domingo, 9 de agosto de 2026

TERREMOTO AGUADILLA 1918

 


Danny fernandez Jimenez

Archivos adjuntos14:22 (hace 8 horas)
para
Nací en Higüey, un sector al noroeste de Aguadilla, en el 1904. Era un sector de
paisanos muy pobres; casas de madera, unas pegadas de otras, a pocos metros de la
costa. Lugar tan familiar como los lugares donde se agrupaban o se juntaba la pobreza.
Casi todos vivíamos de la pesca, de los chitones, erizos, jareas del río y los diferentes
peces que merodeaban aquel mar claro, transparente, tranquilo. Nuestro abuelo Antonio
Elliner, casado con Pascalia Vives, un hijo y varias mujeres, entre ellas mi madre
Ángela, fueron su descendencia. No conocí a mi padre, pero sí a mi abuelo Antonio y a
su hijo Laureano. Explicar no puedo del porqué aceptaron tener el apellido de nuestra
abuela. Cabe la posibilidad de que, a finales del siglo XIX, estas familias eran
descendientes de los judíos sefardíes, y era mucho más seguro tener tal apellido que
aquel apellido danés o neerlandés muy relacionado con el protestantismo que, para
aquellos tiempos, se había originado en el barrio Malezas de Aguadilla, movimiento
fundado por Antonio Badillo con la Biblia de otro danés, Eduardo Heyliger, quien había
logrado contrabandear las biblias de Torres Amat. Mi abuelo Antonio era un hombre
delgado, alto, de ojos azules, con un hablar donde se mezclaban Curazao y Aguadilla.
Aguadilla, para mi tiempo, era un pueblo de 33 millas cuadradas con una población de
24 300 personas. Un cerro histórico y místico, llamado Cerro de las Ánimas, lo separaba
como muralla. En aquel cerro hubo un milagro que se recuerda: a mitad del siglo XIX los
ingleses quisieron invadir a Puerto Rico entrando por aquella amplia bahía en forma de
herradura. Hubo una rogativa a las ánimas y, desde la pendiente de aquel cerro, bajaron
miles de guerreros dentro de una gris nebulosa. Todo el ejército inglés, ante aquellos
armados fantasmas, huyó de la costa. También este cerro es el lugar de los volantines
del ilustre José de Diego; de las plantas colectadas por Ana Roque, defensora de los
derechos de la mujer, fundadora del Liceo de Ponce y maestra superior (inclusive en el
pueblo de Quebradillas, a donde se hizo zapatero mi tío Laureano); Agustín Stahl; la
primera poeta, Bibiana Benítez; Carmen Gómez Tejera, fundadora de la pedagogía
escolar del tiempo; los Figueras; los Sanabia y el compositor Rafael Hernández. Una
constelación de estrellas de primera magnitud. La flora era muy diversa: desde los
arenales, humedales, costas rocosas, arrecifes y la biodiversidad de la región del
Jaicoa. Allá a lo lejos el faro, que no sospechaba que le quedaban pocos años o días,
según esté usted ubicado en el tiempo. Los edificios del área urbana aparentaban ser
muy sólidos, pero estaban hechos de una amalgama de barro y otros materiales que no
compactaban. Ya para aquellos tiempos se peleaban Aguada y Aguadilla por el lugar deldesembarco de Colón. En el 1831, Aguadilla era parte de Aguada. No sé si esto basta
para un joven que había cumplido 14 años el día de la gran tragedia.
Había nacido en el 1904 y dejé el mundo de los vivos cuando se empezó a usar la
penicilina en el 1945. Viví la primera etapa de la invasión americana; ellos llegaron a
Aguadilla el 19 de septiembre de 1898. Según mi madre aquello fue un gran festejo,
esperaban la libertad y lamentablemente siguieron siendo una colonia. Algunos
conservaron la ciudadanía española, pero no por mucho tiempo. Los cambios no son
parte de este tema, pero sí quiero decir que cuando me fui de este mundo, un tal
Tugwell era el gobernador de la colonia. Un año antes de San Fermín nos habían dado
algo que nunca pedimos, la ciudadanía americana, y nos mandaron a la guerra que se
daba en Alemania. Era ciudadano de una nación que no conocía, de un idioma extraño y
de unos prejuicios que nunca terminarían. Más tarde le llamamos «ciudadanía de
segunda categoría». Con toda y ciudadanía, éramos como una finca, y aún lo somos.
Más tarde se inventaron una constitución para complacer a los estadistas e
independentistas llamada Estado Libre Asociado y, por un acto mágico, levantaron
nuestra bandera tanto tiempo rechazada, el mismo día que se cumplía la invasión
americana. Ello, que no es tema de esta experiencia, es porque no sé de qué manera
nos ayudaron los americanos con aquella tragedia.
Vivir en este nuevo mundo de los muertos tiene sus ventajas: uno se siente tranquilo en
esta paciente oscuridad. Que también es ardiente, pues cada uno de nosotros somos
como luces de un espectro. Según nos acercamos al violeta, a partir de esa lumbrera
desaparecen nuestros amigos. Cada color representa un grado de una llamada
perfección; yo ando en el naranja, lo cual dice que necesito mucho que arreglar con la
ayuda de los colores más avanzados. Es una cuestión de estado vibracional y del nivel
de consonancia. Aquí no tenemos miembros, pero sí conciencia de ser y de participar de
otras identidades. Ya no somos hermanos. No hace mucho tiempo —y que quede claro,
aquí no hay tal cosa, ni tampoco espacio— vi a mi mujer, con la que llevaba 30 años, y
no hubo nada sorprendente. Mi única molestia es que puedo ver mi pasado, mis
debilidades, inclusive todo lo que les pasa a cada momento cuando quiera. Nada puedo
hacer por ustedes. Tengo entendido que los violetas, antes de partir, llevan algunas de
sus peticiones no sé a dónde. A veces a ustedes los veo sufrir, pero en mi estado astral
esa emoción no es descriptible.Esta capacidad y poder de los muertos vivos en este mundo de aparente oscuridad me
permite viajar en el tiempo de ustedes. Todos los eventos que pasan en la Tierra no
pueden ser borrados. Todo es como una gran película, pero a los vivos de esta
oscuridad no nos está permitido más que participar del pasado; el futuro, aunque ya
está grabado, no nos es permitido verlo. Por ello he querido volver al momento más
angustioso de mi vida: aquel octubre, a eso de llegar el primer impacto vertical y al
segundo horizontal.
Mi madre me había dado permiso para ir a la plaza, plaza rudimentaria, con sus
arbolitos y sus banquitos. Yo me senté en el banco más cerca de la puerta de la iglesia.
Estaba solito mirando la actividad urbana. Mis pantaloncitos llenos de agujeros y una
camisita azul llena de manchas, sin zapatos (aquello era un lujo que muchos del Higüey
no podían tener). En el momento, a eso de las 11:10 de la mañana, las campanas
dieron un cansado campaneo. A las 11:11 algo se oía, como un murmullo que iba
creciendo, un ruido del infierno aterrador y, de momento, un jamaqueo vertical violento
que me levantó del banco como a 4 pies de altura y me tiró a la plaza. Al momento, un
segundo cantazo, pero este fue horizontal. La tierra se movía como si fueran ondas y
aquí empezó la destrucción de edificios; edificios que, aunque parecían hechos de
material elástico, se desintegraban, se rajaban, las paredes se separaban y caían con
estruendo en la estrecha calle. La iglesia se rajó por el frente en su parte superior y la
rajadura se extendió por toda la parte oeste. Allá en el parque Colón la estatua del
benemérito navegante se derrumbó. Cosas que yo pude observar, pero no mi otro yo,
que acostado sobre la plaza le era imposible levantarse. Aquel sismo le hacía cerrar los
ojos para evitar el mareo. Vio cómo las torres del campanario se quebraron. Aquello no
paraba; aun y cuando aparentemente paró, otro estruendo a los 5 minutos y una gritería:
«¡El mar se nos viene encima!», gritaban. Miró hacia la costa y vio a aquella inmensa
cresta que se acercaba junto a una polvareda. Corrió y se metió dentro de aquel templo
casi derrumbado. Cuando el mar entró con bastante fuerza a la plaza, llegó a subir el
atrio y meterse dentro de la iglesia. Aquello no era mar, el azul había desaparecido.
Todo era fango y escombros, troncos, tablas, utensilios y mucha gente sumergida hasta
la cintura. Trepado en uno de los bancos, el agua llegaba hasta la mitad de su pierna.
Temblaba de miedo, sentía que un sudor frío corría por su espalda. Todos sabían nadar,
pero nunca en un mar lleno de fango y escombros. Pasaron las horas, aquel mar de olor
nauseabundo fue regresando a su nivel hacia la costa. Sobre la plaza, peces aleteando,corales; todos dentro de aquel fango oscuro. Con aquel susto no hubo tiempo para
pensar en su madre al despertar de aquella horrorosa situación. A su mente, su madre
corrió entre el fango hacia el Higüey. Aquel barrio humilde había desaparecido
completamente. Dónde estaría su madre, ¿se la habría llevado el mar en su regreso?
De momento oyó el grito: «¡Ramón de mi alma, estás vivo, eres mi tesoro, nada me falta
si te tengo!». Toda aquella experiencia había sido vivida por mí, pero nunca sentida
desde afuera. En el mundo de los muertos vivos las cosas son tan distintas.
El faro, la alcaldía, los edificios: todos golpeados, algunos derrumbados. Pude viajar
instantáneamente por toda la comarca y ver el desastre, los muertos; 32 desaparecidos
en total al regresar el mar y tomarlos por sorpresa recogiendo peces del retiro del mar,
en total 118. También murieron algunos del Higüey, de la zona urbana, y hasta las
osamentas del cementerio salieron de sus tumbas. No vi la mía, pues había sido
enterrado fuera de esta región del Mabodamaca. Me es muy difícil hablar de mí mismo
cuando yo y aquel Ramón somos los mismos en mundos diferentes.
Una vez que terminaron los dos espasmos, nos encontramos en la mayor de las
soledades: solos por haberlo perdido todo y por haber perdido familias completas. Eran
tantas las lágrimas derramadas; algunos miraban al cielo, que aquel día era hermoso,
con pocas nubes y con azul añil muy pocas veces visto. Era como si no hubiera sentido
que todo nuestro corazón estaba quebrantado. Aquel día no hubo almuerzo; el alcalde
Manuel se preparó para por lo menos en la noche tener una comida con las cosas que
quedaban en las tiendas. Aquellos hombres usaron las bondades de los comercios para
sustituir algunas necesidades, en lo que se planificaba para la reconstrucción del
pueblo. Volver a la normalidad era tarea de gigantes. Los aljibes quebrados, las vías del
tren arrancadas, los postes de quinqués alimentados con petróleo arrancados de cuajo.
Quedaba el Ojo de Agua y el río que, cuando se sedimentara, podía suplir las
necesidades de agua dulce. Aquella noche fue una verdadera noche de octubre, como
decía una canción mexicana: De las lunas, la de octubre es la más bella, porque en ella
se refleja la quietud de dos seres que han querido ser dichosos a la sombra de su
eterna juventud. Ello me hace recordar que de dónde vengo la edad se para, ya que, no
teniendo cuerpo, todos son eternamente jóvenes. Aquella noche, los vecinos de las
alturas y pueblos vecinos llegaron en sus carretas arrastradas por sus bestias, llenas de
víveres junto a ropa, utensilios, guitarras, cuatros y cantores de las décimas de Esquivel.
No es posible saber cómo corazones desgarrados pueden tener la paz que viene deafuera. Ya muy tarde se entregaron sábanas, almohadas y otros menesteres, y cada
cual buscó lugar para descansar y pensar qué hacer, a dónde ir a vivir de nuevo. Todo
eso lo vi yo, que no tengo la necesidad de descansar, no preocupado, pues sabía de
antemano lo que escrito estaba para cada uno. El universo ha redactado la vida de
todos y la conserva en un presente continuo.
Una vez terminada mi tarea, me dio con detenerme y contemplar el futuro que a todos
correspondería. A mí, hacerme zapatero con mi tío Laureano, mudarme hacia
Mayagüez, casarme con Isabelita y concebir con ella dos varones y dos hermosas
niñas. Isabel está conmigo en el mundo que no tiene dimensiones y a mis hijos los veo
de vez en cuando. El ácido tánico del cuero me creó una congestión pulmonar que me
hizo venir a este extenso universo donde guarda los muertos vivos que no han llegado
al violeta. Un universo lleno de motas de diferentes colores que piensan, ven, hablan un
mismo idioma, sin oídos, boca, cerebro, pero con unos poderes especiales que el
cuerpo nos quitaba.
Antes de regresar al mundo de los muertos, quise ver los progresos que iban a disfrutar
mis hermanos vivos. En este momento que les escribo estoy en la década del 60. Antes
del temblar empezaron a pasar nuevas cosas que iban a cambiar el mundo. Un
Rockefeller cambió el petróleo en gasolina y otros materiales gracias a un químico que
inventó la destilación fraccionada; pasamos del vapor al uso de un material no
renovable. Un hombre llamado Michael Faraday inventó el generador eléctrico que,
usado por Edison y Tesla, cambió el alumbrado. Un tal Benz y Ford cambiaron las
carretas por autos y camiones. Una compañía, creo que de franceses, estableció el uso
de trenes. Un alemán llamado Alberto cambió la física de Newton y otro, Planck, le dio
con explicar el mundo del átomo con algo que llamó la teoría cuántica. Empezaron las
computadoras. Un Oppenheimer usó la teoría de Alberto y construyó una bomba que
acabó con Nagasaki e Hiroshima. A los hombres les dio con ir a la Luna, no sé si lo
lograrán, y la idea de los extraterrestres los vuelve locos. Ya todo es más fácil y quizás
más peligroso. Cuando el hombre deja de usar sus 2 décimas de su cerebro, empieza
con ideas, hábitos y mucho inútil ocio. Hay más, pero quiero terminar y ver si adelanto
algo en el otro mundo y puedo llegar al violeta para pasar a un mundo maravilloso de
seres iguales no describible.
...

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