No recuerdo el pueblo, pero fue para el año 2030.
Mi abuelo ALFONSO, abuelo por parte de padre, era profesor retirado de una universidad de la provincia. Delgado, de barba blanca como la lana, ojos entre azules y grises, bien perfilado y de mediana estatura. Hablaba pausadamente y con palabras no rebuscadas. Era un sabio que había vivido lo bastante para comprender su entorno y los cambios a través del tiempo.
Acostumbraba venir al atardecer a ver a mi padre y a sus nietos. Ya habíamos perdido a la abuela, la madre de mi padre. Él vivía solo; una ama de llaves le ayudaba a llevar la casa.
Era muy apegado a ciertas reglas y bastante flexible con otras. Una vez que hablaba con mi padre, gustaba sentarse en un sillón muy viejo, donde se balanceaba mientras tomaba algo parecido al café del pasado, preparado con un tipo de azúcar sintético, acompañado de unas galletas hechas por eugenéticos.
En aquellos tiempos muchas cosas habían desaparecido; otras fueron necesarias traerlas de nuevo para el uso público. Aquel mundo de la IA había acabado con el deseo de estudiar, mas no con la curiosidad.
Eran tiempos en los que hubo la necesidad de detener el progreso. El mayor desastre ya no era el clima ni la música rara. Unos años atrás, el petróleo, en forma inesperada, se agotó: los pozos se secaron. Todo se detuvo de momento y aquellos momentos causaron terribles desgracias.
Se volvió a un pasado, y los hombres tuvieron que ver qué hacer para remediar aquella espantosa falla.
Desde el 2026 venían ocurriendo señales que el hombre no quería, de ninguna manera, manejar. Los hombres de ciencia se dedicaron a crear una ciencia que parecía ficción. Era increíble las cosas que entre ellos se discutían, hasta que un sabio que, a sus veinticinco años, era considerado un genio, les dijo:
—Dios es un gran matemático y sus fórmulas son demasiado avanzadas para nuestra comprensión.
En un lugar llamado Masa mandaron un telescopio para mirar hacia el origen del cosmos. Las cosas que envió de aquella región de onda larga, en el rango del rojo, resultaron inexplicables.
Era de suponer un vacío con algunos remanentes, pero encontraron galaxias gigantes con millones de estrellas. ¿Cómo explicar aquella irracionalidad? Era imposible.
Sencillamente, cuando algo explota, todo sale hacia afuera. Aquellos gases, con plasma o con partículas subatómicas, salieron hacia afuera. Una implosión no cabía en la cabeza de los grandes científicos.
Por otro lado, cuando hay una explosión, las partículas, al alejarse, deberían reducir sus velocidades; pero, al contrario, se movían mucho más rápido a cada momento.
Cualquier mensaje de las lejanas partes del universo era difícil de creer, pues no solo se recibía luego de muchos meses desde los telescopios sofisticados, diseñados para recoger cualquier onda o cualquier partícula que viniera de aquellas regiones a millones de años luz, sino que, al recibirla, aquella región posiblemente ya no existía.
La velocidad de alejamiento casi era cercana a la de la luz.
Por otro lado, vieron rayos de luz difractarse en regiones donde no había más que oscuridad. Un sabio señaló que la gravedad distorsionaba o cambiaba la dirección de la luz. Para ello era necesario un cuerpo masivo o un agujero negro.
¿Cómo explicar aquella curvatura de la luz donde no se veía nada?
Idearon una nueva fuerza cósmica: la materia oscura y la energía oscura. Aquella cosa que nadie entendía creaba una geometría cósmica difícil de explicar.
Eran fenómenos que desafiaban las leyes del movimiento de Isaac Newton.
Para Newton, los cuerpos que orbitan siempre están acelerados, aunque conserven una velocidad constante. Toda aceleración implica una pérdida de energía; esos cuerpos se acercan al objeto masivo y colapsan.
En otras palabras, los cuerpos, al acercarse al cuerpo masivo, aumentan su velocidad orbital. Su aceleración les causa pérdida de energía hasta hacerlos colapsar.
Aquellas leyes de Newton habían creado otro problema: en los átomos, los electrones que se acercan al núcleo mantienen su energía. En otras palabras, tenían un problema aparentemente imposible: nunca colapsaban.
A alguien se le ocurrió decir que los electrones actuaban como la luz, con solo cierta cantidad constante de energía, la cual nunca cambiaba. Por otra parte, había una distancia límite que el electrón no podía traspasar. En otras palabras, ninguno podía chocar con el núcleo.
Por otro lado, había que explicar cómo era que los cuerpos tenían forma y solidez cuando cada átomo que los constituía era, en su mayor parte, un gran vacío.
En un átomo, su núcleo es muy pequeño, comparable con el volumen del átomo. Era como tener un bolón o una canica en el centro de un campo de fútbol, siendo el campo todo el átomo.
Para ellos, aquel espacio limitante de acercamiento daba forma a las cosas, por lo menos para nuestro sentido visual.
Por otra parte, nuestros electrones no podían acercarse a los electrones de cualquier parte de nuestro cuerpo. En otras palabras, nuestra mente nos engaña y nos hace sentir las cosas sólidas.
Nuestras manos ni nuestros pies pueden acercarse realmente a ningún objeto, pues no pueden traspasar el límite espacial de los electrones. No tocamos ni pisamos; es solo el cerebro el que nos dice que tocamos lo intocable.
Es como si viviéramos flotando en ese espacio limitante, mucho más fino que nuestro pelo más delgado.
No tan solo eso. Por allá habían construido un superacelerador en las profundidades de la Tierra para estudiar una llamada partícula llamada neutrino y poder hacer chocar partículas y romperlas para descubrir si existían nuevas partículas.
Los neutrinos son partículas que vienen del espacio y atraviesan nuestros cuerpos sin que nos demos cuenta, pero no penetran más que cierta profundidad.
Los aceleradores habían descubierto alrededor de doscientas partículas subatómicas: diecisiete de ellas fundamentales y las demás inestables.
Ver menos

No hay comentarios:
Publicar un comentario