance de su momento inercial, y comenzó el caos.
»Después se agotaron los gases naturales y el petróleo. La humanidad tuvo que recurrir nuevamente a inventos y conocimientos que habían sido desarrollados desde el primer tercio del siglo XIX.
»Tesla volvió a ser estudiado. El electromagnetismo, la energía de las ondas, el Sol, los vientos y otras formas de energía comenzaron a cobrar una importancia que muchos habían olvidado.
»La humanidad tuvo que volver sus ojos hacia aquellas fuentes de energía para convertirlas en energía utilizable.
»Fue entonces cuando nos alienamos aún más. »Y así apareció este Extraño.
»Un hombre con poderes que nadie podía explicar: la telepatía, la teletransportación y la ubicuidad. Podía estar en distintos lugares al mismo tiempo. Podía comunicarse con las personas sin hablar y aparecer donde nadie esperaba encontrarlo.
»Pero lo más extraño no eran sus poderes. »Lo más extraño era el mensaje que traía.
Papá hizo una pausa. Miró hacia el lugar donde estaba reservado el espacio de Verónica y permaneció en silencio durante unos segundos.
Después nos miró a todos.
—Ese mensaje, hijos míos, es precisamente lo que tendremos que tratar el próximo jueves.
Se levantó lentamente del viejo sillón.
—Será breve —añadió—, porque lo que aquel Extraño viene a anunciarnos no es el final.
Hizo otra pausa. —Es el principio.
Pablo, el mayor de la familia, siguió pensando en el Extraño que había aparecido solo a los grandes, a presidentes, reyes, dictadores, pero las personas comunes pocas veces lo habían visto. Ya era para el verano y en Estados Unidos se estaban dando las finales de pelota entre los Gigantes y los Yankees. El estadio de los Gigantes estaba lleno a capacidad y ya estaba para terminar la cuarta entrada. Estaban empatados, 0 a 0. Aquel día soleado, a eso de las 5 de la tarde, ya estaba la entrada con dos outs, dos strikes. Al lanzar aquel zurdo moteado, el bateador le tiró a darle para sacarlo del parque, mas no pudo con la curva. Se empezó a desalojar el campo y el equipo contrario, oyendo las últimas instrucciones antes de entrar al campo.
De momento, ante aquella gritería donde era imposible distinguir palabra alguna, apareció un hombre en el plato del pitcher vestido como un fraile franciscano salido de
la nada. Las cámaras lo enfocaron y mandaron la imagen a sus respectivos canales y de ahí a todos los canales. Pablo, que estaba viendo el juego, vio la figura que tanto deseaba ver; llamó a sus hermanos. Presto vinieron.
Allá en el parque, la algarabía empezó a bajar de tono ante la presencia de aquel monje que no llegaba a los 6 pies, de pelo algo cortorrizado, de perfil normal con una barba entrecortada; estaba parado con sus brazos caídos y su cara como si estuviera en meditación. Sin abrir la boca, todos los asistentes, tanto los del parque como aquellos que lo veían, sintieron algo parecido al toque de una flauta. Todos se preguntaban si lo que les pasaba era para todos igual, y así era. De momento se oyó en su cabeza la palabra silencio, paz a vosotros. Todos oyeron aquellas palabras en sus mentes, también los televidentes.
—Hermanos, no soy de aquí, pero tampoco sé de dónde vengo. No tengo padre ni familiar alguno y puedo transmitirme con todos por ese medio que está en ustedes y que llaman telepatía. El que me oye tiene ese don y todos lo tienen, otros dones residen dentro de cada uno. Solo la meditación y la fe en el que se los ha dado podrán dominarlos. Hay dentro de mí algo que tiene un poder inmenso. No soy un ángel, ni un demonio, ni mucho menos un profeta. Mi mensaje es sencillo y a la vez complicado y no está en mis manos explicar más que lo que tiene poder sobre mí.
»No hace mucho vuestra vida se ha ido convirtiendo en más mecánica que meditativa, menos intelectual y mayor uso de la inteligencia artificial. Esta última no es mala, os fue dada para que aprendierais aquellas cosas que os preocupan. Son medios fáciles de saber lo que usted no puede conseguir. No es un modo de suplantarlo, es una forma de hacerlo mejor si es bien usado.
»Por otro lado, habéis olvidado aquellos lazos de antaño que hicieron buenos a los hombres. El ser que no conozco, creador de todas las posibilidades, abrió las llaves del conocimiento y os dio hombres para dominarlas y ponerlas al servicio de cada uno de ustedes. Algunas han sido mal usadas.
»Mi misión ha cumplido su primera parte. Hablé con las personas que dominan este planeta. Este planeta llegó a la vejez y no se han dado cuenta que, por ser pequeño y estar en una posición muy perfecta, todo ha sido bueno para todos los seres. Comienzan momentos en que este planeta solitario pase por los procesos que su compañero Marte pasó. Lleváis casi 5000 millones de años. Geológicamente hay cambios en el magma, se está enfriando. Los científicos y sus computadoras pueden
saber qué produce tal enfriamiento. Me voy; algo me dice que somos hermanos, pues desde que aparecí en vuestro planeta, he visto las desigualdades, sus alegrías y tristezas, muy especialmente la de los más abandonados. Creo sentirme hombre y queriéndolos cada día más. Mientras no me ven, voy por diferentes lugares, viendo a vuestro planeta. Es hermoso, mucha de su gente es bondadosa. No puedo ayudaros, pero puedo amaros.
Al terminar desapareció. El silencio se mantuvo. Aquellas miles de personas que en todo el mundo lo oyeron y vieron sufrieron algo raro dentro de ellos. Ya no podrían ser iguales. La voluntad había cambiado de rumbo.
No era posible seguir los pasos de aquel monje afín. Si marcáramos un mapa terrestre con marcadores, no había nada regular que ver. Personas de todos los calibres quisieron hallar letras, símbolos, que pudieran relacionarlo con algún personaje bíblico. Nada encajaba. A veces la distancia y el tiempo entre dos puntos era insostenible de creer. En cuestión de milisegundos, la distancia a nivel de latitudes era tan grande que naves que se movían del continente americano a Portugal tardaban un mínimo de seis horas a velocidades de 650 km por hora. Nuestro Señor a veces cruzaba el mar de Galilea en cuestiones instantáneas —un ancho de 13 km o un largo de 15 km—; aquel monje sin orden de ningún obispo lo hacía con una distancia de 5400 km, 400 veces mayor.
Luego de aquella demostración en el parque de pelota apareció en Ostia, cerca de la costa al sureste del Vaticano. La plática había terminado un minuto antes. Aquellos fanáticos supieron que el Extraño ya estaba en la capital del imperio cristiano. Andaba por los muelles y embarcaderos. La gente curiosa se fue rodeándolo y haciendo difícil su caminar. Hablaban a voces, pero él no contestaba; hablaba en silencio.
En un momento, algo raro le pasó a la multitud: algo impedía acercarse; de sus bocas no salían palabras. El monje se sentó en el embarcadero. Terminó el día y la noche. La multitud era inmensa. El halo protector se había extendido de tal forma que no era posible pasar de los 10 pies hacia el monje, una fuerza tan grande como la fuerza que intentaba el paisano por llegar a él. Si uno de aquellos vehículos del tiempo se acercara, se estrellaría contra aquel invisible muro.
Cuando llegó la noche, una bola de tenue luz mantuvo el ambiente del extranjero. No se movía, solo meditaba. La buena gente del malecón traía comestibles, jugos y mermeladas. Era imposible, mantenía su posición, inamovible. Nadie durmió en el
atracadero; el mundo entero tampoco. Estuvieron viendo toda la noche a aquella estatua que quién sabía si estaba hecha de carne y hueso. En su casa, Pablo tampoco durmió. Para él era tan interesante y consideraba que en él residían poderes increíbles.
Cuando el sol despuntó por el horizonte, aquella maravilla desapareció y todo quedó en silencio. Exactamente al instante apareció frente a la puerta del Papa. Los guardianes suizos se pusieron en alerta y pidieron refuerzos. Rodeado de aquellos arlequines, mantuvo su cuerpo erecto, su vista fija en la puerta. En cierto momento habló con la puerta y esta se abrió, entrando con paso lento a la residencia papal. Quisieron impedirlo, pero aquella fuerza invisible lo impedía.
El Papa estaba en una habitación haciendo sus oraciones y preparándose para la tarea del día. Sonó el teléfono, algo raro, pues era cosa prohibida interrumpir aquel momento.
—Diga, esto es algo no visto.
—Santidad, el Extraño entró a sus habitaciones y descansa cerca de su trono.
—¿Cómo es posible? ¿Y los guardias?
—Nada pudieron hacer, hay algo que impide acercarse.
—Entonces, ¿qué abrió la puerta?
—Ella abrió sola, Santidad. ¿Qué podemos hacer?
—Nada, yo veré qué hacer con tal imprudencia.
El Papa, ya con sus ornamentas, se dirigió a la sala del trono y allí vio al extranjero con su mirada perdida.
—¿Qué hace usted aquí? —le habló en un idioma africano. Era un Papa negro. —Vengo a hablar con usted.
El Papa se extrañó con la falta de solemnidad acostumbrada. Era como si estuviera hablando con cualquiera de la calle.
—¿Sabe usted quién soy?
—Conozco todo sobre usted, hasta sus pensamientos. Podemos hablar sin pronunciar palabra alguna. No sé de su vida interior, no se me es permitido.
—Dios se lo impide.
—No sé quién es Dios.
—Entonces, ¿qué?
—Tengo una misión que debo realizar.
—Y no sabe quién le mandó a tal cosa.
—No, y no es importante. Tengo que hacerlo y no puedo hacer otra cosa que no sea a lo que me han enviado.
—¿Algún ángel lo ha visitado?
—No sé qué son esos ángeles.
—¿Quién eres?
—No lo sé.
—Eso es imposible. Todo ser en esta tierra nace en un lugar, tiene padres, familia y nombre.
—Yo no he nacido, solo aparecí con un mandato. ¿De dónde soy? De ningún lugar. Familia no tengo. Tampoco siento lo que ustedes sienten. Conozco sus pensamientos y sentimientos, sus necesidades. No hay en mí nada de tales cosas, mas me es imposible hacer el mal, mas no puedo intervenir con vuestras voluntades, decisiones y acciones. Desconozco el futuro. Tengo poderes que no afectan a los hombres. Sé lo que piensan, sé lo que sienten. Conozco sus pensamientos, puedo moverme a grandes distancias diferentes a la misma vez y hablo todos los lenguajes.
El Santo Padre le habló en hebreo antiguo y él le contestó en hebreo antiguo.
—¿Eres hombre?
—Ello no tiene importancia, pero para estar con ustedes tengo que demostrar ser varón.
—Pasemos al comedor.
El Extraño se levantó y siguió los pasos de aquel hombre vestido de blanco. Se sentaron en una mesa pequeña. Una monja trajo el desayuno: algo de café, pan, mantequilla, queso.
—Come tu desayuno. ¿Cómo te llamas?
—No tengo.
—De alguna manera tengo que llamarte.
—Puedes usar el que quieras. Una vez lo digas, ese será mi nombre para ti.
—Bueno, déjame llamarte Tomás. Bueno, come y después me dices a qué vienes; tengo el día muy cargado.
—No necesito comer, pero si tú lo quieres lo haré. Me llamo Tomás. ¿Y tú cómo te llamas?
—Me llaman Su Santidad.
—Nombre raro el tuyo.
—Pareces no conocer nada de este mundo.
—Así es, pero basta verlos cómo actúan.
—¿Y qué dices de su comportamiento?
—No es cosa mía.
—Es cosa de Dios, el Ser Supremo.
—Tú lo dices. Por lo maravilloso que es todo lo que veo, de ser un humano creería profundamente en un ser tan brillante.
—¿Entonces no eres humano?
—No es importante.
Se callaron, tomaron y comieron su desayuno.
Una vez terminado el desayuno, el Papa invitó al monje afín a pasar a un cuarto donde acostumbraba el pontífice a repasarlo: el Derecho Canónico, pues muchas de sus decisiones debían seguir aquellas 1800 reglas. Allí pasaba algún tiempo meditando algo que llamaban las Horas. El cuarto era pequeño, pero lo suficiente para representar una salita con sus muebles, una mesita con tablero de cristal, un florero con alguna flor del jardín del Vaticano, un sillón especial para reposar o para leer con mayor comodidad. Una vez que entraron, dos guardias pidieron permiso para estar; pedido denegado.
—¿De dónde eres, Tomás?
—No tengo lugares; solo aparecí con una misión, la de Jeremías.
—¿Qué quieres decir?
—No puedo quitarme a lo que vengo, como un mensajero.
—Eso quiere decir que alguien te da los mensajes.
—No es así; el mensaje está inscrito en mi ser desde el momento que aparecí en este planeta.
—¿Eres de otro planeta?
—Santidad, no tengo orden ni ascendencias.
—¿Acaso eres Melquisedec?
—No, Santidad, es un misterio y esa orden nadie sabe qué es y quiénes la forman. Sabemos que Jesús, de la tribu de Judá, es de la orden de Melquisedec. Nadie sabe cuántos pertenecen a tal orden.
—¿Cómo sabes eso?
—Se me ha dotado de ciencias infusas. Puedo saber al momento datos, experiencias del pasado, lo que ha pasado, pero no lo que ha de pasar.
—¿Quién te ha dado tal gracia?
—No sé, ni debo saberlo. Santidad, debe entender que soy algo que no puedo explicar.
—Lo que dices es algo irrazonable.
—Para usted y para mí.
—Todos dicen de tus poderes. ¿Cómo se originaron?
—No puedo saberlo.
—Si no lo sabes, ¿por qué nos avisas, si no eres parte nuestra?
—Eso creía, Santidad, mas durante este tiempo he notado que siento emociones que llaman amor. Cuando no tengo misión, camino como desconocido por ciudades, especialmente las áreas más abandonadas, donde falta lo más necesario. He visto el dolor; también he sentido tantas almas aparentando felicidad, pero muertos en vida. He aprendido a amarlos, Santidad.
—En otras palabras, ¿tienes alma y consecuencia, una espina que te atormenta, un pecado original y derecho a recibir sacramento y ser salvado por la sangre del Cordero?
—De lo que hablas he visto el pasado y hasta puedo ver aquellos momentos. Conozco sus palabras, muchas que ustedes no han oído, milagros que no entenderían.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Cómo puedo saberlo, no lo sé, pero todo el pasado y el futuro ya están en un presente imborrable. Es como un libro cuyas páginas fueron escritas y puedes hojearlo y moverte y estar presente en el momento que quieras si te dan el poder de hacerlo. Nadie tiene el poder de ver la historia futura. Verás señales en tierra y cielo que te advertirán de lo que viene. Santidad, de ello sabes mucho más que yo. Mi misión es avisarles que la Tierra está en su vejez y que verán nuevos fenómenos que pueden ser entendidos por la ciencia. Esa es mi misión. Y te he venido a ver porque se me ha enviado a verte. Tú puedes abrir los ojos y oídos a millones, y ellos te obedecerán. Te
dije que soy como el profeta Jeremías. Ahora soy una curiosidad, pero verás que seré odiado y hasta querrán matarme, pues el miedo en ellos crecerá. Solo un resto nos oirá y se pondrá a la espera.
—¿Qué pasará?
—Mira, no lo sé, pero la Tierra, al enfriarse su magma, esta se solidificará, aumentando la masa del planeta, no la materia. Al reducir su volumen y aumentar su masa, la gravitación lo acercará más al Sol, su velocidad orbital... Por ello el Sr. Jesús dice que los días se harán cortos, las mareas se harán más prominentes y es posible que aumente la rotación planetaria. Los efectos serán desastrosos. Los científicos creen que esos son procesos a largo plazo, y es esa la gran equivocación. Santidad, todo se está acabando, la Tierra está entrando en agonía. He hablado con los que tienen poder, y hoy con vuestra Santidad. No es posible detener, pero sí prepararse para apaciguar la violencia que surgirá cuando entren en crisis.
Una vez terminada su alocución, desapareció. El Papa quedó pensativo y horrorizado por ver qué cosas debía hacer por todos los seres humanos. Aquella entrevista no fue publicada, pero sí hubo fotos de la presencia del mensajero en todos los rotativos y Pablo los leía con una solemnidad y con algo de temor.



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