Pasión y Muerte de Yeshua: Divagaciones
Yeshua no ha sido fácil de meterme en la mente y en el corazón. Cuando niño fue fácil. Las películas lo hacían un personaje muy interesante. La primera fue silente y, para mí, la más maravillosa. Aquel Gloria de Händel me entusiasmaba. Y aquella escena de la flagelación, aquel hombre maltratado, atado a una columna corta, con sus claros ojos y la cabeza hacia lo alto, mirando al cielo, era algo que jamás se me ha olvidado.
En el cine hablado, los protagonistas tenían una voz profunda y cautivadora. Me aprendía de memoria los parlamentos y luego, en un tubo largo donde se enrollaban los linóleos, pasaba toda la tarde predicando. ¿Qué predicaba? Ni acordarme puedo. Solo sé que mi madre me vigilaba porque estaba trepado en la parte superior del taller de mi padre.
Quise ser sacerdote. Gracias a Yahweh, que no me lo permitió. Hubiera virado la casa boca abajo. Pocas veces estaría en la iglesia; confesaría solo a mis amigos y tendría un archivo de cada uno para vigilarlos luego de imponerles una penitencia que nos favoreciera a ambos.
Como me encanta el negro, tendría siempre sotana, con cascabeles y el Tzig-Tzig judío, una cinta azul pegada a un extremo, pues azul es el suelo del trono divino. Bebería cervezas con mis amigos. Oiría los chismes del pueblo, que son la voz de lo que somos en la base.
Este paréntesis es puro relleno, para poder llenar aunque sea una página.
Volvamos a Yeshua.
Vivió toda su vida con el presentimiento horroroso de la muerte que le sobrevendría. Había hecho mucho para provocarla. Se unía con los impuros, los pobres, las prostitutas, las mujeres y todos aquellos que constituían los marginados: los locos, los enfermos espirituales y físicos, los deformes, los samaritanos. Llegó incluso al atrevimiento de tocar muertos y ayudar a un centurión romano, enemigo político de su pueblo, precisamente cuando sicarios y zelotes se confabulaban no solo para eliminar a los romanos, sino también a los alcahuetes judíos del Imperio.
Incluía entre sus discípulos a un zelote y a un colector de rentas. Jamás aquel muchachote podría aspirar a ser el Mesías que los judíos esperaban.
No solo hacía lo que desagradaba a la clase sacerdotal, sino que Juan el Bautista se quedaba corto en las alocuciones que dirigía a fariseos, escribas, doctores de la Ley y al Sanedrín.
Yeshua llegó a los extremos. Se atrevió a perdonar pecados, algo que solo podía hacer el Sumo Sacerdote. No tan solo eso: les enviaba los impuros que había curado.
Inclusive, en su cena, dijo que quien no comiera su carne y bebiera su sangre no podía ser su discípulo. Un judío no podía tener contacto con la sangre más que en los días de la Pascua.
De ahí la importancia del milagro de la hemorroísa, una mujer cuyo cuerpo sangra y que, al tocar a otro, podía quedar expuesta al apedreamiento y a la muerte. Yeshua siente a la mujer y no solo la sana: también la perdona.
Para aquella semana había resucitado a Lázaro, maldijo la higuera y azotó a los mercaderes del templo. Había llorado ante el templo y profetizado su destrucción.
Impresiona lo simbólico del Domingo de Ramos.
Aquel día, el Sumo Sacerdote salía por la parte norte del templo hacia Belén a buscar un cordero para el sacrificio pascual. Al regresar, era recibido por miles de personas con ramas de cedro y pencas de la palma de dátil.
Yeshua entra con un borrico por la parte sur del templo en ese mismo instante.
Todos gritan:
«¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»
Miles de personas gritando. Así se hace real uno de los ensayos del Viejo Testamento.
El jueves de esa semana se hace una cena, no pascual en sentido estricto. Se establece el Sacramento de la Eucaristía. Lava los pies de sus apóstoles.
Yahweh viene a servir, no a ser servido.
Es capturado y llevado al Sanedrín.
Los ensayos pasan a ser realidades.
Veamos:
1. Sentenciado por los suyos.
2. En el cuarto día, luego de haber protegido al cordero pascual, el Sumo Sacerdote lo examinaba y decía: «No encuentro falta en él». Las mismas palabras que usaría Pilato con Yeshua.
3. Azotado.
4. Carga un madero sobre sus espaldas. Recordad que Abraham llevó a su hijo al Moriah, con una carga de leña sobre la espalda. Isaac preguntó: «¿Y la víctima dónde está?». Isaac se salvó; este nuevo Cordero no.
5. Es crucificado, y sus vestiduras son repartidas; su manto es jugado al azar.
6. A eso de las doce, Yeshua dijo: «Tengo sed», en el instante preciso en que lo decía el Sumo Sacerdote mientras sacrificaba a sus corderos.
7. A eso de las tres pronuncia su última palabra: «Todo está consumado».
En aquel instante en que su espíritu lo abandonaba, el Sumo Sacerdote termina los sacrificios diciendo las mismas palabras:
** Consummatum est. **
Todo ha sucedido conforme a las Escrituras.
La segunda parte de las Escrituras ya la estás viviendo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario