\
CAPITUL 3. EL EXTRAÑO
El jueves llegó papá Antonio e hizo lo acostumbrado, luego de haber tomado su merienda vespertina. Comenzó:
—Hoy le voy a contar lo que he leído sobre el extraño. Le llamo así, pues nadie ha sabido su nombre.
Para el 4 de julio, fiesta nacional americana, a eso de las 10, apareció sentado en las escaleras del Capitolio un hombre vestido de monje. Era algo mayor, de edad mediana, su cara algo descuidada, al igual que su cabello, ojos azules. La sotana de color marrón, sus manos extendidas y mirando al cielo.
Eran como las diez de la mañana del 2029. No se movía. Alguien quiso acercarse, pero algo como una pared no dejaba hacerlo. Informó a la Policía Estatal y llegó una patrulla. Bajaron dos guardias y, cuando fueron acercándose, sintieron una fuerza que salía de aquel hombre vestido de monje que les hacía difícil dar un paso. No pudieron acercarse más allá de los cuatro pies. Algo lo protegía.
Seguía sin moverse. El sargento llamó a la comandancia. Aquello podría ser peligroso, y máximo ese día que se habían reunido para celebrar con el presidente aquel tan significativo día.
No tardaron 10 minutos cuando aparecieron agentes de todas las oficinas de seguridad. Ante todo el bullicio, aparecieron los reporteros. Cuando quisieron acercarse, nadie pudo pasar de los cuatro pies.
Trataron de hablarle y solo silencio. Llamaron a sus superiores para pedir órdenes. Sugirieron el uso de cadenas o cualquier máquina que lo moviera.
Al tirar las cadenas, ellas sonaron como si hubiese una pared. Llevaron una grúa y, cuando esta quiso bajar la palanca con un canasto por encima del hombre, con dos agentes, al llegar a los cuatro pies se partió la palanca en dos y salió disparada.
Ya el caso era serio y de seguridad. Sugirieron disparar, pero al tratarlo, las balas no llegaron y todas cayeron al piso.
El hombre mantuvo su posición, sin un parpadeo.
Los agentes dudaron y pensaron en considerarlo una estatua. Luego de dos horas sin moverse, se levantó y fue hacia los agentes. Les dijo en perfecto inglés que deseaba hablar con las autoridades.
Así que, al tratar de cogerlo, aquella pared había desaparecido. Lo llevaron al jefe del FBI.
Cuando el jefe preguntó sus generales, contestó que no tenía nombre ni nación, solo sabía que apareció sentado en la escalera. No tenía historia alguna.
Esto les habló a todos:
—No sé de dónde vengo, pero sé todo sobre cada uno de ustedes, sus nombres, sus virtudes y maldades, con solo verlos. Sé lo que piensan, aunque no sé sus futuros. Algo me obliga a hablarles. De quién viene el mensaje no lo sé. Así que voy a repetir por todo el mundo el mensaje.
»Como todas las cosas tienen final, los seres de esta Tierra desaparecerán. No será una guerra, tampoco ningún desastre visible. Todo será silencioso, pero a la vez doloroso.
»Sabéis bien que vuestro sistema no tiene vida. También que su planeta está localizado en una posición privilegiada. Con todo, estáis solos en este inmenso universo.
»Su Tierra tiene mucha edad y es pequeña. El calor que sostiene vuestra atmósfera está perdiendo su energía desde siempre, pero se ha acelerado ahora que está mayor de edad.
»Como todas las cosas, tuvo su inicio, su desarrollo, sus civilizaciones. Cada una de sus actividades destrozaron su naturaleza y, a partir del 2026, comenzó el magma a salir por vuestros miles de volcanes. Desde aquel tiempo, la Tierra se enfría.
»El magma se va solidificando de afuera para dentro. Dentro de poco tiempo no veréis tanto fuego en la Tierra. Vuestras placas se debilitan y grandes rajaduras traerán el metano a la superficie. Nada pueden hacer.
»Preguntad a vuestros científicos que determinen los factores críticos que pueden afectar la vida del planeta.
»En mi mente está este mensaje. La Tierra muere.
Inmediatamente, las autoridades lo esposaron y lo encarcelaron.
A muchos de los reporteros que, de alguna manera, consiguieron el mensaje, lo llevaron a redacción.
Las autoridades no le dieron importancia. Lo consideraron un iluso, pero dudaron, pues aquel monje, o lo que fuera, ya había demostrado tener un poder muy especial.
En la mañana no lo encontraron en la celda. Una noticia les llegó desde Francia. El hombre estaba sentado en el medio de la Plaza del Elíseo, de París. Nadie pudo acercarse hasta que llegaron las personas a las cuales iba a darles el mismo mensaje. Esta vez hablaba francés con fluidez y ante las autoridades, y durante muchos días se fue apareciendo en muchas de las capitales del mundo. Y en cada lugar hablaba perfectamente el idioma del lugar.
De momento desapareció. Era como si diera espacio a que los hombres confirmaran su mensaje. Lo raro del caso es que era un mensajero, pero nadie sabía de dónde y quién lo había mandado. El mismo hombre decía no saber nada, solo que debía hacerlo.
No necesitaba comer, se movía a donde quería con desearlo, conocía la historia del mundo, los pensamientos y el sentimiento e historia del que le acercara, y hubo veces de estar a la misma hora en varios lugares, uno distantes de cada uno. Dones de teletransporte y el poder de la ubicuidad.
Los científicos se dieron a la tarea de hacer sus mediciones de movimiento de placas, de gravedad, de rotación, de inclinación del eje, de actividad volcánica y del fondo del mar. Según obtenían la data, algo extraño, tan extraño como el monje, estaba ocurriendo. La Tierra tenía síntomas de una enfermedad crónica que podía convertirse en crónica.
El monje siguió luego de dos semanas visitando lugares y siempre con el mismo mensaje. A veces, en 20 países distintos a la misma vez, hablando todos los idiomas en una forma perfecta.
Al terminar, todos nos quedamos callados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario