EL ESPEJO PAPO
AGRADECIMIENTOS
A mi esposa
Gloria Rodríguez
A mi hija
Gloricel Vives
Raymond Lugo María Pérez Danny Fernández
EL ESPEJO
CAPÍTULO 1
Mientras se trasladaba al lejano barrio donde había sido mandado por su excelencia, repasó algunos episodios de su apostolado. No le fue sencillo el latín; para aquellos tiempos la misa era tridentina. Por ser un hombre al que el rector le tenía consideración —por ser chaparrón, escaso de pelo, bastante lleno de cintura, o más bien por lástima—, pudo pasar todos los niveles hasta el diaconato.
Se le dio un tiempo para que pensara si verdaderamente tenía vocación para ser ordenado sacerdote. Era un tiempo en que todos sus maestros esperaban que renunciara a la vida sacerdotal. No esperaban de él que llevara el mensaje del reino; sus prácticas de homilía eran desastrosas, pero muy amenas. Sus ocurrencias, el uso de su lenguaje ajibarado y las fábulas aprendidas le daban un toque hilarante. Las usaba con mucha frecuencia; la mayor de las veces no eran consonantes con las Escrituras ni con nada que no se pareciera a un salcocho de temas, uno encima del otro, sin orden ni son alguno. Sus compañeros no gustaban de estar con aquel sacerdote para no ser comparados.
En cuanto a los actos litúrgicos, no leía correctamente el latín y a veces dejaba espacios sin leer. La consagración... eso sí que era un acto teatral que a todos conmovía. Levantaba el cáliz y la hostia como si pesaran toneladas y, dado que su latín era una barbarie, introducía su campesino habla con una cadencia y lentitud mientras su éxtasis duraba. Al comer y beber la sangre y el cuerpo de Cristo, una vez consagradas las especies, se retiraba del altar varios pasos, abría sus manos y miraba hacia el cielo, sin el control de sus ojos que se movían para todos lados, uno independiente del otro. Luego se acercaba pasito a pasito mientras guturaba palabras extrañas, se arrodillaba y extendía su cuerpo sobre la vieja alfombra, boca abajo con sus manos extendidas y con aquel lenguaje de palabras torcidas.
Así se mantenía; si los acólitos no lo sacaban de aquel estado, nadie sabe las horas que pasarían y hasta existía la posibilidad de que su cuerpo y la alfombra se fundieran juntos. En esos momentos siempre acudía un sacerdote para dar la comunión, pues cada comunión que él daba tardaba diez o más minutos por comulgante. Más tarde en el tiempo, su homólogo en el Vaticano se le parecía en el tiempo que duraba la misa. No le otorgaban la misa mayor nunca, pues no podía cantar con aquel hablar torcido que tenía y el desconocimiento de los diptongos latinos.
Los otros dos sacerdotes reclamaron ayuda al obispo para que sacara a aquel ser de otro mundo que les estaba destrozando la imagen de la parroquia. Eran muy pocos los asistentes a sus misas y pocos los acólitos que se ofrecían para aquellas liturgias extrañas del regordete enano mal vestido.
Para el padre, el tiempo que le sobraba, que era bastante, lo pasaba con la gente del pueblo. Jugaba cartas, dominó y hasta algo que llamaban "burro" con barajas españolas. Fuera de la iglesia no había forma de pararlo, pero tampoco nadie quería, pues estar al lado de aquel Pío les daba una felicidad que no encontraban en la iglesia. Le gustaba la cerveza, el vino y el alcohol casero; algunas veces perdía la cuenta, pues el sabor del alcohol era como la miel de los dioses del Olimpo.
No tenía diferencias con nadie. No eran tiempos del protestantismo, pero a casi todo el pueblo le encantaban los espíritus y de eso él sabía bastante. En su campo se vivía con esos espíritus. Después del rosario nocturno, contaban todos los cuentos de aparecidos con una elocuencia y con unos adornos que hasta a los maduros asustaban. Los niños siempre los atendían con mucho respeto y con mucho miedo. El rosario a la luz de un farol con llama titilante creaba sombras que el "pollito" o el "Pío Pío", como le llamaban, creía ver como aquellas almas vacilantes.
CAPÍTULO 2
La llegada a aquella escarpa no había sido sencilla. Cuando salió del pueblo, primero tuvo que abastecerse de queso, aceitunas y algo de carne; una carne salada puesta al sol, seca, dura de mascar, llena de pimienta y ajo. Un barril de agua del río cercano, un baulito de ropa bastante maltratada por el tiempo regada con raíces de pachulí. Sus libros sagrados cogidos con premura: una biblia prohibida de Torres Amat; su prisa le hizo olvidar el libro de la liturgia y hasta el catecismo. Un cáliz, o más bien una copa bastante alejada del áureo, barato; una botella de vino kosher y unas cientos de hostias ácimas preparadas por el panadero del lugar. Un paquete de dulces de sabores y colores distintos, pensando en los posibles niños con los que podía encontrarse.
Vestido con su raída sotana, se montó en aquella pequeña calesa, más bien carreta de bueyes. Sus llamados coadjutores lo despidieron con alegría disfrazada. Los aldeanos sintieron una tristeza por aquel vacío que dejaba aquella alma buena con cara de niño bueno, lleno de refranes como el Sancho del Quijote, y de aquel cariño con el que trataba a adolescentes y niños. Era una gran pérdida en un pueblo que nada tenía de interesante que no fueran los periodos de Cuaresma y Navidad. Allí ni los esclavos rebelados y escapados consideraban la necesidad de quemar sus cañaverales, pues era pueblo de mercaderes y buenos hacendados, protectores de sus esclavos.
Ya parados en la cima de la escarpa, pudieron ver la aldea, sus casas esparcidas con sus diferentes colores de verde según los cultivos de diferentes variedades. En el centro, una casucha más bien parecida a un rancho para criar becerros o colgar tabaco; frente a aquel destartalado edificio, una plaza de tierra algo caliza con ciertos banquillos colocados alrededor de aquella desnudez, cercanos todos a los yerbazales que le servían de contorno. Bajó la bueyada por la pendiente estrecha con cuidado de las rocas esparcidas, piedras removidas por la correntía ocasionada por la lluvia.
Según se acercaba a la aplanada, se oía un murmullo y movimiento en todas aquellas humildes casas; a cada distancia se notaba el movimiento y la algarabía del vecindario. Ya muchos se encaminaban a la circular plaza, plaza que les servía de reunión en ocasiones de peligro por alguna tormenta o que usaban los fines de semana para el intercambio de productos agrícolas tan necesarios para el sustento. Ya casi llegando a la base de la pendiente, el padre Pío vio aquella pequeña multitud en silencio con sus ojos abiertos, a la espera de aquel visitante que pudiera ser alguno del cabildo con alguna nueva orden.
Mientras se acercaban al centro de la plaza, los habitantes se iban maravillando de ver a aquel pequeño hombre cubierto por una raída sotana. Se oía entre ellos murmullos: «Un sacerdote es el que viene a vernos. Gracias, Diosito, que todavía nos recuerdas». Según iba el cortejo todos se acercaban, se persignaban y pedían la bendición a aquel extranjero o visitador que enviara el obispo. El padre Pío, al verlos, sintió una alegría inmensa mientras daba la bendición con la señal de la cruz. Sus ojos iban derramando lágrimas de contentura. Eran sus ovejas, muy de él, como nunca las había tenido.
Junto a la alegría que le embargaba, sintió un peso profundo en su alma. Era una responsabilidad más que humana, era un mandato divino, demasiado serio para un hombre de tan poquita cosa. Allá muy adentro de su alma, pedía a su jefe celestial que le diera fuerzas para guiar a aquel redil que tanto necesitaba de la atención de un pastor. Ese pastor era él, padre Pío, y su parroquia su deber.
Aquella comunidad era un grupo de familias unidas por lazos de sangre que habían decidido cambiar su vida y salir de las condiciones de pobreza impuestas por España. Eran tiempos donde la mayoría de los productos necesarios se quedaban en las grandes ciudades y las comunidades vivían del contrabando; eran muy pocos los pueblos y una gran parte de la superficie de la isla eran terrenos baldíos. Encontraron en su búsqueda aquel lugar aislado, rodeado de grandes escarpas con aquel centro llano. Sus primeros tiempos fueron muy difíciles. De los bosques cercanos obtuvieron el maderamen para construir sus viviendas y poco a poco se fue estabilizando una solidaridad, un sentimiento común y hasta una modificación de la tonalidad de sus palabras.
No tenían grandes cosas y hasta les faltaban los más elementales medios educativos. No conocían de las letras y de los números, mas no hicieron falta pues aquellos vacíos no habían sido necesarios. Sus costumbres eran sencillas, aprendidas de sus padres. Una comunidad aislada pero unida por grandes y fuertes lazos. Una base religiosa muy profunda de carácter espiritual, llena de aquellos fragmentos aprendidos en un imperio de habla castellana.
El lugar escogido era un paraíso, con agua suficiente, neblinas al amanecer y al atardecer, y un fértil suelo donde hasta las piedras crecían. Aquellas montañas eran barreras para cualquier dureza ambiental; la altura de bajito o llano sobrepasaba los mil pies. A esas alturas el bosque era frondoso, los suelos muy fértiles, árboles frutales... Fueron necesarios para sus necesidades en el comienzo. Además, ya en el país se cultivaba el café, la caña de azúcar, los tubérculos, el arroz, el maíz, la pana, el plátano, el guineo y hasta el ajonjolí. Los productos necesarios para el sofrito y animales como
cerdos, reses, ovejas y cabros, y hasta los nuevos perros que se mestizaron con los canes indígenas.
Todas aquellas cosas llenaron la llanura, y hasta la miel del apicultor que les permitía la preparación de dulces y pan. El coco se sembraba, mas ofrecía cierta resistencia pues era planta costera. El cacao y el tabaco ya eran muy usados por los isleños. Una gran diversidad de productos y el deseo e ingenio hicieron aquella comunidad autosustentable y protegida de todo asunto de carácter político. Al ser un lugar poco accesible, era tierra olvidada, excepto por la poca atención religiosa que recibían pocas veces. Eran gente buena con alguna que otra liviana falta. Allí la ley era innecesaria.
CAPÍTULO 3
Mientras el padre Pío bajaba por aquella pendiente, su cerebro pensaba cómo llevarle la palabra de Dios; una palabra que nunca había entendido o poco le sabía entender. Su concepto de Dios era muy distinto a lo que había aprendido en el claustro. Dios, un ser tan misericordioso, era justiciero, mas su justicia no tendría cabida para sentencias eternas. Lo que llamaban purgatorio, donde las almas pasaban por un tamiz necesario para la purificación, entendía que aquellas almas que habían obrado mal eran parte de una historia por Dios grabada, donde todo lo que ocurría era necesario; de alguna manera que él desconocía, era lo que llamaban «la voluntad tras el manto».
Mientras bajaba la pendiente, pudo apreciar el avispero que se daba allá en aquella plazoleta polvorosa y arenosa, punto de relaciones no tan solo económicas, sino de poder comunicarse unos con otros, pues sus labores no le daban tiempo para el vecinato. Nunca el padre había tenido una experiencia de tal naturaleza. Su corazón se hinchaba y, dentro de sí mismo, entendía que Dios tenía para él una tarea que de alguna manera debía cumplir.
Su preocupación mayor era la ausencia de su misal y de los utensilios necesarios para cada uno de los rituales sacramentales. No tenía su estola, el cíngulo, la capucha. En su pensamiento flotaban aquellas palabras de Pablo de que Dios ayudaba al hombre en sus debilidades. En aquel estado de concentración, Goyo el bueyero lo despertó:
—Padre, prepárese que lo están esperando.
Cuando salió de su trance, vio una pequeña multitud de gente sencilla, vestida con sus trajes de trabajo; algunos llevaban utensilios de labranza y, alrededor de ellos, surcaba por todos lados un grupito de niños y niñas. Los mayores se mantenían en silencio con ojos desorbitados. Aquella imagen que se acercaba, ¿cuán peligrosa podría ser? Aquel ser cuya apariencia parecía no ser de clase, ¿podría ser un funcionario que les perturbaría su tranquilidad?
Al bajar de la carreta, se dieron cuenta de que era un sacerdote y sus rostros cambiaron al instante. Algunos rieron, otros lloraban. Cuando el padre pisó la tierra, se inclinó y tomó en sus manos algo del polvo y, arrodillándose frente a todos, elevó en su mano aquel pedazo de tierra al cielo. De lento proceder, estuvo varios minutos arrodillado, con sus manos hacia el azul del cielo.
Bendijo al levantarse con agua bendita, que traía en un pomo, aquella tierra. No dijo palabra alguna en aquellos momentos. Su pequeño cerebro y su gran corazón, el silencio ante la providencia divina, eran las mejores formas de comunicarse con el «Gran Jefe». Su mente totalmente vacía, su pecho apretado y, de sus ojos, lágrimas salían y se deslizaban sobre sus rollizos y rojizos pómulos.
CAPÍTULO 4
Se acercó a aquella gente sencilla que le abrió paso y, mientras recorría aquel "mar rojo", iba dando la bendición a cada lado mientras los párvulos se movían alrededor de él; unos lo tocaban, otros lo miraban con insistencia, otros daban saltos y giros. Mientras, los mayores, según recorría la estrecha senda, se agrupaban detrás del sacerdote hasta que todos quedaron atrás de aquel Moisés que venía de nadie sabe dónde.
Padre Pío no cesaba de derramar lágrimas y ello conmovió a toda la gente que lo acompañaba; era como si quisieran llenar el estrecho camino abierto. Aquella bienvenida era tan distinta a todas, pues era de una alegría diferente, llena de un misterio y a la vez de una incongruencia. El padre, mientras bendecía a sus nuevas ovejas, ni tan siquiera pensaba. Era un momento tan parecido a aquellos tiempos en que Jesús caminaba seguido por personas que necesitaban transformar sus vidas. En este caso, el padre sentía que de aquella gente algo maravilloso emanaba y lo confundía.
Cuando llegó a los pies de la iglesia —una casa abandonada de dos aguas llena de agujeros y madera carcomida por los insectos—, volvió a arrodillarse y todos juntos lo hicieron. Se oyó por primera vez la voz del Padre Nuestro, una oración llena de una profundidad que se había perdido en las grandes ciudades. Entró en lo que parecía ser la nave central; encontró un vacío de muebles y ventanas, y allí donde antes estaba el altar solo quedaba un tablero algo más elevado; a la izquierda, una puerta que daba a una sacristía inexistente.
Sus palabras fueron sencillas:
—Papito Dios, te damos gracias por este día en que me has permitido llegar a estos
hermanos que, no necesitando mucho por ser buenos, sencillos y unidos, necesitan de
tus sacramentos. No ando muy equipado, soy poca cosa, pero no me dejarás solo; y
estas ovejas que me has encargado, prometo, Papito Dios, dar hasta mi vida por ellos.
Ayúdanos, Señor, y que en esta pobreza de tu templo entren Tú como Padre, tu Hijo
como Salvador y el Espíritu Santo como Consolador. Ayúdame, Señor, y manda a alguno
de tus servidores que me ayude, me dirija, me permita darles sus sacramentos y llevarlos
a Ti.
Aquel Te Deum, momento de agradecimiento, entró en cada uno y todos gritaron: «¡Amén y Aleluya!».
CAPÍTULO 5
El padre Pío había nacido en el primer cuarto del siglo XIX, en el barrio Guamaní de Guayama, a orillas del río del mismo nombre. Era una época donde los taínos habían desaparecido; algunos muertos por aquellos trabajos forzados, no acostumbrados a una raza sencilla de vivir humilde; muchos otros taínos habían emigrado a las pequeñas islas del archipiélago. Había una población de casi 3,000 esclavos, muchos de los cuales para aquellos tiempos se habían rebelado contra los españoles. El nombre de su pueblo honraba a un cacique llamado Guamaní, que significaba "sitio sagrado".
La isla tenía solo dos pueblos de interés: San Juan y San Germán. En España habían comenzado las guerras carlistas; un hermano de Fernando VII llamado Carlos quiso destronar a la hija, Isabel. Por otra parte, las cédulas españolas permitieron a muchos europeos establecerse en el pueblo guayanés. Para aquellos tiempos, era el mestizaje el componente principal de la población y ya se veía un desapego de la cultura española, favoreciendo a aquel mestizaje llamado criollismo. Un obispo, Juan Alejo de Arizmendi, había llamado a los habitantes «compatriotas».
Guayama era un pueblo próspero: una plaza rodeada de europeos, unos cuantos hatos, cultivo de la caña y el tabaco, y algo de contrabando, pues la gran mayoría de productos no llegaban al pueblo. Gracias a una bahía, este comercio tan necesario compensaba las necesidades. Allí había nacido Francisco Morales Viera en un invierno lleno de nubes de gran humedad. Su padre, Francisco, y su madre, Juana, eran guanches y poseían una pequeña hacienda.
Su nacimiento, el primero de Juana, había sido fácil y rápido, pues lo que salió a los pies de la cama era una cosita que apenas pesaba. La comadrona, exaltada, gritó:
—¡Esto no es un ser humano, es un güimo!
Aquella cosita de carita redonda —más redonda que un círculo—, en vez de dar el grito acostumbrado, parecía reírse y mostraba unos ojos guanches más brillosos que la estrella de la mañana.
—Comadre Juana, este niño parece ser destinado a algo grande, no importa cuán chiquito sea.
Francisco y Juana eran personas dedicadas a la oración. Aquella casa estaba llena de rosarios: en la mañana, al mediodía y por la noche se cantaba el Regina Coeli y por lo menos un salmo. Eran personas de una ascendencia muy educada. Su bautismo fue en la iglesia restaurada dedicada a San Antonio de Padua y, como a todo guanche, fue entregado a la protección de la Virgen de la Candelaria.
Crecía el niño en poca altura y en poca ciencia, pero tenía una gracia tan particular que hasta los bueyes del cañaveral, cuando pasaba aquel pedacito de vida, "bueyaban" para que se acercara y pudieran lamerle su rechonchita cara. Los niños de la villa le llamaron Pío por parecerse a un pollito desplumado. Su casa, un santo lugar, le proporcionaba una paz y
felicidad increíble. Aunque el clima de Guayama era áspero —caluroso, húmedo y nubloso — y estaba lleno de los majes y mosquitos que rodeaban el río Guamaní, su casa algo los alejaba. En aquel santo hogar solo entraba el canario de mangle, la reinita mariposera y los turpiales; estos últimos nadie sabía de dónde habían llegado.
Más que todo, su casa estaba llena de una atmósfera misteriosa y milagrosa; era cómoda, una sábana inmensa que daba luz, paz y tranquilidad. Pío acompañaba a sus padres con aquellas oraciones y rituales; su devoción le daba una tranquilidad nunca experimentada. Los domingos iba a la misa del padre Fernando y, desde que entraba, su cuerpo sentía un cosquilleo, un temblor que no entendía. Cuando llegaba el momento de la hipóstasis del pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo, Pío caía en un letargo que a sus padres los atemorizaba.
A la edad de diez años, le dijo a sus padres, Francisco y Juana: —Papito, mamita, Papito Dios me necesita, debo ser sacerdote.
Aquella salida inesperada colmó de asombro a sus padres, pero también de una alegría inmensa. No tenían más que a Pío, su única forma de tener descendencia, mas consideraron que llegar a tener un hijo sacerdote era una gracia demasiado grande para tan humilde familia. Su padre habló con el padre Fernando y se hicieron los arreglos para mandarlo al seminario de San Idelfonso. Fue un sábado en la mañana cuando Pío preparó sus bártulos y se despidió de su Francisco y de su Juana, sus únicos tesoros.
CAPÍTULO 6
Había dado sus primeros pasos a la entrada de aquel templo desvencijado de paredes grises, de piso polvoriento, de cientos de hendijas por las que entraban —por paredes y topes— aquellos polvillos danzantes. A eso de las cuatro de la tarde, el sol deja pasar su luz a través de aquellas hendijas, cubriendo el suelo de un tablero de cuadrados y rectángulos de lados imparejos. Sus pasos lentos se acompañaban con tristeza profunda, mientras pensaba que aquel escenario era semejante a unas tres de la tarde cuando, al morir el Salvador, el templo quedó vacío. No era aquel lugar el sitio apropiado para morada de su Papito Dios.
Sería una imprudencia celebrar cualquier acto de adoración o día solemne de la Virgen de la Candelaria. Ni un crucifijo, ni imágenes de santo alguno, ni tan siquiera una estatuilla que recordara el quehacer evangélico de mil ochocientos años. Su corazón palpitaba con fuerza, sus sienes crepitaban con un ritmo descabellado y sus ojos se aguaban y hasta sus piernas temblaban. Sentía que el primer deber eran los deberes de Nehemías después de la liberación del persa: Papito Dios quiere una casa nueva, una morada donde se sienta cómodo; donde aquella villa de guanches y esclavos sintiera la presencia y la atmósfera de la casa de Dios, tan parecida a aquella que disfrutaban los santos en las moradas preparadas por el Salvador.
Siguió adentrándose por aquel espacio como si caminara hacia un vacío lúgubre. Al llegar a lo que había sido el altar y el sagrario, dobló sus rodillas y recitó:
—Me acerco al altar del Dios que me ha hecho su sacerdote, os pido que no se aparte su presencia y me ayude a conducir sus ovejas al reino que para esta comunidad ha preparado.
Se inclinó un poco más hasta que su frente tocó aquel polvoroso y maloliente suelo. Una vez levantado, giró hacia la derecha y entró al cuartucho desvencijado. Era un desorden; y sobre una de aquellas perforadas paredes, colgaba un espejo de plata con algunas esquinas cortadas. Miró aquel colgante objeto y, parado frente a él, recordó los rituales y palabras incompletas que eran necesarias mientras se vestía. Cada una de las piezas que eran necesarias para la celebración del gran misterio: El lavado de manos ("Limpia mis manos para que, no contaminado mis manos y mi cuerpo, pueda servirte"); el amito sobre sus hombros ("Sálvame de todo lo diabólico"); el alba, una sotana blanca larga, mientras pedía: "Límpiame con la sangre del Cordero para gozar de la felicidad eterna"; el cíngulo torcido sobre la cintura mientras pedía que lo librara de la lujuria y le diera fuerzas para conservar la castidad; el manípulo, símbolo del trabajo y el servicio a sus ovejas; la estola, símbolo del orden o imposición de manos, que representa la pérdida de la inmortalidad por su pecado original; y la casulla con su símbolo de ser el representante de Cristo y la conservación de la gracia.
Todo aquello pasaba por su mente mientras su mirada ausente caía sobre aquella placa de vidrio cubierta de plata. Cuando despertó de su éxtasis, algo extraño notó en su reflejo
sobre el espejo: aquella imagen, a pesar de reflejar su cuerpo, le sonreía.
CAPÍTULO 7
Al salir del cuasitemplo, la gente lo esperaba. Empezó una improvisada homilía:
—Vayamos a la casa del Señor, pero no tenemos casa donde habite el Señor y se sienta cómodo. Amados hermanos, la casa donde habita nuestro Salvador está destruida. Es preciso reconstruirla de la manera que nuestra vida necesita. La morada, el templo, es casa sagrada y debe estar en las mejores condiciones. Yo, como sacerdote, tengo la obligación que tuvo San Francisco de construir una casa para el Señor. Él tenía un grupo de hermanos que le ayudaron; yo los tengo a ustedes, si desean ayudarme.
Un grito al unísono salía de aquella pequeña multitud:
—¡Sí, padre, la reconstruiremos!
Ernesto, el maestro de obra, clamó:
—Padre, yo me encargaré de dirigir la obra si vuestra merced lo ordena.
El padre dijo:
—Hoy te convierto en el primer anciano de nuestra parroquia. Acércate, hermano, e inclínate para que recibas la unción que corresponde para los ancianos de la iglesia.
Ernesto humildemente se acercó al padre y se inclinó, mientras el padre ponía su mano derecha sobre su cabeza diciendo:
—Hoy te nombro anciano de la iglesia. Dios te dará la gracia y la sabiduría para que me ayudes a gobernar la vid de Papito Dios.
Un fuerte aplauso resonó de aquella humilde gente; el más fuerte y duradero salió del ateo y su familia. Había comenzado la hormiga de la conversión a picarle su corazón. Los bendijo el padre.
Ya que la tarde caía e iba la oscuridad naciendo —era un jueves—, el padre durmió sobre el suelo de la sacristía; solo la luz de una luna creciente dejaba caer sus rayos sobre su cuerpo. Amaneció muy temprano, pues era verano. Se oía un traqueteo en la comarca. Muchos hombres y adolescentes cortaban los camaseyes plateados de tallos rectos, mientras Ernesto daba órdenes sobre el largo necesario. En su cabeza de carpintero ya tenía las imágenes de cómo hacer su trabajo. No solo se repararía el templo: se haría una casa pequeña para el padre y unas letrinas. Con los troncos de bambú se haría una cañería conectada a uno de los muchos manantiales de agua fresca que emanaban de la montaña.
Aquel trabajo, armoniosamente dirigido por el maestro Ernesto —y ahora anciano—, terminó el martes de la próxima semana. Era hermoso el contraste: bancos hechos con tablas obtenidas de la palma real y paredes de sándalo del país y camasey plateado. El altar hecho con aceitillo y espino rubial, dándole un aroma a trementina y un color amarillento hermoso.
La sacristía se reconstruyó totalmente: una mesa amplia a la altura de la cintura del padre y, en el centro, aquel espejo que el padre quería conservar. Imagen que no dejaba de reírse
cada vez que el padre Pío se ponía al frente. Había probado que solo se sonreía con él. Le inquietaba el misterio que guardaba; parecía ser un ave de buen agüero. Todo se realizaba con éxito a la sombra del sonriente sacerdote. En su soledad parroquial, lo consideró su coadjutor.
No se olvidó el maestro de la cruz procesional ni de la cruz que debería estar en el centro del altar para recordarles la sangre vertida por Jesús. Todo quedó hermoso y el espejo sonreía. Ambas cruces fueron hechas de palo de rosa y el Cristo de la cruz procesional fue hecho por un tallador de la comunidad.
El padre llamó a Ernesto y le dijo que necesitaba dos acólitos y un sacristán. Esa sería su segunda tarea en la viña del Señor. No pasó el día cuando Ernesto le presentó al mayor y más sabio de la comunidad, don Pedro Pérez, y a dos jóvenes menores de doce años. A don Pedro lo ungió como anciano y sacristán. Les explicó sus deberes; a los acólitos los nombró "los inocentes del altar", o sea, los monaguillos (pequeños monjes). Les advirtió que, como servidores del altar, su conducta debía ser la mejor posible y que, después de cumplir sus doce años, ya no podrían considerarse "los inocentes". Ello le recordaba que antes del ofrecimiento debía lavarse sus manos frente a "los inocentes".
Ya todo estaba listo menos las velas; estas fueron otorgadas por el apicultor de la comunidad. Llamó el padre a sus dos ancianos y les dijo que el domingo bendecirían el templo y que para ello necesitaban alguna ceniza que sirviera de incienso. Aquello no fue un problema; en el bosquecillo había árboles de masa cuya resina, al quemarse, tenía un aroma parecido al incienso. Solo faltaría el incensario y la pila bautismal; estas aparecieron al día siguiente, sábado. Aparecieron varias mujeres de la comunidad con todos los ornamentos necesarios para celebrar la misa. Al padre, ante aquella sorpresa, se le salieron dos grandes lagrimones; las bendijo y les dio hasta una indulgencia en gratitud por aquel bien hecho a la iglesia.
Tomó las vestimentas y las llevó a la sacristía y, al alzar su rostro, la figura del espejo estaba sonriendo, pero esta vez se oyó su sonrisa.
—Papito Dios, algo me pasa. No entiendo, pero si viene de Ti este milagro, lo acepto con gran humildad.
Al volver al espejo, la mano derecha de la imagen le hizo un pequeño saludo.
CAPÍTULO 8
El sábado, con un sol ardiente y una alta humedad que abría los poros de la piel y mojaba los vestidos, era el día del intercambio. La comunidad se había levantado temprano y acomodado las carretas de sus productos para llevarlos a la plazoleta. En ese día acudían de comunidades vecinas los campesinos con sus productos listos para el intercambio. Algunas de ellas vacías, eran los mercaderes que venían a surtirse de productos que luego vendían en el pueblo.
Ernesto se presentó ante el padre a ver si le era necesario algo. El padre le dijo que solo necesitaba dos cosas: harina, que de conseguirla eran las especies necesarias para la primera misa.
—Esta tarde necesito reunirme con los ancianos; espero que hayas seleccionado los ocho ancianos que nos faltan. Mañana es día del Señor y bendeciremos el nuevo templo. Necesito una sierva que nos prepare las hostias, así que buscarás entre las mujeres la que creas más apropiada. Nos vemos esta tarde a eso de la hora sagrada de las tres. Ve con Dios y que a todos les vaya bien.
A eso de las nueve ya la plaza estaba llena y lista para el intercambio. Hubo una pausa, pues los vecinos de las comunidades cercanas se sorprendieron al ver aquel edificio hermoso donde antes estaba la casucha. Todos acudían a ver la nueva casa y se dieron cuenta de que era un templo. No había puertas y la entrada estaba cruzada por dos franjas que impedían la entrada. Era muy hermosa, toda hecha de maderas nobles. Preguntaron por aquel milagro que no vieron el pasado sábado. Era increíble y hasta milagroso levantar un edificio tan hermoso en tan poco tiempo.
Uno de los observantes, mirando hacia la cúspide de un techo de dos aguas, notó un campanario sin campanas. Él tenía una en su hacienda para llamar a sus obreros al trabajo, para la mesada al mediodía y cuando era el final de la tarea.
—Mi campana debe estar en ese campanario; será de gran ayuda tanto para ellos como para todos. Cada vez que suene, gracias y providencia del Señor llegarán a nuestras haciendas y negocios.
Ernesto estaba muy cerca y se ofreció a mandar a uno de sus vecinos a buscarla. Aquel domingo se iniciaría el nacimiento de la nueva parroquia, cuyo nombre aún no estaba decidido.
El trueque y las ventas terminaron a las dos de la tarde. Los paisanos se despidieron, mas no sin antes mirar hacia el templo y persignarse. El templo se les había esculpido en sus seseras. Pensaban lo maravilloso que tendría que ser el pastor de aquella comunidad para lograr cosas imposibles e increíbles. No lo habían visto en ningún momento.
A eso de las tres se presentaron Ernesto, Pedro, ocho hombres de edad mediana y una señora anciana. Se sentaron en la grama junto a las camándulas. El padre ungió a los ocho ancianos y les explicó que Ernesto sería el Santiago del grupo y Pedro el Cephas. En ellos
estaría el gobierno de la iglesia mientras él estaría dedicado a las cosas sagradas. Una de las obligaciones de aquellos ancianos sería la educación: todos tendrían que aprender de letras y números. Escoger a aquellos que entendían de cómo curar y hacer vendajes. Ningún problema entre ellos sería llevado a las cortes españolas; todo posible delito sería juzgado y condenado por los diez ancianos.
—Dios ha decidido esto y no sé cómo explicarlo, pero por ahora debemos conservar nuestra comunidad. Si alguien viniese de afuera, los ancianos determinarán cuán aceptable pueda ser para todos. No juzgaréis sus creencias, pues Dios obra de una forma distinta al hombre. Sólo el tiempo le hará al hombre entenderlo.
Dirigiéndose a la anciana, le explicó que debería hacer una masa de trigo delgada sin usar levadura y, una vez cocida, se partiría en pedacitos. Mientras estuviera haciendo su trabajo, debería orar, porque aquellos pedacitos se llamarían hostias: la ofrenda que Dios convertiría en su cuerpo. No había traído las suficientes.
—Mañana bendeciremos el templo a las diez de la mañana; debéis usar vuestros mejores vestidos, será como preparativo para una primera comunión de todos. No olvidéis invitar a la familia del que dice ser ateo; es hombre de buen corazón y me gustaría que nos honrara con su presencia. Podéis iros, menos Ernesto y Pedro.
Cuando partieron, el padre llamó a Pedro:
—Tú llevarás la cruz procesional, debes usar una sotana con un cinturón azul; y tú, Ernesto, usarás una sotana blanca con un cinturón rojo, llevarás el incensario. Al frente de la procesión, los monaguillos a ambos lados de la cruz procesional; yo detrás con uno de los ancianos vestido de sotana blanca llevando el agua bendita y el hisopo. Orad a Dios para que nos acompañe.
Bendijo a los presentes mientras pensaba en el espejo, su única referencia de que lo que hacía era lo que Dios quería.
CAPÍTULO 9
Aquel sábado, entrando la noche, recibió una sorpresa: Francisco y Juana llegaron de Guamaní. Su alegría fue inmensa. Besó las manos de su padre Francisco y abrazó a su madre Juana.
—Padres, cuánta alegría siente mi corazón; Dios os ha enviado para que ayudéis a su pollito en el momento que mi alma más necesita. Esta noche necesito de sus oraciones. Pedid a mi Papito Dios que me sostenga; si es su voluntad, regresaremos al Guamaní. Todo está en sus manos. Vayamos pues juntos a la casa del Señor que mis hermanos le han construido.
Rezaron el rosario, una oración del siglo XII. Escogieron los misterios dolorosos, pues aquella noche no sería una noche común; era noche de luna llena, una luna que acompañó al Señor aquel viernes, la noche de su angustia. Sus padres se durmieron por el cansancio de tan largo viaje.
El padre Pío, en su preocupación y bajo el sonido de aquellos miles de cantares de cigarras, ranitas y las maravillosas luces de los cucubanos, leyó a la luz del farol una Biblia de Torres Amat que había obtenido de un hermano monje del contrabando que se daba. Era un peligro que las personas la tuvieran; serían castigados por la Santa Inquisición. La Biblia solo pertenecía a los sacerdotes diocesanos. Buscó entre los salmos, los evangelios y hasta en las epístolas que serían las lecturas para tan sagrado acto. Escogió la dedicación del templo de Salomón en el Libro de los Reyes; en Mateo 16, donde Cristo edifica su iglesia; y en Efesios, sobre la iglesia fundada por los apóstoles. Lo demás sería lo que Dios quisiera y el espejo consintiera. En eso pasó horas, hasta que a eso de las cuatro de la mañana se coló la luz del alba; Venus, estrella del alba, entró a su cuarto y lo hizo descansar.
A eso de las seis de la mañana lo despertó el repicar de la campana. Por primera vez se usaba; su sonido y la forma de repicarlo parecían algo fuera de este mundo. Ernesto era el virtuoso que la hacía repicar de aquel modo tan maravilloso. Todo el pueblo despertó y comenzaron los preparativos, pues a las diez todos deberían estar en la plazoleta. Sería el más hermoso de los días; se bendeciría una iglesia nacida del buen corazón de aquellos hermanos aislados del ruidoso y perturbador mundo, según declara San Juan de la Cruz.
Ernesto estuvo con el papá de Pío, Francisco, y Juana. Aquella mañana solo tenían un té de almácigo; era rojo, espumoso y muy vitalizante para poder sostenerse en pie durante toda la ceremonia, que sería muy larga. Llegaron al lugar donde estaba reunida la comunidad. Todos vestidos de blanco con la cinta o franja azul ajustada a la cintura. Aquel blanco era resplandeciente pues el sol les daba de frente, astro que había rebasado las escarpas.
Se acercaron a la multitud el padre; Pedro con la cruz procesional; Ernesto con la mirra del árbol de masa; uno de los acólitos con un baldecito de agua y el otro con una rama de una herbácea llamada Conyza, plantita común del barrio que usaban como un hisopo. Era una medicina potente para los problemas de artritis (algo simbólico que activaría fibras,
músculos, corazón y alma), llena de miles de margaritas. Detrás de la procesión venían Juana y Francisco llevando los ornamentos a usarse.
Llegados al lugar, se oyó un aleluya que hizo temblar hasta las hojas de los árboles. Pedro, el sacristán, dejó su cruz con Ernesto, tomó los ornamentos y se acercó al sacerdote. La familia negra se unió y empezó la preparación de la vestidura y las oraciones para cada ornamento. Al final, se puso su bonete de tres picos. La procesión comenzó mientras todos cantaban el himno aprendido esa semana:
Queremos a Cristo proclamar, como un estandarte levantar. Que toda la gente pueda ver, Él es el camino al cielo. (Puente)
Paso a paso hacia el frente,
poco a poco a ganar.
La tierra para Cristo,
es nuestra meta a lograr.
Llegaron al frente de la iglesia; el padre se quitó su bonete y proclamó la bendición oficial para convertir la casa en hogar y templo del Señor:
—Oh Dios, Padre Eterno, en el nombre de tu hijo Jesucristo, nos presentamos ante Ti con corazones humildes para dedicar este lugar a tu santo nombre. Te pedimos, Señor, que mires con bondad este templo y lo santifiques con tu presencia. Que este lugar sea un faro de luz, un refugio de paz y una casa de oración para todos los que busquen tu refugio. Declaramos este espacio como tierra santa. Que tus ángeles custodien sus puertas y que tu Espíritu Santo reine en cada rincón, iluminando las mentes y consolando los corazones de quienes aquí se reúnan. Reprendemos toda influencia negativa y pedimos que solo tu amor, armonía, rectitud y bondad habiten aquí. Que tu bendición abunde, impidiendo la escasez espiritual y física. Consagramos esta casa para la adoración, la oración y la enseñanza de tu santa palabra.
Aquello ocurrió con una gran solemnidad; muchos lloraban y hasta el sol fue cubierto por unos extraños cúmulos de nubes blancas. El lugar quedó bajo una tenue sombra y se esparcieron por todo el lugar perfumes de jazmín y albahaca. El padre, junto al sacristán, bendijeron con agua e hisopo toda la iglesia. Al terminar, invitó el padre a entrar al nuevo templo dedicado a la virgen de los guanches, la Virgen de la Candelaria.
El último en entrar fue el ateo, don Juan Morales Acosta, y su familia. Junto a la comunidad habían llegado desde temprano algunos vecinos de otras comunidades. La iglesia no dejó espacio libre, mientras aquel cúmulo de nubes blancas se tornó gris y dejó caer sobre la iglesia una tenue y placentera lluvia que intensificó los perfumes de los árboles florecidos y
creó un ambiente tan fresco que hasta las ranitas, cigarras y grillos produjeron un sonido muy parecido al canto gregoriano.
Una vez terminados los dos bautismos, entró a la iglesia detrás de sus acompañantes, pasó por la nave central y, al llegar al altar, le pidió a los servidores del altar un poco de tiempo mientras entraba a la sacristía. Posado frente al espejo, vio su imagen con el rostro inclinado, sus ojos cerrados y sus manos en oración.
—Dios me ha concedido el poder de bendecir y convertir esta casa en su templo.
Salió al altar y con el hisopo vegetal fue bendiciendo a todos los feligreses hasta parar frente al ateo Juan Morales.
—Juan, ¿quieres recibir tú y tu familia la bendición de Dios?
—Sí, quiero, padre.
Lleno de gozo, el padre bendijo a Juan, a su esposa y a sus guanchitos.
—Más vale uno que cien que no necesitan, Señor, tu especial cuidado.
En su interior permanecía el espejo y la aprobación que Dios le concedía.
CAPÍTULO 10
No teniendo el libro litúrgico, rezó: "Señor Dios, dame la forma de adorarte y celebrar los misterios". Usaría las partes litúrgicas usando aquel lenguaje criollo, comienzo de la identidad de una nueva raza. Pidió a los feligreses que repitieran algunas partes que el sacristán advirtiera.
Haciendo la señal de la cruz, el sacristán levantó su brazo y todos se persignaron.
—Me acercaré al altar de mi Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo.
Entró al "Yo pecador" que todos recitaron y, pidiendo a todos que se arrodillaran, dijo:
—El Señor perdone todos vuestros pecados.
Todos contestaron: "Amén".
Pasaron al "Ten piedad" y de ahí a la oración "Limpia mi corazón". Comenzaron las lecturas relacionadas con el templo y se terminó con Mateo, donde se habla de la necesidad de vivir fundamentados en los apóstoles del Señor. El padre Pío le pidió a los feligreses que reflexionaran en torno a los evangelios y aquel día en que Dios había retornado a su casa. Hubo varias opiniones referentes a la palabra y luego el padre repitió:
—Palabra de Dios. Amén.
Se pasó a la tercera parte a partir del Credo de Nicea; se hicieron las oraciones por la iglesia, por los difuntos y por los presentes y familiares. La próxima parte era el ofrecimiento de las especies y la consagración. Padre, Ernesto, Pedro y acólitos se sentaron y ofrecieron un momento de preparación y solemnidad necesario para aquel momento que solo a Dios pertenecía.
Levantado el cura, acudió al altar, lavó sus manos y ofreció pan y vino para que fueran transformados. En el momento crítico, no podía casi hablar al repetir las palabras que convertían el pan y el vino en el cuerpo y sangre verdadera de Cristo. Ernesto y el sacristán tuvieron que sostenerlo. Terminada la consagración, necesitó reposar. Su cuerpo no resistía aquel milagro y misterio tan grande dado a los hombres y especialmente a él.
Mientras la feligresía se mantenía arrodillada, el padre se levantó, tomó la hostia ya consagrada y los invitó a comulgar. Hubo cierta resistencia y el padre dijo en voz muy alta:
—Todos están limpios. Acercaos a la mesa del Señor.
Todos acudieron y comulgaron. Juan Morales se quedó atrás con sus hijos.
—Juan, acércate; tú también y tu familia están limpios.
Juan y su familia se acercaron al altar y comulgaron. Al terminar, entró una paloma blanca y se posó sobre el hombro de Juan. A partir de aquel milagro, la paloma no se apartó de Juan y su familia.
Al terminar la misa, el padre les dijo que aquel día sería festivo por siempre, que debía celebrarse con gran alegría. Antes de salir, llamó a Juan y a su familia y bautizó a cada uno. Luego salió en procesión hacia afuera del templo. Aquel día hubo fiestas entre los vecinos.
El padre Pío participó con sus padres y luego se retiró mientras Ernesto tocaba para el Ángelus.
El padre no olvidó las manifestaciones del milagroso espejo. La noche fue muy clara, de luna llena, y los campos llenos de luces relampagueantes de cucubanos, de la orquesta de grillos, cigarras y ranitas. Aquel coquí... el coquí ya era parte de la Patria Nueva.
CAPÍTULO 11
No todo ocurre con el bien que deseamos. Una vez que los vecinos acudieron a la pequeña villa y se encantaron con aquellos guanches y con su sacerdote, el padre Pío, encontraron que en aquella vecindad que giraba en torno al templo de la Virgen de la Candelaria se propagaban las noticias y los milagros logrados en tan aislada villa. Entrar a aquel sumidero era algo imposible de explicar; algo conmovía sus corazones o sus almas, una empatía con aquellos guanches y sobre todo con un sacerdote que no excitaba nada fuera de lo normal, hasta llegar a su cercanía. Era como un aura que lo rodeaba y, cuando esta los tocaba, sus almas temblaban.
No comprendían el carisma de aquel humilde y pequeño servidor de Cristo. Era tan impactante como aquellas manchas de plátano sobre sus ropas, imposibles de quitar. Cada domingo asistirían a aquellos rituales donde cada uno podía hacer sus aportaciones y todas eran respetadas, pues el padre Pío señalaba que Dios habla sus verdades por los humildes y no por los sabios que rebuscan caminos tortuosos que los alejan de Dios. Para el padre Pío, Dios era simple de entender, pero los hombres lo habían convertido en muralla inaccesible. Acostumbraba muchas veces a repetir: «Dios no es un ser para ser comprendido; es algo no entendible, que basta adorarlo, quererlo y tenerlo».
Aquellas maravillas pasaron a las comunidades vecinas y ello hacía que el templo no bastara para tantos; sin embargo, el padre entendía que todos, al salir del templo, sufrían cambios en su vida que mejoraban sus relaciones, que de ellos salía el perdón y, sobre todo, la necesidad de ayudar al necesitado. Aquellas experiencias se contaban entre los vecinos hasta ser oídas por el párroco de la vecindad. Este decidió enviar a una persona de la compañía de la Inquisición —la que cientos de años luego se llamaría el Dicasterio para la Doctrina de la Fe en el Vaticano—.
El siniestro personaje fue anotando cada una de las actividades del padre que lo alejaban de las enseñanzas institucionales. Tan grande fue el listado de lo que consideraba que el padre realizaba en contra de la jerarquía y de los dogmas, que al llevarlos al párroco, este los envió al obispo reinante, monseñor Francisco Puentes. Al ver aquel listado, el monseñor optó por relevar y excomulgar al padre Pío, según una parte del derecho canónico que le daba derecho a hacerlo sin contar con el Vaticano. Hizo una carta de esas que aparentan legalidad apostólica, basada en el derecho canónico; la selló con lacre y la envió directamente al padre Pío con uno de sus monseñores.
La carta sellada llegó al final del mes de agosto, entregada por el monseñor inquisidor. Una vez entregada, el interfecto desapareció de su presencia. El padre Pío abrió aquella carta del obispo donde se le relevaba de su puesto y quedaba fuera de la iglesia que tanto adoraba. Fue con su carta al espejo de la sacristía y vio a una imagen muy compungida y con lágrimas que se deslizaban por sus pómulos. Preguntó:
—Decidme, Padre, ¿qué mal he hecho?
Ese momento de dolor de persona e imagen hizo que aquella, por primera vez, le hablara:
—Padre, vos sabíais que todos los que predican con verdad son perseguidos. Eres uno de ellos, mas no sientas dolor; Dios ha estado y estará contigo por siempre. Vuelve a tu pueblo, pues aunque los hombres te han desechado, tú serás siempre un apóstol de tu Papito Dios.
La imagen desapareció, pero dejó una alegría en el "padre pollito" que nunca se acabaría. Se inclinó ante el espejo y agradeció que Dios usara a tan insigne ser para llevar su palabra, aunque fuera de manera extraña. Salió de la sacristía y fue a donde sus padres a informarles del castigo obispal. Sus padres lo abrazaron y le dijeron que, de la misma manera que Dios lo había amparado, ellos, siendo tan pequeños, estarían con él. Su madre Juana le dijo:
—Hijo, el día que naciste, Dios te hizo su sacerdote. Tu nacimiento fue tan extraño que todos pensaron que habías sido escogido para esta milagrosa tarea.
El padre llamó a Ernesto y le dijo que preparara una carreta para llevarlo al norte con sus padres, pues era necesario que retornara a su Guamaní, en Guayama. Ernesto quiso preguntar, mas el padre le contestó que hay cosas que no deben saberse. También le dijo:
—Ernesto, nadie debe saberlo. En el trayecto te diré lo que te recomiendo.
Aquella mañana, antes de despuntar el sol, vinieron Ernesto, Pedro y Juan. El padre y sus padres montaron en la carreta y se fueron por un lado opuesto y mucho más transitable. En pocas horas llegaron a la costa. Durante ese tiempo el padre Pío les dijo:
—Dios ha sido muy bueno con este pobre sacerdote. Con ustedes hemos logrado tener una casa para el Señor. Hemos fortalecido nuestros lazos y yo me he sentido amado. Seréis siempre los ancianos, aunque cualquiera os rechace; es una orden divina. Velaréis por vuestro pueblo y seréis humildes ante el nuevo pastor. A ti, Ernesto, Pedro y Juan, encomiendo que saquéis el espejo de la sacristía; ese ha sido el misterio de nuestros éxitos, que le pertenecen al Señor. Guardadlo y protegedlo; él ha sido mi mentor durante el tiempo que he estado con ustedes. Ahora regresad a la villa; Dios me dará una forma de llegar a mi pueblo. Ernesto, Pedro y Juan, a ustedes encomiendo la protección, las enseñanzas y el cuidado de sus hermanos. Os aseguro que nos veremos en el reino de los cielos.
Ellos, llorando, regresaron a la villa, mientras el padre y sus padres caminaban por aquella carretera o, más bien, ruta con demasiados obstáculos. Sea la bendición del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo a quien esta corta novela lea. Amén.
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