viernes, 10 de julio de 2026

IA

Inteligencia Artificial

 

 

 

Ayer celebrábamos una de nuestras tertulias informales, la Jefa, Doña Gloria, Papo y este servidor. 

 

Fueron tantos y tan diversos los temas discutidos que se me hace difícil recordarlos todos. Pero, como nos pasa con una melodía que se repite en nuestras mentes apura voluntad, hasta el hastío, hubo un tema sobre el cual mi propio comentario me sorprendió y siguió aguijoneándome hasta esta hora de la mañana en que he decidido compartirlo, a manera de silenciarlo y pasar la página para poder dedicar el día a escuchar al crooner mayor, Frank Sinatra.

 

Pues sucede que hablábamos de la influencia, léase daño, que la Inteligencia Artificial puede causar en el desarrollo intelectual de nuestros jóvenes, hablamos además de distorsiones a las que la IA somete a nuestras fotos viejas, distorsiones que llegan a cambiarle el alma a los fotografiados. 

 

Decíamos que, de la misma manera, la IA es capaz de distorsionar datos y hechos que han sido confirmados at nauseam a través de la historia. 

 

No olvidemos que es nuestra propia información, correcta o equivocada, la que en parte va alimentando el banco de datos del que se nutre la IA para endilgárnoslos como su última e inapelable verdad. 

 

Hoy día vemos cómo, profesionales, tanto como estudiantes, mal utilizan esta herramienta para cometer atrocidades, aun cuando se reclame inocencia, descuido o ignorancia. 

 

A modo de ilustración: hemos sabido que el Tribunal Supremo ha descubierto alegatos de múltiples abogados donde la jurisprudencia citada resulta que ni siquiera existe. Eso, como ejemplo notorio, comprobado por expertos en la materia.

 

Escuelas y universidades se enfrentan al serio dilema de la autenticidad y el derecho de autoría de lo que sus alumnos someten como parte de sus requisitos académicos. 

 

Por ahí seguimos enumerando interminables áreas donde la IA pudiera trastocar nuestra realidad o aquello que entendemos como nuestra realidad.

 

Ese conversatorio de ayer provocó en mí, memorias de nuestro Quebradillas de ayer, específicamente de la IA con que contábamos en nuestro pueblo, sin saberlo, mucho menos sin esa persona proponérselo. 

 

El sujeto en cuestión estaba seriamente adelantado a sus tiempos, era un individuo muy peculiar, peculiar por su don de gente, su sencillez, su humildad, su lealtad para con su familia y amigos, su disponibilidad irrespectivo de la fecha o la hora en que se le ocupara. Como tampoco reparaba en el tema del cual se le solicitase versar. Lo hacía con toda naturalidad, sin ningún esfuerzo, como si justo ayer hubiese estado investigando sobre el tema que en ese momento le ocupase.

 

Se dice que muchos, muchísimos en el pueblo, les deben sus grados académicos puesto que fue él quien desde tras bastidores, artificiosamente produjese los “turn papers”, los ensayos y hasta las tesis o tesinas de sus solicitantes.

 

A ese amigo de todos , servidor de todos, ancla intelectual de todos, repositorio de datos infinitos, al nacer, le bautizaron con el nombre de Bartolomé Pérez, pero ese nombre nos parecía demasiado serio para tratar a tan afable figura, razón por la cual sin proponérnoslo, ni pedir autorización alguna, mutilamos ese nombre austero y lo convertimos en algo más íntimo y familiar, es así como terminó respondiendo al apodo de Toto, sí, nuestro queridísimo Toto Pérez, figura que se ganó nuestro respeto y admiración, alguien a quien no nos podemos dar el lujo de olvidar, a ningún costo, bajo ninguna circunstancia…

 

Dobleú Socio 

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